RBG y nosotras, las mujeres juezas

Solo el 16% de los miembros del Supremo de España somos mujeres. La primera de ellas accedió a ese rango en 2002. Sin embargo, el 54% de los jueces de todo el país son mujeres

Foto: Ruth Bader Ginsburg. (Reuters)
Ruth Bader Ginsburg. (Reuters)

“Cuando me preguntan sobre cuándo habrá suficientes mujeres en el Tribunal Supremo y contesto ‘cuando sean nueve’, la gente se sorprende. Pero ha habido nueve hombres y nadie lo ha cuestionado nunca”. Estas palabras corresponden a Ruth Bader Ginsburg, una de los nueve miembros del Supremo de Estados Unidos, la segunda mujer en acceder a ese tribunal, que en la actualidad cuenta con el mayor número de mujeres de toda su historia: después de Ginsburg (1993) fueron nombradas Sonia Sotomayor (2009) y Elena Kagan (2010). Ginsburg ha sido la juez número 107 en la historia del Supremo, lo que significa que 105 de los 106 anteriores fueron hombres, pues solo Sandra Day O’Connor (1981) la precedió.

Escribo sobre esta mujer, a la que siento como compañera en la profesión, pero también en los intereses y valores comunes sobre la Justicia, la Igualdad y el Estado de derecho, porque se acaba de estrenar un 'biopic' sobre ella titulado 'Una cuestión de género'. Mas allá de ser una película al puro estilo americano, con cierta dosis edulcorada para su comercialización, pone de relieve un fenómeno inusual y, por ello, admirable: una mujer que, además, es jueza y que llega al más alto tribunal del país es admirada por el público en general. Toda la lucha y el trabajo por la igualdad que, en solo una vida, nos permite abrir los ojos a la realidad que nos envuelve. Busquen en internet y verán el enorme eco e impacto de la figura de Notorious RBG.

Las palabras de RBG que encabezan este texto revelan de manera exacta cuál es la realidad de la igualdad de oportunidades de las mujeres. Ni siquiera en las más altas instituciones de los estados democráticos hemos conseguido ser tratadas de forma igualitaria. La igualdad formal se ha logrado, pero de ahí a la igualdad de oportunidades, hay todavía un abismo.

Solo el 16% de los miembros del Supremo de España somos mujeres. La primera de ellas accedió a ese rango en 2002

Solo el 16% de los miembros del Supremo de España somos mujeres. La primera de ellas accedió a ese rango en 2002. Y, sin embargo, el 54% de los jueces de todo el país son mujeres. ¿No es lícito preguntarse cómo pueden darse esos desequilibrios? En la Justicia, en la Administración o en las empresas, el techo de cristal es a menudo un techo de cemento.

Es más, como le pasaba a Ginsburg, es frecuente oír el comentario —o lo que es peor, el chiste fácil— sobre el aumento del número de magistradas en nuestro TS o sobre el acontecimiento inusitado que tuvo lugar en abril de 2018, cuando por vez primera en la historia de nuestra Corte Suprema, creada por la Constitución de Cádiz de 1812, se dictó una sentencia por una composición de jueces exclusivamente femenina. Hasta ese momento, no había sido posible que en una misma sala jurisdiccional se alcanzara el número de cinco.

Que la Justicia pueda ser impartida solo por mujeres genera una extraña sensación a más de uno, quizá piensan —aunque no osen ya decirlo, algo vamos ganando— que la Justicia, como todo lo importante en el ámbito de la toma de decisiones, debe seguir en manos de hombres. Como les dijo el decano de Harvard a RBG y a las otras ocho mujeres que ingresaron con ella en la Facultad de Derecho, estamos “ocupando el puesto de los hombres”.

Sin embargo, un mundo en el que la mitad de la población es vista como ajena a la posibilidad de cualquier forma de poder y cuyo acceso al mismo se ve solo como una anécdota, no es desde luego un mundo igualitario. No voy a cansar a nadie recordando la evidencia: la situación de las mujeres en todo el planeta en términos de víctimas de la pobreza y la violencia. No hay perdón para eso.

Pero tampoco hay verdadera solución si, aunque se consiguiera la utopía de eliminar esas lacras, las decisiones las siguiera adoptando solo la parte masculina de la humanidad. Algo patológico sucede en una sociedad cuando la mitad gobierna siempre y la otra mitad es siempre gobernada. Lo máximo que conseguiremos es que la primera sea tan bienintencionada que trate a la segunda de forma protectora y tuitiva, y así la disminuya y la aparte todavía más de cualquier participación en la toma de decisiones.

En el caso de los Estados Unidos contra Virginia (1996), nuestra RBG escribió que las generalizaciones sobre “cómo” somos las mujeres y las presunciones sobre lo que es más “apropiado” para nosotras nunca pueden admitirse para justificar la negación de oportunidades para las mujeres. El estado de Virginia financiaba una escuela de secundaria de carácter militar solo para muchachos, lo que para el Gobierno federal era contrario a la igualdad de la Constitución de Estados Unidos.

Tampoco hay solución si, aunque se consiguiera la utopía de eliminar esas lacras, las decisiones las siguiera adoptando la parte masculina

Virginia argumentó que estaba justificado “por la diferente capacidad física” de los hombres respecto de las mujeres y que, a su vez, también financiaba un centro educativo de secundaria para muchachas dedicado a las artes. La sentencia del Supremo fue contundente: la finalidad de “producir ciudadanos soldados” no es “inherentemente inadecuada” para las mujeres.

La excusa de “las diferentes capacidades” ha creado no solo aquel techo para la superación de las mujeres sino también un suelo pegajoso del que es imposible desengancharse para subir los peldaños de la escalera de la vida.

Aprovechen la ocasión que nos brinda el cine para conocer a RBG ahora que estamos en el entorno del Día Internacional de la Mujer.

*Lourdes Arastey Sahún. Magistrada del Tribunal Supremo, vicepresidenta del Grupo Europeo de Magistrados por la Mediación y miembro de la AJFV.
Tribuna

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