El trilema de Ciudadanos: Madrid como punto de no retorno

En política, no es extraño encontrar que las tácticas locales devienen estatales sin que los líderes al cargo hayan sido conscientes de que un acto particular se ha convertido en un significante general

Foto: El presidente de Ciudadanos, Albert Rivera. (EFE)
El presidente de Ciudadanos, Albert Rivera. (EFE)
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La votación en la Asamblea de Madrid ha significado posiblemente un punto de no retorno en la trayectoria de Ciudadanos en lo que concierne a situarse en un espacio bien definido de las opciones para el futuro político del Estado. En política, no es extraño encontrar que las tácticas locales devienen estatales sin que los líderes al cargo hayan sido conscientes de que un acto particular se ha convertido en un significante general. Ciertamente, las opciones de Ciudadanos no eran muy amplias. Pero lo que es muy dudoso es si la dirección del partido tenía claro cuáles eran las alternativas que estaban en juego. En su imaginario, o al menos en su argumentario, se trataba de frenar a la izquierda. Desgraciadamente para ellos, su ventana de oportunidad era dependiente de factores más complicados que los que el debate casi histérico del momento daba a entender.

Ciudadanos es el partido que sin duda está sometido a tensiones objetivas más difíciles de resolver. Está obligado a encontrar un acomodo en la parte derecha del espectro político y al mismo tiempo atender a otras varias exigencias que hacen de su proyecto algo realmente complicado. Pocos querrían estar ahora en la cabeza de Rivera y en la dirección del partido. Los espacios políticos en las democracias contemporáneas se crean, por un lado, atendiendo a varias dimensiones generalmente en conflicto, por otro lado, son espacios efímeros, que se abren y cierran con una velocidad nueva. Esto convierte las dinámicas de los partidos en sendas retorcidas en las que no siempre es fácil encontrar la dirección.

Ciudadanos nació, como bien es sabido, intentando ocupar un espacio formado por dos ejes que se traducirían en una suerte de modernización del modelo español de la Transición. En la abscisa, estaría recuperar la capacidad del Estado para ordenar la vida pública frente a la centrifugación de las autonomías; en la ordenada, la superación de las prácticas clientelares que habían dañado tanto el proyecto de un Estado liberal. Este origen le favoreció mucho en sus inicios, hasta el punto de que ocupó una parte del espacio que la respuesta indignada a la crisis económica y política había creado y que la emergencia de Podemos pretendía ocupar en su totalidad.

Lamentablemente para Ciudadanos, la volatilidad de los espacios políticos le ha afectado gravemente. Por un lado, el 'procés' catalán, que aparentemente le favorecería en su intento de racionalizar el Estado, lo ha llevado a situarse en un punto simbólico y no funcional, el de defensa del Estado central, para el que no había nacido y en el que compite con Vox, que asume con mayor descaro y populismo las tesis centralizadoras. Por otro lado, el Partido Popular, agobiado por el peso de la corrupción sistémica que contribuyó a crear, ha girado hacia un modelo de Estado neoliberal, alejado del modelo funcionarial postulado por Rajoy, cercano a las tesis de modernización propugnadas por Ciudadanos.

En esta bifurcación, parecería que Ciudadanos tendría que optar por a) aproximarse a Vox radicalizando su mensaje e intentar irrumpir en el espacio centralista que tantos réditos ha dado siempre al PP, pero que Vox no ha logrado ocupar del todo debido a su incompetencia por los matices de la política; o b) aproximarse a los votantes liberales del PP que tienen claro que es necesaria una modernización de las estructuras básicas de la economía y las muchas instituciones del Estado, algo que lo aproximaría a las políticas socialdemócratas más moderadas.

La mayoría de los comentaristas centran en este dilema la tensión fundamental que soporta Ciudadanos, y de hecho parecería que no es otro el problema del espacio político tenso que pretende ocupar en la actual coyuntura española. Lamentablemente para Cs, las cosas son más complicadas y una mirada un poco más amplia al marco histórico en que nos movemos muestra que los problemas de su proyecto son más difíciles de resolver.

