Sin brújula, sin oficiales y con menos marinería
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Sin brújula, sin oficiales y con menos marinería

La Diada ha certificado que el buque independentista necesita pasar urgentemente por el astillero

Foto: Un grupo de personas organiza un 'castell' durante la manifestación independentista convocada este miércoles por la ANC con motivo de la Diada. (EFE)
Un grupo de personas organiza un 'castell' durante la manifestación independentista convocada este miércoles por la ANC con motivo de la Diada. (EFE)

Anda perdida la nave que viajaba a Ítaca. La brújula ha dejado de funcionar, no hay oficiales con dotes de mando efectivo y la marinería empieza a desenrolarse. La Diada ha certificado que el buque independentista necesita pasar urgentemente por el astillero. No porque haya menos manifestantes, la cifra sigue siendo imponente, sino porque la gente ha dejado de saber exactamente por qué se manifiesta y, aún más relevante, también han dejado de saberlo los organizadores y los partidos políticos soberanistas. Hay algo de Forrest Gump en el momento actual del independentismo, se sigue corriendo, pero no se alcanza a adivinar en qué dirección y con qué motivo.

El 11-S ha proporcionado una tregua de unos cuantos días al independentismo. Pero una vez acabada la jornada, toca volver urgentemente a la greña y a constatar que las diferencias entre soberanistas son insalvables en múltiples frentes, y no solo afectan a la decisión de si —como desea ERC, para enfado del triángulo Puigdemont-Torra-Mas— son convenientes unas elecciones como respuesta a la inminente sentencia del Tribunal Supremo.

Foto: Un momento de la manifestación de la Diada de 2019. (Reuters)

El independentismo es un movimiento de fondo, abandonen en este sentido toda esperanza los que consideren que la menor participación de este año equivale a su desaparición. Pero su capacidad de resistencia no es ilimitada y depende, para mantenerse en forma, de inteligencia y tempos políticos. Ni una cosa ni la otra existen ahora en las trincheras de la estelada. El ejemplo más claro de inoperancia política es el propio presidente de la Generalitat, Quim Torra, que es incapaz de mantener el mínimo temple institucional ni tan siquiera en una de sus intervenciones.

Llamamientos de Torra y los líderes de la Asamblea Nacional Catalana a la unidad del independentismo

La Diada de este año no ha sido ni un acicate ni una fiesta. Tampoco un entierro, como muchos pretenden. Ha sido más bien la foto nítida del desconcierto en que vive instalado el independentismo por la incapacidad de sus líderes de aceptar el principio de realidad que acompaña a una sociedad compleja, matizada y con todos los grises imaginables. Las ensoñaciones duran lo que duran, y eso es lo que fue prometer que sería posible una independencia exprés, sin costes y con el voto favorable de menos de la mitad de la población.

Pero la Diada no se explica solo mirando a las calles de Barcelona. La fiesta en Cataluña se correspondía con una sesión de trabajo en el Congreso de los Diputados. Y aunque las esteladas han dejado de tener protagonismo en los discursos de sus señorías, no hay que ser muy perspicaz para saber que el independentismo es el principal motivo por el cual España va a seguir, con Gobierno o sin él, instalada permanentemente en un escenario de inestabilidad. La Diada también ha sido en este sentido un recordatorio de que existe un problema que sigue esperando una solución. Pero, a decir verdad, la misma inoperancia que se observa en el independentismo puede atribuirse también a los principales partidos políticos españoles. Sí, también el navío español debe pasarse por el astillero.

Foto: Los manifestantes sostienen una estelada gigante durante la manifestación de la Diada. (Reuters) Opinión

Traspasada la meta volante del 11-S, Cataluña y España entera se dirigen hacia la nueva prueba de estrés que va a derivarse de la sentencia del Tribunal Supremo. No es previsible que vayan a producirse momentos de tanta tensión como los vividos en octubre de 2017 si uno toma como termómetro el ambiente vivido en esta Diada. Aunque harían bien tomando nota de que el rumbo de un barco sin brújula y sin oficiales es imprevisible. Así están las cosas tras las ocho diadas que se han vivido tras el pistoletazo de salida del proceso en 2012. Va siendo hora de que los calafates hagan su trabajo. No solo en Barcelona, también en Madrid, aunque no tenga mar al que asomarse.

*Josep Martí es periodista.

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