Las autonomías, en el diván de Freud

El tiro no parece errático: esta vez el Presidente de la Generalitat levantina ha anticipado las elecciones autonómicas de Valencia, haciéndolas coincidir con las generales

Foto: Ximo Puig. (EFE)
Ximo Puig. (EFE)

Cerca de mi casa trotaba una alegre pandilla de amiguitos que iban juntos al mismo colegio. Unas veces eran buenos, se portaban bien con el profesor y el resto de alumnos, y en la hora del recreo se intercambiaban los cromos de sus futbolistas preferidos. Otros días, sin embargo, no paraban de hablar en clase, eran muy revoltosos y, al salir a la calle, se liaban a mamporros entre sí.

Aquel día fue uno de los peores. En la puerta del colegio les esperaba un señor muy raro que le entregó, solo a uno de los niños, un billete falso de cinco euros. El artificio era tan evidente que todos los chiquillos se dieron cuenta de que el billete valía menos que el envoltorio plateado (y chupado) de un caramelo. Aún así, los niños preteridos sintieron envidia del niño mimado por la fortuna.

Nunca descifrarían las intenciones ocultas del intruso, pero lo cierto es que el señor atrabiliario había puesto fin al agravio comparativo

Comenzaron a dar alaridos y gimotearon durante un buen rato. La escandalera únicamente cesó cuando el señor raro regaló también a los demás niños un billete de cinco euros a cada uno. Todos sabían que, como el primero, los billetes eran más falsos que Judas. Pero también todos reían felices. Nunca descifrarían las intenciones ocultas del intruso, pero lo cierto es que el señor atrabiliario, después de la rabieta de todos los muchachos menos uno, había puesto fin al agravio comparativo.

Ningún adulto ausente el día de autos se habría extrañado de la reacción de los chavales. Pero si el incidente lo hubieran protagonizado personas hechas y derechas, cualquier espectador imparcial habría pensado que el suceso era un fenómeno hilarante e incomprensible de locura colectiva. Con mayor motivo si los participantes en ese chusco “motín” hubieran sido dirigentes políticos de alto nivel. Al fin y al cabo, los ciudadanos esperan de sus representantes –y por eso pagan sus salarios- que se comporten con seriedad y solucionen los problemas reales de la sociedad.

Aunque no lo crean los escépticos, la posibilidad anterior ha trascendido del campo de la simple especulación. El pasado 13 de marzo se presentó ante todos nosotros un “prodigio” inverosímil.

Ese día se publicó en el BOE la Ley Orgánica 3/2019, de 12 de marzo, “de reforma del Estatuto de Autonomía de la Comunidad Valenciana en materia de participación de la Generalitat Valenciana en las decisiones sobre inversión del Estado en la Comunidad Valenciana”.

Primero, conforme al procedimiento abreviado, iré al fárrago legal. Después apuntaré un comentario con más garbo, en sintonía con el espíritu falsario y tragicómico que inspira el texto de la Ley.

La LO 3/2019 añade un apartado 4 al artículo 52 del vigente (desde 2006) Estatuto de Autonomía de la Comunidad Valenciana. La adición establece el siguiente imperativo: “La Generalitat participará en las decisiones sobre la inversión del Estado en la Comunidad Valenciana, la cual, excluido el Fondo de Compensación Interterritorial, será equivalente, para dar cumplimiento a lo dispuesto en el artículo 138 de la Constitución, al peso de la población de la Comunidad Valenciana sobre la conjunta del Estado por un período de siete años. Con esta finalidad, se constituirá una Comisión integrada por la administración estatal, autonómica y local”.

¡Cuánta solemnidad! Parece un “ordeno y mando”, un ampuloso edicto imperial. Pero no se dejen engañar, en realidad se trata de una balada cariñosa

¡Cuánta solemnidad! Parece un “ordeno y mando”, un ampuloso edicto imperial. Pero no se dejen engañar, en realidad se trata de una balada cariñosa o de una canción de música ligera. Algo así como 'El humo ciega tus ojos' (The Platters) o 'Parole, parole' (Alain Delon y Dalila).

El nuevo artículo 52.4 del Estatuto valenciano es un placebo de cara a la galería, un pelotazo al modo de “ustedes no saben con quién se la juegan” al que han sido invitados los patriotas valencianos. Es un obsequio de sus dirigentes regionales con la inestimable colaboración -¡qué más les da!- del Gobierno y el Parlamento del Estado (“el señor raro” que, en la fábula infantil, regala billetes falsos).

