Tabarnia vs Tractoria: la soberanía de las ciudades

¿Cómo reaccionarían muchos alcaldes si el presidente de la Generalitat dejase de obedecer a los tribunales y nuevamente declarase la independencia de forma unilateral?

Foto: El presidente de la Generalitat, Quim Torra. (EFE)
El presidente de la Generalitat, Quim Torra. (EFE)

De las muchas caras con las que se interpretan los resultados de las cuatro elecciones que hemos tenido en los últimos meses, hay una particularmente interesante: la diferencia entre el voto urbano y el voto rural. Hablamos de una constante histórica (por ejemplo en 1931 fue el voto de las ciudades el que precipitó la llegada de la Segunda República), con la diferencia de que hoy el voto urbano en España es aplastantemente mayoritario. Es por ello que las leyes electorales intentan compensar con una mayor representación de las provincias de la España vacía. ¿Qué sería de los intereses y necesidades de los habitantes de muchas regiones rurales si su representación fuera solo testimonial?

Esta tensión entre un campo en decadencia y las ciudades conectadas a la globalización, es la tensión entre el Estado-nación y la 'polis' que vemos en la Europa actual. Desde la crisis de los chalecos amarillos en Francia y el Brexit, al auge de Alternativa por Alemania y la Lega italiana, que promueven un retorno a la nación proteccionista.

Barcelona y su área metropolitana vuelven a colocarse a la vanguardia de las cuestiones urbanas a nivel español y europeo.

En España esta tensión tiene dos planos destacados. Uno es la división política y cultural entre las ciudades y la España vaciada: animalistas y ecologistas vs defensores de las tradiciones (toreo, caza), o el uso de los vehículos diésel, etc. Pero también la presión de quienes en las ciudades buscan una ley electoral “más justa y representativa”. El otro es la lucha de poder que se libra en Cataluña. En este plano podemos condensar todas las tensiones antes mencionadas: populismo reaccionario, tradición vs modernidad, sobrerrepresentación del mundo rural, diferencias ideológicas e identitarias entre ciudad y campo... Pero además, a todos estos hay que añadir la cuestión de la soberanía. Y es que como en otros momentos de la historia, Barcelona y su área metropolitana vuelven a colocarse a la vanguardia de las cuestiones urbanas a nivel español y europeo. Depende de cómo se desarrollen los acontecimientos a lo largo de la nueva legislatura, en Cataluña pueden darse los primeros ejemplos europeos de tensión directa entre las administraciones nacionales/regionales y las municipales.

Es decir, lo que de forma simplona se dió a conocer como “Tabarnia contra Tractoria” podría tomar cuerpo y complejidad. Hasta ahora los estados-nación y las regiones han intentado limitar o anular el fuerte contrapoder político que suponen las ciudades. De hecho, en la década de 1980 Jordi Pujol disolvió y cuarteó la poderosa Corporación Metropolitana de Barcelona, tras la propuesta del alcalde Pasqual Maragall de dotarla de bandera e himno. Ironías del destino, que sea su hermano quien se preste a sacrificar la agenda propia barcelonesa y quiera poner a la 'polis' al servicio de esa causa nacional.

¿Cómo reaccionarían muchos alcaldes si el presidente de la Generalitat dejase de obedecer a los tribunales?

De no controlar Barcelona y su área metropolitana, el peligro al que se puede enfrentar el independentismo, es que del mismo modo que ellos reclaman la legitimidad de su causa, por ser una minoría localizada geográficamente pero mayoritaria en ese territorio, otras administraciones municipales contrarias podrían, llegado el caso, argüir una conclusión similar respecto a Cataluña. De hecho, cuando el presidente Torra dice que Barcelona "ha abdicado de ser la capital de Cataluña" y que sin embargo es Girona la ciudad que "se ha mantenido al lado del país y de las instituciones catalanas" está reconociendo la impotencia del independentismo para hacerse con las plazas urbanas más importantes.

¿Que ocurriría en un escenario similar al de otoño de 2017? ¿Cómo reaccionarían muchos alcaldes si el presidente de la Generalitat dejase de obedecer a los tribunales y nuevamente declarase la independencia de forma unilateral? ¿Qué ocurriría si los ayuntamientos de l ́Hospitalet (la segunda ciudad catalana), Cornellá, Badalona o el Prat de Llobregat dejasen de reconocer la legitimidad de la Generalitat a partir de ese momento? ¿Y si, como si de un espejo se tratase, desobedeciesen todas las leyes y medidas que a partir de ese momento pusiera en marcha el gobierno catalán? Al fin y al cabo, en estas ciudades se concentran los accesos a Barcelona y la Zona Franca, la Fira, gran parte de la industria y ni más ni menos que el aeropuerto. ¿Qué ocurriría si además el ayuntamiento de Barcelona no se pronunciase a favor de la independencia?

Esta situación estaría evidenciando la división geográfica de Cataluña y la impotencia del independentismo para construir territorialmente su nueva república. Porque en un sistema basado en los pesos y contrapesos, la oposición de la primera corona metropolitana es mucho más que una minoría de bloqueo.

Hoy en Europa el 70% de la población vive en ciudades y como hemos visto, la tensión entre las sociedades urbanas y rurales es una tendencia que crece con rapidez. Una aceleración de los acontecimientos en Cataluña bien podría presagiar el tipo de tensiones políticas que, adecuándose a coyunturas específicas, se vivirán en el continente a medio y largo plazo.

Tribuna
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