El tercer eje que está delimitando los espacios políticos contemporáneos es el que define la línea de la soberanía del Estado respecto a la geoestrategia mundial. Ya no se trata de cuánto poder se reparte entre el centro y la periferia en el marco interno de un Estado, sino de cuánto poder dispone el Estado en un contexto de tensión mundial creciente. Es el eje que ha aparecido como resultado de la crisis del modelo de globalización que definió la Conferencia de Bretton Woods, que sobrevivió a la Guerra Fría, y que ahora caracteriza a un mundo en el que la disputa por los mercados y sobre todo por los recursos estratégicos está determinando las políticas locales.

Este eje de tensiones no afecta demasiado al PP o al PSOE, ambos situados de forma bien definida en el espacio europeo donde se dilucidan las respuestas geoestratégicas. Tampoco a Vox, que pretende ocupar un espacio parroquiano de defensa de lo 'nuestro', aunque sean los toros, sin preocuparse de lo demás (Vox mantiene un programa tan ortodoxo como el del PP en lo que respecta a las geoestrategias). El problema para Ciudadanos es que este eje afecta de forma radical a sus pretensiones de ocupar el espacio del nacionalismo modernizador. Observemos en qué medida en otros países de nuestro entorno este eje está formando parte de la constitución del espacio político. Me refiero a Italia.

Por muchas razones, Italia ha sido siempre un laboratorio de la política en lo que afecta al sur de Europa desde hace décadas, si no centurias. La ruptura entre Salvini y Di Maio muestra un punto muy importante sobre las tensiones que tiene que soportar a partir de ahora Ciudadanos. La coalición entre populismos en Italia parecía garantizar una suerte de opción del sur: resistencia de lo 'nuestro', lo nacional, ante Europa, una garantía de cierta ortodoxia liberal en economía y una atención a los de abajo. Tal como van las cosas, la opción Salvini y sus esperanzas basadas en las encuestas aparentemente significan una definición de un cierto nuevo espacio: neoliberal económicamente, nacionalista geoestratégicamente. Estados Unidos y China han definido este espacio en sus respectivos sistemas políticos.

Ciudadanos no ha respondido aún a este tercer eje del espacio político, pero de hecho es el determinante de sus posibilidades. Si se inclina hacia un Vox parroquiano que jalea los toros en Mallorca, será incapaz de proponer un modelo más o menos estandarizado neoliberal, que les exige una apertura de mercados, una liberalización de la estructura del Estado que destruye cada vez más la soberanía en todos los órdenes, comenzando por la soberanía nacional en ámbitos tan estratégicos como lo económico, lo tecnológico o lo militar. Si, por otro lado, opta por un modelo globalizador, en sus versiones neoliberal o socialdemócrata, se encontrará ante los problemas de la soberanía. Como ya Javier Krahe criticó al PSOE en una conocida canción, su socialismo puede ser bastante discutible, pero lo es mucho más la E de su partido. Ser nacionalistas, como Ciudadanos pretende, tiene costos que no está claro que sean capaces, tal vez ni siquiera conscientes, de asumir.

Salvini ha resuelto esas tensiones, y por ello ha sido premiado en las encuestas, con un ejercicio retórico de simpatía, populismo y cercanía que Rivera, al menos por el momento, es incapaz de imitar. El populismo es una alternativa que logra sobrevivir a las tensiones mediante una movilización de los apegos y de las emociones profundas que expresan las lealtades e identificaciones de la gente. Ciudadanos, por el momento, necesitaría un curso acelerado de 'coaching' para sobrevivir a su trilema. Por razones muy similares, Podemos, en el otro lado del espectro y del eje izquierda-derecha, tiene similares problemas. Pero esa es otra historia.

*Fernando Broncano, catedrático de la Universidad Carlos III.

Tribuna
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