Feminismo como Libertad, y viceversa

Si existe un monopolio en este debate es el de la libertad. Libertad para pensar, para decidir, para ser. Porque solo de la Libertad, con mayúsculas, nace la sociedad, la democracia y la tolerancia

Foto: Una mujer en una manifestación feminista este ocho de marzo. (EFE)
Una mujer en una manifestación feminista este ocho de marzo. (EFE)

Tres sensaciones me quedan después del Día Mundial contra la Violencia de Género. La primera es que hemos avanzado, pero tenemos muchísimos retos que superar todavía. La segunda es que el espíritu del 8M corre el riesgo de perder fuerza si la defensa del feminismo se confunde intencionadamente con una lucha ideológica. La última es que, tristemente, un año más, la propaganda electoral y el marketing político han devorado una reivindicación legítima que necesita, ante todo, ser honestos.

Entiendo y comparto la rabia y el coraje de miles de mujeres que gritan y se manifiestan por sus derechos, y los de las que durante siglos fueron silenciadas e invisibilizadas por el hombre. No sabremos nunca cuánto talento y cuánto progreso se perdió a lo largo de la historia, y asumo el feminismo como uno de los tres grandes retos del siglo XXI, junto con la inmigración y el cambio climático.

Puedo entender también, aunque cuesta más, que existan formaciones políticas que nieguen esa realidad. Que quieran retorcerla para ganar un puñado de votos. Pero lo que no entiendo, ni comparto, es que deba asistir obligadamente a una huelga tan solo porque algunos partidos se arroguen el derecho de patrimonializar el feminismo como un producto político. Si existe un monopolio en este debate es, sin duda, el de la libertad. Libertad para pensar, para decidir, para ser. Porque solo de la Libertad, con mayúsculas, nace la sociedad, la democracia y la tolerancia, valores sin los cuales no existirían manifestaciones, huelgas, ni prensa, ni urnas.

Es fácil arrogarse la legitimidad desde un atril. En un discurso cabe prácticamente todo aquello que se imagina, pero la palabra solo construye realidades, no las cambia. Lo difícil es transformarlas en hechos. Por eso, cuando el relato se construye desde la falacia y el sectarismo o desde el extremo que denigra, el discurso cae por su propio peso cuando los presupuestos para la lucha contra la violencia no se ejecutan o las agresiones solo se condenan si la víctima es de nuestro mismo credo. Inés Arrimadas, por ejemplo, sigue esperando palabras de apoyo.

Andalucía celebró ayer el 8M con paros, huelgas y manifestaciones simultáneas de distintos matices, alguno de ellos incluso excluyentes. He visto partidos como Vox planteando volver al siglo pasado, y carteles de izquierda llamando a la movilización social en los que en una misma protesta se mezclaba el feminismo con la opresión capitalista y la justicia patriarcal y franquista, de manera que quien no fuera al mismo tiempo feminista, anticapitalista, antipatriarcal y antifranquista quedaba inmediatamente desautorizado como participante. Eso no es progreso, ni Libertad.

El feminismo no nació para tumbar otras ideologías, sino para igualar a la mujer con respecto al hombre. Y no suma, multiplica

Porque es precisamente esa Libertad que reivindico, a diferencia de quienes reducen el marco de la manifestación a lo -anti, la que a mí me permite asistir (o no) sin menospreciar la decisión que tomen otros. El feminismo no nació para tumbar otras ideologías, sino para igualar a la mujer con respecto al hombre. Y no suma, multiplica. Si confundimos la equidad, la equiparación y la igualdad con una venganza histórica o una apuesta por el otro extremo estaremos cayendo en el mismo error que cometimos durante cientos de años, pero a la inversa.

El feminismo que yo promuevo es un feminismo liberal que da oportunidades reales, más allá de eslóganes bonitos. Es el que equipara los sueldos y quiere romper definitivamente los techos de cristal, no el que se presenta sin mujeres como “Nosotras”. Es un feminismo que no obliga a nadie ser madre por ser mujer, pero tampoco penaliza por serlo, ni por pretenderlo algún día. Un feminismo que da una voz independiente a cada mujer, para que nadie, ni siquiera otra mujer, vuelva a hablar por ella. Un feminismo que enseña desde las escuelas los valores de igualdad y respeto que yo inculco en casa a mis hijos cada día, sin miedo ni compejos a decir lo que piensa, y que no se reprime si no comparte ideas de izquierda.

El feminismo que yo promuevo es el que equipara los sueldos y quiere romper los techos de cristal, no el que se presenta sin mujeres como “Nosotras”

Feminismo que no excluye, pero rechaza el secuestro de los símbolos y la soflama electoralista. Feminismo que quiere imponerse a las injusticias, pero utilizando los cauces legales y abiertos para que no exista ni un solo atisbo de sospecha. Feminismo que cierra el paso a los manipuladores que retuercen la historia de las mujeres, que iguala al alza la paternidad y cree nuevos valores en la empresa basados en la igualdad real. Feminismo, en definitiva, consciente de que aún queda mucho camino, pero también de que hemos avanzado como sociedad, y que ese camino no puede perderse por el sumidero de los extremos políticos.

Tribuna

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