El Estatuto de Andalucía contiene un precepto similar (también en él el eje del compromiso inversor es la población). Por su parte, el Estatuto catalán de 2006 manifiesta (Disposición adicional tercera): “(1) La inversión del Estado en Cataluña en infraestructuras, excluido el Fondo de Compensación Interterritorial, se equiparará a la participación relativa del producto interior bruto de Cataluña con relación al producto interior bruto del Estado para un periodo de siete años […] (2) Con esta finalidad se constituirá una comisión, integrada por las Administraciones estatal, autonómica y local”.

El Estatuto catalán y el valenciano son como las gemelas Pili y Mili (unas hermanas idénticas, como dos gotas de lluvia simultáneas). La única diferencia, tan estéril como irrelevante, es que mientras el primero modula la inversión estatal en función del PIB catalán, el segundo eleva a los altares de la inversión a la población de la comunidad valenciana. Pero, en todo caso, ambas normas protagonizan una aventura de dibujos animados. No despliegan ninguna eficacia activa. Son simples comparsas y marionetas de las Cortes Generales del Estado.

El Estatuto catalán y el valenciano son como las gemelas Pili y Mili (unas hermanas idénticas, como dos gotas de lluvia simultáneas)

Cuando, en 2010, el “Estatut” se vio obligado a enfrentarse al test de constitucionalidad, su Disposición adicional tercera superó el examen. Sin embargo y paradójicamente, fue una victoria pírrica. El Tribunal Constitucional (STC 31/2010, FJ 138) despojó de trascendencia a la citada Disposición mediante “la técnica de la interpretación conforme”.

Según el Tribunal, la Disposición adicional tercera es un florero chino: no es contraria a la Constitución porque “no vincula a las Cortes Generales en el ejercicio de examen, enmienda y aprobación de los Presupuestos Generales del Estado, pues los compromisos financieros formalizados en los estatutos de autonomía no constituyen un recurso que el Estado deba consignar obligatoriamente en los Presupuestos Generales de cada ejercicio económico”. Ya que “es el Estado el que, atendiendo todas las variables concurrentes en cada caso, debe decidir si procede dotar, y en qué cuantía, las asignaciones correspondientes”.

¿Valencia como Cataluña? El Tesoro Público dice que vale, que no tiene ningún reparo, que la dupla autonómica le sale gratis. Las instituciones autonómicas valencianas lo saben perfectamente. Mejor dicho, lo saben los políticos que hoy las dirigen, que casi diez años después de la sentencia del TC exigen el mismo “techo competencial” que sus vecinos del Norte.

Sin embargo, han prevalecido sus intenciones de engañar a la parroquia con un ademán mayestático que reivindica el honor y la hidalguía del terruño. La lectura del preámbulo de la LO 3/2019 produce tanta vergüenza ajena como regocijo: “…no todas las reformas fueron leales, como la de Valencia, al Estado y al resto de autonomías…”; “…Valencia no puede permanecer impasible porque, ciertamente, no pretende estar por encima de ningún otro territorio dentro de España, pero tampoco va a consentir que sus legítimas aspiraciones se vean truncadas por la consolidación de un modelo asimétrico en el que unas comunidades autónomas puedan, en detrimento de otras, acceder a más competencias, a más financiación, a más inversiones o a más infraestructuras…”; “…pero el pueblo valenciano no va a ser menos que el pueblo catalán o el andaluz, porque tiene una población de cinco millones de habitantes…”.

¡Elecciones a la vista! El tiro no parece errático: esta vez el Presidente de la Generalitat levantina ha anticipado las elecciones autonómicas de Valencia

¿Para qué tanto “postureo” si el Tribunal Constitucional zanjó definitivamente el problema en 2010? Un borrador de respuesta a la cuestión made Rodrigo de Triana: ¡Elecciones a la vista! El tiro no parece errático: esta vez el Presidente de la Generalitat levantina ha anticipado las elecciones autonómicas de Valencia, haciéndolas coincidir con las generales.

Un pajarito me ha soplado que Ximo Puig, Presidente de la Generalitat de Valencia, tiene todos los días unas jaquecas horribles y también se marea y sufre agudos ataques de vértigo. El conserje de un edificio cercano asegura que Puig, cuando sale de su palacio, se queja de que ve borrosa la pastelería de enfrente. Hay más testigos. Unos azafatos de Iberia cuchichean a sus parejas (como ven, sin éxito) que el Presidente valenciano ha viajado a Viena, con la intención de que le reciba en su consulta un tal Sigmund Freud.

“¿Qué me pasa, doctor”?. “Lamento comunicarle –dicen que ha dicho el refinado psiquiatra vienés- que tiene usted una neurosis obsesiva que no se la salta ni su amigo Babieca. Tómese una de estas pastillas doradas cada noche y, por favor, deje de hacer el ridículo vendiendo a la clientela pompas de jabón.”

Félix Bornstein es abogado y experto fiscal.

Tribuna

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