Europa en coma, transparencia radical

Desde el discurso de Macron en la Sorbona con el 'Himno de la Alegría' de fondo, ha llovido mucho. Los acontecimientos recientes en Europa dibujan un panorama poco prometedor

Foto: Emmanuel Macron (i) y Angela Merkel (d). (Reuters)
Emmanuel Macron (i) y Angela Merkel (d). (Reuters)

Desde el discurso de Macron en la Sorbona con el 'Himno de la Alegría' de fondo, ha llovido mucho. Los acontecimientos recientes en Europa dibujan un panorama confuso y poco prometedor. Todos presentan un denominador común: la reticencia alemana a dar pasos reales en favor de una mayor integración política más allá del parcheo institucional de urgencia surgido durante la crisis del euro. Y ello a pesar de la inminencia de unas elecciones al Parlamento Europeo en mayo tan críticas que algunos vislumbran la batalla de nuestro tiempo entre un modelo de gobierno liberal basado en reglas, responsable de los éxitos de los últimos 70 años, por un lado. Y los frentes nacionalistas-populistas, centrífugos, de tripa fácil y mirada corta, por otro. Y a pesar también de los vapuleos humillantes que viene sufriendo Europa por parte de Trump, China, Rusia y las fuerzas mucho más asépticas de los mercados de capital.

El más sintomático, aunque acallado, ha sido el cuasi ninguneo que ha sufrido Macron el año pasado a sus propuestas de mayor integración europea fiscal y bancaria. Los tímidos avances del Consejo Europeo en diciembre quedaron sepultados en piruetas semánticas y tecnicismos. Prácticamente en todo, patada a seguir. A modo de consolación, y en la tónica típicamente minimalista de Merkel, siguió el tratado bilateral de Aquisgrán: una declaración de intenciones para una futura unión en materia de defensa. El tercero y más mediático de los acontecimientos es el nuevo tenor 'in crescendo' de la deriva populista en Italia con Salvini y Di Maio modo confrontación con la UE, "italianizando" la política europea, e increpando al vecino francés sin contemplaciones. El circo de la negociación del Presupuesto italiano de 2019 ya ha pasado factura y los mayores costes de financiación (crowding-out) garantizan la recesión. En el código genético del populismo está la inculpación al otro y quién mejor que Macron, que sufriendo los achaques de su propia revuelta interna con estos “chalecos amarillos”, es el baluarte de las aspiraciones a un modelo de UE funcional para este siglo XXI.

Alemania, en su torre de marfil, parece desbordada por el torbellino de acontecimientos. Con un Gobierno sujeto a tensiones internas y sedado en las mieles del éxito económico, sigue sin descifrar ni enfrentar las consignas del papel que juega su propio populismo particular, la AFD, en el entramado de la política europea. Merkel (que mereció justos halagos en la primera fase de la crisis del euro con la prescripción de medidas de sentido común en torno a la contención de deuda, la competitividad y las reformas estructurales); desde que abrió la frontera a los refugiados sirios en 2015, no encuentra su lugar. Por su indefinición e inmovilismo, las críticas más radicales le imputan ser un auténtico acicate para los populismos en Europa. Al fin y al cabo, Europa, gracias a su modelo económico social y de mercado presentaba, 'a priori', defensas muy naturales contra los acarreos de la globalización —un Estado de bienestar social más arraigado que en otras zonas desarrolladas, una desigualdad más contenida— defensas que no han funcionado. Y no lo han hecho precisamente por la falta de continuidad en una gestión de la crisis del euro que dé contenido real a la integración fiscal y política.

En retrospectiva, esas críticas no van muy desorientadas pues, mientras en el resto del Viejo Continente la política de gestión de crisis ejecutada por los gobiernos de turno (incluida ahora la misma Francia), representa una confrontación directa con el populismo; en Alemania, la relación del Gobierno con estos está marcada por el temor y el respeto. Omitir ese conflicto dicta la agenda del Gobierno con lo que no se puede hacer, ni siquiera debatir, una integración europea real. La decisión en 2015 de no expulsar a Grecia del euro socavando su integridad es la piedra fundacional del AFD. La segunda derivada ha sido obviamente la fractura de los partidos en torno al centro que no han sabido ni articular, ni defender su postura en Europa, por tibieza e indefinición —¿cómo es posible que en esta coyuntura desde el SPD no se haya articulado una propuesta hacia un modelo europeo federado? Es el fruto de combinar los efectos sedantes de la complacencia y las mieles del éxito económico, con una línea política anclada en clave de narrativa electoral y pseudoverdad: la ascendencia moral y la prédica virtuosa del norte de Europa sobre el sur deudor.

