¿Por qué he vuelto a Estados Unidos?

El autor reflexiona sobre sus razones para volver a EEUU después de haber pasado un año en su país de origen (España) y constata que el precariado es el “estado natural” del empleo

Foto: El puente Golden Gate en San Francisco, Estados Unidos. (Reuters)
El puente Golden Gate en San Francisco, Estados Unidos. (Reuters)

A mediados de julio, cuando me encontraba haciendo las maletas para regresar a Estados Unidos después de vivir en España durante más de un año, una serie de tweets de Martin Varsavsky se propagaba con rapidez por las redes sociales. Los tweets establecían una serie de comparaciones entre Madrid y San Francisco en las que la capital española ganaba por goleada en aspectos como salud, seguridad y calidad de vida.

No eran datos nuevos para mí, aunque también era consciente de que muchas de esas comparaciones se basaban en magnitudes cuidadosamente elegidas y descontextualizadas para hacer más flagrantes las diferencias. Sin embargo, me hicieron pensar y al tiempo me dejaron un regusto amargo. Si en lo fundamental estaba de acuerdo con Varsavsky, ¿por qué había decidido tomar el camino de regreso? No tengo ninguna duda de que el hedonismo, cosmopolitismo y calidez de Madrid supera con creces la atmósfera anodina y monacal de cualquier ciudad universitaria norteamericana de provincias. Y para más inri, si no para mí, se supone que debería querer al menos para mis hijos vivir en una sociedad más justa, con mejores valores y mayor calidad de vida. Sin embargo, no tenía ninguna duda de que la decisión tomada era la adecuada.

A todas estas consideraciones había que sumar que el año español había transcurrido razonablemente bien. Mis hijos habían obtenido plazas en colegios concertados de buena reputación en uno de los mejores barrios de Madrid. A los dos les había ido bien académicamente a pesar de que el español es su segunda lengua e hicieron buenos amigos.

Yo pude impartir clases en una universidad privada e incluso temporalmente aceptar un cargo con responsabilidades administrativas. Disfruté de la novedad de tener alumnos Erasmus en el aula e incluso de trabajar con una estudiante Fullbright, una circunstancia que no se da en las universidades de Estados Unidos. A mi mujer le surgieron oportunidades profesionales con empresas de comunicación y periodísticas internacionales de primer nivel. Y a pesar de todo, había algo en nuestra cabeza que nos decía que era una situación temporal y que ahí no había un futuro sólido del todo.

Es verdad que a los chicos les fue bien en el colegio, a pesar de venir de un sistema tan diferente, pero había elementos cuando menos inquietantes. La sensación de que bagaje que traían, escolarización en inglés en la escuela pública norteamericana, era un obstáculo que había que superar y no una riqueza que quizás había que preservar y de la que podían beneficiarse la clase en su conjunto.

El precariado es el “estado natural” del empleo en España con independencia de a lo que uno se dedique

A esta impresión de que lo conveniente era ser como el resto del grupo se unió la falta de flexibilidad del sistema que obligó a dos chicos nativos en inglés a recibir la clase de inglés como el resto sin plantear alternativas. Ambos tuvieron que asistir y examinarse de la asignatura de inglés como si se hubieran criado en el barrio de Ventas. Tengo que decir que fue entrañable compartir con mis hijos tardes en las que se tenían que aprender los ríos, las cordilleras o las regiones de España, como yo lo había hecho tres décadas antes, pero la propia similitud de los métodos de las situaciones y métodos de enseñanza le hacían a uno dudar de su pertinencia.

Por otro lado, cuando pensaba en su futuro, la falta de atractivo del paisaje universitario español y las posibilidades de desarrollo profesional que se iban a encontrar, se le hacía a uno un nudo en el estómago y no sentirse del todo con la conciencia tranquila. La perspectiva más probable era que tuvieran que emprender el camino de vuelta o desempeñar trabajos precarios que incluso les haría complicado incluso formar parte de la clase media como siempre la hemos entendido.

