Desbunkerizar la universidad española

Las barreras españolas son las que pone el marco universitario mediante un entramado burocrático que humilla y acaba minando psicológicamente al profesor internacional

Foto: Un aula de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. (EFE)
Un aula de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. (EFE)

Últimamente parece que solo resulta pertinente hablar de la situación del sistema universitario español cuando se publican los 'rankings' internacionales de universidades, especialmente el de Shanghái. Después de dos o tres días de autoflagelación colectiva se vuelve al orden del día a día.

La actitud de la clase política española con respecto a la reforma universitaria española recuerda sospechosamente a lo que sucede en Estados Unidos con respecto a problemas como las matanzas generalizadas o la deficiente cobertura sanitaria. O bien se exhiben los mismos argumentos y soluciones de hace décadas, como han hecho los candidatos a las primarias del partido demócrata en los recientes debates, o se guarda un ominoso silencio. Mientras tanto, la situación se va degradando lenta pero ineluctablemente bajo el beneplácito de la opinión pública.

Uno de los aspectos que más le llaman la atención a alguien como yo que ha desarrollado su carrera académica fuera de España es la poca diversidad de los campus españoles. Apenas hay profesores extranjeros, un 1,8% según las últimas cifras, y únicamente un 4,6% de los alumnos que deciden obtener un título en una universidad española son foráneos. Por ejemplo, para hacerse una idea de la magnitud del problema, el porcentaje de profesores foráneos en el Reino Unido es de un 27%, en Suiza de un 43% y en Portugal del doble, un 3,5%. Tenemos una universidad castiza, indigenista.

Es cierto que España es un destino atractivo para los estudiantes erasmus, no tanto de otras latitudes como Asia o Norteamérica, y que las estancias e intercambios con universidades extranjeras, sobre todo europeas, se han potenciado considerablemente, pero el funcionamiento y el régimen de las universidades españolas son impermeables a las influencias externas. Necesitamos una revolución de la diversidad, concepto que ha llegado a España con décadas de retraso, que insufle aire fresco al sistema como sucedió en los años 60 con la llegada masiva de turistas europeos que trajeron formas de vida y modelos de referencia que apuntalaron socialmente a la anquilosada España de Franco.

Una de las mejores formas de luchar contra la endogamia de los campus españoles sería abrirse al profesorado internacional. El profesorado internacional no solo realiza aportaciones en aspectos como la investigación o los métodos de enseñanza sino, lo que es más importante, al 'ethos' de la universidad en su conjunto. Pero para ello, la estructura organizativa de las universidades debe permitírselo. Lo que más a menudo sucede es que enseñen en sus áreas de especialización, como sucede con la modalidad de profesor visitante, pero raramente se les pide que hagan algo más por la universidad. A ello no colabora el muy particular, complejo y asfixiante marco regulatorio universitario español que tiene en la ANECA (Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación) su mejor exponente.

Como sucede en otros países, España no es de los peores en lo que se refiere a obtención de visados de trabajo (empezando porque tenemos la cantera de los ciudadanos de la UE que no lo necesitan). Las barreras españolas son las que pone el propio marco universitario mediante un complejo entramado burocrático y legal que humilla y acaba minando psicológicamente al profesor internacional que trata de abrirse camino en el sistema español. Un profesor al que se le cuestionan de partida sus méritos académicos, que en las grandes universidades suelen circunscribirse mayormente a las clases y publicaciones plasmadas en un CV, en virtud de un exhaustivo sistema de registro de documentación que obliga a obtener pruebas documentales de infinidad de aspectos que pudieron tener lugar décadas antes y que lleva muchos meses, en el caso de que sea posible, compilar y registrar.

La ANECA evita la llegada de profesorado diverso y favorece que el español nazca, se desarrolle y muera en la misma universidad

Por ejemplo, no es ningún secreto que en muchos congresos internacionales los organizadores muestran una sonrisa displicente a los docentes españoles que acuden a pedirles una carta que demuestre que estuvieron en el lugar e hicieron la presentación. No diría que es injustificada esta actitud burlona de los organizadores si tenemos en cuenta que todos los congresos que conozco publican un programa oficial donde figuran todos los docentes que participan y que, como no puede ser de otra forma en la sociedad de la transparencia, está disponible para todo el mundo. Pero eso para la ANECA no cuenta como tampoco importa que un docente haya dado clases en inglés durante décadas en una universidad de Estados Unidos. Le seguirá siendo necesario obtener el certificado C1 de conocimiento de inglés y abonar las tasas correspondientes. Amamos las certificaciones, compulsar, conformar, sellar.

Es este un sistema que, aunque en apariencia no gusta a los 'insiders', es decir, a los profesores españoles, les favorece ya que establece una poderosa barrera proteccionista. La ANECA, en suma, evita eficazmente la llegada de profesorado diverso y favorece el que el profesorado español nazca, se desarrolle y muera en la misma universidad, como si se tratara de un árbol. La ANECA ha sido extraordinariamente eficaz colonizando las mentes del profesorado español que, acrítico al no conocer otros sistemas, lo tiene perfectamente internalizado como una de las únicas vías para mitigar la escasez de incentivos económicos y promoción. No quiero olvidarme de los profesores universitarios expatriados españoles que al haber desarrollado la mayor parte de sus carreras fuera de España el sistema de acreditación de la ANECA les pone en su sitio. No está mal para un proceso concebido como un mero fin en si mismo.

Hay sin duda otros factores como los bajos salarios, la falta de estabilidad laboral o las condiciones de trabajo que afectan a la atracción de profesorado internacional, pero en comparación con la cuestión regulatoria, se antojan menores. Salvando las distancias, la situación es relativamente parecida a la de algunos expatriados norteamericanos que he conocido y que habiendo conducido en su país desde los 16 años, a los 40 eran forzados a sacarse el carnet de la Dirección General de Tráfico desde cero si querían conducir en España.

Hay una correlación directa entre tener más profesorado extranjero y campus más diversos

Se puede cerrar los ojos pero hay una correlación directa entre tener más profesorado extranjero y campus más diversos. Los estudiantes internacionales esperan que las universidades sean organizaciones globalizadas y ofrezcan una multiplicidad de perspectivas. Eso no se consigue únicamente exigiendo, como establece la ANECA, que los profesores españoles tengan un nivel C1 de inglés. Igual que en los Estados Unidos una ratio mayor de profesores de color atrae más estudiantes de color, en el mundo tener más profesores internacionales atrae estudiantes internacionales. Algunas universidades privadas están intentando revertir esta situación con más o menos éxito, pero siempre a pesar de la intervención gubernamental.

Urge desbunkerizar, hacer más diversa la universidad española. Los beneficios serían múltiples. Para empezar una mejor situación financiera de las universidades españolas de la que podrían beneficiarse los propios estudiantes españoles ya que en las universidades públicas los estudiantes extranjeros pagan matrículas más altas. El mucho mayor desarrollo de redes comerciales y personales en el exterior ya que muchos de estos estudiantes retornan a sus países de origen, crean empresas y difunden un relato positivo del país en el que obtuvieron su título universitario. Una marca país en suma más potente. Y por supuesto, el beneficio de una experiencia laboral y académica más rica para nuestros docentes y estudiantes. La solución pasa sin duda por que el Gobierno de turno se fíe de las universidades y aligere muchísimo el marco regulatorio.

*César García, profesor en la Universidad Pública del Estado de Washington.

Tribuna
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