Ninguna unión monetaria funciona sosteniblemente sin un componente fiscal

Y es que la opinión pública es una dama muy voluble… Ante la indefinición de realidades calladas: ninguna unión monetaria funciona sosteniblemente sin un componente fiscal, nunca hubo una crisis soberana, solo una prescripción de medidas soberanas a una crisis bancaria y de cuenta corriente, o verdades a medias —la expresión peyorativa "unión de transferencias" para refutar la pertinencia de una unión fiscal sobre criterios morales (con un superávit por cuenta corriente del 8% estructural es más el colmo del cinismo que otra cosa… ), se vuelve muy caprichosa. En política, si pierdes la iniciativa y no dictas el guion —lo que le ocurre a Merkel desde el 2015—, te lo acaban dictando: lo que le ha ocurrido a Alemania tras celebrar sus elecciones.

El mito de la eficiencia alemana: gran virtud, pero pésima gestión integrada

La deficiencia estructural del actual acuerdo del euro se ha avisado por doquier en círculos académicos y se ha hecho evidente este 2018. Ha llegado a su fin la política de relajación cuantitiva por parte del BCE y lo hace en un momento económico en el que las estimaciones de crecimiento se corrigen a la baja y las subidas de tipo de interés se postergan. En síntesis, lo que ha dado de sí la gestión de la crisis bajo el acuerdo actual: tipos al 0% en el pico de un ciclo que ya decae. El pacto en vigor pone toda la carga en una política monetaria del BCE ya agotada y aborta la posibilidad de una política fiscal contra-cíclica a nivel pan europeo.

Leamos con rigor los índices bursátiles como lo que son: un predictor del vigor y fortaleza de un proyecto socioeconómico, un indicador de la confianza que inspira el futuro, el panorama es desolador. Desde el inicio de la Gran Crisis Financiera en 2007, la divergencia a favor de EEUU (S&P) frente a Europa (Eurostoxx), es sencillamente abismal —más del doble—, con una excepción marcada en nuestro continente: Alemania, que "solo" dobla al índice europeo.

El sentido común llevó al consenso de bendecir las bases de esa política de gestión de la crisis en torno a la contención de deuda y a reformas a favor de la competitividad con la vista puesta en la globalización. Supervivencia a largo plazo. Se trata de gobernanza pública y eficiencia privada. A falta de definición en los tratados, a diagnóstico imperfecto (crisis soberanas de presupuesto frente a bancarias de cuenta corriente), se dio una prescripción en su momento oportuno. Pero, en paralelo, ese consenso tácito también se inspiraba en una confianza en la voluntad real de integración fiscal a largo plazo por parte de todos los constituyentes, algo que, tras cumplir la condicionalidad de planes de rescate, no se dio.

El sentido común llevó el consenso a bendecir las bases de esa política de gestión de crisis en torno a la contención de deuda

Lo que sí se ha cumplido es que los réditos de estas políticas económicas de oferta son decrecientes por estar sujetos a la estructura económica propia de cada país. Efectivamente, todos los países de la eurozona con el reposicionamiento de la oferta en mercados internacionales y una demanda interna deprimida, presentan superávits por cuenta corriente, Italia incluida. En el esfuerzo de ser más competitivos y tener mayor presencia en mercados internacionales —de alguna forma en el empeño de ser más alemanes— se agotan ya los límites posibles en este ciclo.

Aunque los tratados europeos postulan la convergencia y la cohesión social como objetivos programáticos, la dinámica a largo plazo del actual acuerdo del euro sella la divergencia y es insostenible. Bajo el 'statu quo', Alemania no solo se beneficia de una 'paridad euro' que comprende a países económicamente más débiles (sus exportaciones sobre el PIB se han triplicado desde el nacimiento del euro), sino que además disfruta de unos tipos de interés negativos: se le paga por tomar el dinero. A resultas de estas dinámicas, Alemania se asienta sobre 300.000 millones de euros anuales de superávit en cuenta corriente que rinden al 0% y no encuentran mecanismos de reciclaje exportables al resto de las economías europeas. Del otro lado, en la periferia del continente existen bolsas de desempleo en el segmento de la juventud que llegan al 30%. Y todo esto en medio de políticas industriales y fiscales negligentes que perjudican la posición europea a largo plazo: defensa, cambio climático, infraestructura, digitalización… Como gestión macroeconómica integrada, la eurozona es un desastre que desmitifica la eficiencia alemana. No está claro si es por ignorar intencionadamente al británico Keynes o por vértigo ante el potencial que alberga combinado con disciplina.