Durante este tiempo tuve la oportunidad de experimentar de primera mano y vicariamente lo que significa pertenecer al precariado. Los bajos salarios no me sorprendieron tanto como la incertidumbre e inseguridad que sufre una mayoría del profesorado universitario en España. Tanto es así que es una situación bastante generalizada que el profesorado universitario, con excepción de los profesores titulares y catedráticos en las públicas y un puñado de privadas, tenga que realizar otros trabajos para sobrevivir o bien realizar una tourné por diversas universidades recolectando clases. En muchas ocasiones, debido al desprestigio del perfil académico, uno encuentra que los profesionales mejor valorados por las universidades y gozan de una posición más sólida son aquellos que tienen contactos en el mundo empresarial o político que, a cambio de otros favores, pueden traer como guest speakers para sacarles la foto de rigor y generar impactos en redes sociales.

Camisetas de la Universidad de Harvard University en Cambridge (Reuters)
Camisetas de la Universidad de Harvard University en Cambridge (Reuters)

Otro aspecto que me llamó poderosamente la atención fueron las extraordinarias barreras burocráticas para trabajar en España donde existe un sistema de acreditación (ANECA) inédito en ninguno de los países de gran tradición universitaria y que previene que venga a trabajar talento foráneo. Su rocambolesco sistema de documentación y puntuación hace que con frecuencia el español que ha desarrollado en España toda su carrera salga mucho mejor parado que el que ha trabajado fuera amén de haber desarrollado una resiliencia mucho mayor al trabajo meramente burocrático que le ahorra costes psicológicos.

Entre el estancamiento y la volatilidad

En todo caso pude comprobar que el sistema universitario español se mueve entre el estancamiento máximo, simbolizado en las cafeterías de algunas facultades públicas en las que ni los camareros han cambiado en los últimos 25 años, y la altísima volatilidad en la que los cargos administrativos de facultades y departamentos se renuevan y donde con quién tomas café o con quién se te ve es parte integral de tu hoja de servicio.

El trabajo es más importante de lo que se piensa y no sólo por el dinero: es fuente de identidad y seguridad psicológica

El periodismo no está mucho mejor. Ni las grandes cabeceras internacionales formalizan relaciones contractuales con sus periodistas ni establecen plazos de pago rigurosos de los salarios. El periodismo convertido definitivamente en una profesión mileurista, apta para veinteañeros en proceso de aprendizaje sin cargas familiares o, como mucho, en fuente de capital social y puente para conseguir formar parte de otros proyectos profesionales como, por ejemplo, dar clases.

He conocido muchos profesionales intachables e infatigables que iban todos los días al trabajo con miedo, que se sentían inseguros a pesar de trabajar todos los días con los estándares más altos. En varios casos, sus temores no eran infundados y el mercado laboral español no les ha ofrecido como alternativa sino el precariado, es decir, bajos salarios e inestabilidad laboral. Si no emigran, muchos te lo dicen, es porque no pueden debido a las ataduras familiares o a carecer de permiso de trabajo para determinados lugares.

Las marchas de NO + PRECARIEDAD. (EFE)
Las marchas de NO + PRECARIEDAD. (EFE)

Es cierto que esta nueva clase denominada precariado existe en todos los países ricos, en la que existe una gran masa de gente que desempeña trabajos poco cualificados, eventuales y mal pagados que no contribuyen a su desarrollo personal. Lo característico de España es que el precariado también abarca numerosos directivos y trabajadores de alta cualificación y eso no sucede en Estados Unidos o en otros países que conozco. El precariado es el “estado natural” del empleo en España con independencia de a lo que uno se dedique.

No soy de los que piensen que el trabajo lo es todo en esta vida. Pero es más importante de lo que se piensa y no sólo por el dinero. Es fuente de identidad y seguridad psicológica para uno mismo y para su familia. Un buen mercado de trabajo hace que las relaciones laborales sean más sanas, que uno se concentre más en lo que le apasiona y que dependa menos de quién ocupa tal o cual posición.

España es un gran país por muchas razones pero quizás el día que las estadísticas puedan medir con tanta fiabilidad este malestar laboral como los indicadores de esperanza de vida, tendremos una idea más aproximada de lo que da de sí y porque, mucha gente como yo, lo considera, por el momento y hasta que no se demuestre lo contrario, un lugar de vacaciones.

* César García es profesor en la Universidad Pública del Estado de Washington

Tribuna
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