La significación de lo que dicen las bolsas, (técnicamente: primas de riesgo en máximos, diferencial entre los tipos de intervención al 0% y dividendos al 4%, el sistema bancario por debajo del valor en libros, etc.) o los mercados de dinero, que postergan contínuamente las subidas de tipos de interés, no debe menospreciarse. La explicación de todos estos indicadores es simple y tristemente una falta absoluta de confianza en el futuro, lo que nos aboca a una política económica europea rayana en la esterilidad: la monetaria agotada, la cambiaria inconclusa, la industrial fragmentada y la fiscal inexistente. La fragilidad de Europa ante cualquier vaivén global es un rasgo distintivo. Las virulencias de Trump y el dólar en 2018 habrían sido impensables con un euro realmente soberano. Las repercusiones para todo el tejido corporativo en términos de coste de capital y el posicionamiento competitivo frente al resto del mundo son incalculables.

Italia: ya están aquí los bárbaros

Y mientras allí se apura la lógica del trabajo, la virtud y el ahorro en conexión directa con "Dios", la firma garante... En Italia el devenir toma un tinte más poético, casi surrealista… Episodios trágicos como el naufragio del Concordia en enero 2012, coincidente con la salida de Berlusconi y el comienzo de la intervención velada del país, por un lado. O el hundimiento del puente en Génova este pasado verano; al albor de la conflagración de fuerzas populistas identificando el enemigo común en la UE, por otro. Son elementos fatídicos que parecen auspiciar el cariz de los vientos políticos.

El populismo en Italia con esta alianza de Gobierno tan imposible entre izquierda y derecha radical, Di Maio y Salvini, superando más del 55% de intención de voto en las encuestas, eleva la contestación de la Unión Europea en su actual formato a otro nivel cualitativamente distinto. Tras 15 años de 'gobierno Berlusconi' la vanguardia del populismo en Occidente, y otros siete de intervención mediatizada por parte del BCE y la Comisión desde la salida de aquel (gobiernos de Monti, Letta y Renzi) con escasos réditos, Italia presenta un cuadro económico social patético.

A diferencia de cualquier otro país en Europa, desde la entrada en el euro hace 20 años, la renta media real en Italia no ha crecido

A diferencia de cualquier otro país en Europa, desde la entrada en el euro hace veinte años, la renta media real en Italia no ha crecido. Gran parte del tejido industrial de empresa media ha desaparecido del mapa, víctima de la globalización. La demografía es pésima: la población no crece y solo envejece, y hay una fuga constante de talento. La deuda soberana de 2 billones de euros, es la mayor respecto a su economía, y la 3ª en términos absolutos. Además, la localización del país como freno pantalla a la inmigración en Europa da argumentos de peso a Salvini para enfrentarse a todos. E Italia, miembro fundador de la UE, contribuyente neto, y con un 15% del PIB europeo, obviamente no es Grecia. Pero si hay algún perdedor absoluto o relativo con el euro, es Italia.

La corrosividad del ataque populista al entramado institucional no tiene límites. Se increpa a Macron en su propia casa azuzando a los "chalecos amarillos", se desprecia públicamente a Merkel, se amenaza al Gobernador del Banco de Italia o con la apropiación de las reservas de oro. ¿Qué hay que perder tras diez años a la deriva? La confrontación de Salvini y Di Maio con el consenso europeo consuela más al electorado italiano que el disgusto de una nueva caída en recesión.

La quimera es que la respuesta acertada de Macron a los problemas del euro (integración fiscal y política) y de la globalización (activación de una soberanía europea), dos caras de la misma moneda, está secuestrada por el veto de Alemania, y este a su vez se encuentra avalado por el futurismo italiano. Que la tragedia italiana tiene como responsable la ristra de gobiernos que ha padecido el país, es incuestionable. Pero también lo es que el elenco de respuestas viables en esta coyuntura reside ahora más que nunca en Bruselas. Y es así desde que Renzi, valido del consenso europeo, fue defenestrado en las urnas (por soberbia o por falta de apoyo suficiente desde Europa).

La esperanza en Macron: centro radical y transparencia radical

Estos días es gratísima noticia el vuelco espectacular que Macron está dando a las encuestas tras coger la protesta heterogénea de "chalecos amarillos" como toro por los cuernos. Micrófono en mano barre el país en debates de tú a tú en la calle. La vacuna más eficaz contra el populismo es efectivamente hacer diagnósticos precisos a problemas reales en un debate abierto. Las mentiras, las medias verdades, los sofismas y las simplezas, se desarman con transparencia radical e inteligencia. Si algo ha mostrado la Gran Crisis Financiera al liberalismo esta última década es que las premisas de estabilidad institucional, sin una acción política y civil contundente (sin un "centro radical", en palabras de Macron), son irreales. Quizá el presidente francés debiera considerar también la posibilidad de debatir en Italia a Salvini y Di Maio la sarta de falsedades sobre las que se sostienen.

Y en ningún frente se requiere más esa "transparencia radical" que en los pasillos de Bruselas-Frankfurt-Berlín. Desde que el éxito llegó a la economía europea en la gestión de la crisis con políticas de oferta, programas de rescate y el BCE (2013-2015), no se ha conseguido en paralelo un diseño de integración fiscal y reforma del euro. Todo es patada a seguir, promesas. Solo el espíritu de disciplina y compromiso —la esencia de los avances europeos en el último medio siglo y el hilo redentor durante la crisis del euro— puede cortar el nudo gordiano. Macron lo sabe.

Solo el espíritu de disciplina y compromiso —la esencia de los avances europeos en el último medio siglo y el hilo redentor durante la crisis del euro— puede cortar el nudo gordiano

Cuando discutiendo la propuesta integradora de Macron se forma en oposición la "Liga Hanseática" alrededor de los socios acreedores (Holanda, Finlandia, Austria), el Comisario de Asuntos Económicos, el francés Moscovici, estuvo bien acertado en denunciarla como "antieuropea". Pero quizás se quedó corto al simplemente sugerir la alternativa de un club en torno a los países Med —Francia, España e Italia—, un 42% del PIB Europeo. Esa línea de confrontación expondría en toda su crudeza las limitaciones de la lógica acreedor-deudor que emponzoñan el avance hacia la integración con la mutualización de riesgos y la creación de un activo sin riesgo propiamente europeo (sin el cual los mercados de capital y el resto del mundo, nos toma por el pito del sereno).

El consenso de limpiar el legado en créditos fallidos del sistema bancario antes de romper definitivamente el vínculo tóxico entre bancos y riesgo soberano y plantearse entonces fórmulas de asunción conjunta de riesgos, apunta más a una cuestión de grado. Italia ha quedado a medio camino. Pero exponer la reconversión propuesta por Macron a la intemperie populista en esta coyuntura es una negligencia y dejación de responsabilidad superlativa. La adaptación siempre fue la clave para la supervivencia.

Desde la condicionalidad expresa que se recogió en los programas de rescate, se acabó la dirección… Merkel quedó fulminada en 2015… ¿Dónde está ese mapa aireado por Draghi hacia la integración fiscal y política? ¿Dónde están la lógica inflexible, el rigor de ley y la voluntad volcánica, propiamente alemanas en el proceso de formar Europa? Macron, a riesgo de quedar emparedado entre los tecnicismos y formalismos de un lado y el estertor populista de otro, está obligado a subir el volumen de aquí a mayo. Estamos flirteando con la japonización y al mismo tiempo con la esclerosis política, económica y social.

La solución pasa por esa ruta de integración fiscal europea que normalice de facto la política monetaria y cuyo corolario en mercados serán unos tipos de interés reales positivos, unas curvas normalizadas, unos modelos de negocio bancarios sostenibles. Todo ello es el correlato imprescindible en el plano económico-financiero para encender la chispa de la confianza, la fe en el futuro y el entusiasmo. Hacer del modelo de gestión económica del euro algo viable, eficaz y eficiente para la gente. Y creíble para el resto del mundo. Que identifique Alemania una cosa con otra y que escuche a Macron, que escuche a los mercados: no son las transferencias, son la disciplina y el compromiso que van con ellas lo que puede forjar un relato.

*Fernando Primo de Rivera García-Lomas es economista, abogado e inversor.

Tribuna

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