El populismo que nos rodea

Durante mucho tiempo se asoció el adjetivo populista a aquellos sistemas en los que se favorece con alguna medida a los sectores populares

Foto: Manifestación en Alemania bajo el lema 'Pulso a Europa'
Manifestación en Alemania bajo el lema 'Pulso a Europa'

No hay que hacer un gran esfuerzo de observación y audición para aceptar que nuestro tiempo está dominado por la crisis de partidos e ideologías tradicionales y crecimiento "desbocado" de toda clase de populismos. Sucede, no obstante, que la adjudicación de la etiqueta de populismo no es sencilla, pues bajo esa carpa conviven ideas y movimientos muy distantes entre sí, como puedan ser los chavistas, la Liga italiana, el nacionalismo húngaro, el independentismo, y la lista puede seguir con peronistas y otros. Grandes distancias entre ellos, pero también coincidencias, sobre todo, en las primeras y casi esenciales:

El populismo no tiene un gran "cuerpo doctrinal", a diferencia de otras ideologías, pues solo necesita imponer una idea: la sociedad está compuesta por dos grupos bien diferenciados, el pueblo y las élites o minorías discordantes y despreciables, "la casta" para los podemitas. La política, en todas sus manifestaciones, incluyendo el sistema represivo, han de ser expresión de la voluntad del pueblo. De cómo se ha de conocer esa voluntad o quién es el legitimado para expresarla no hay porque hablar: el líder carismático. Pueblo y élite, esos son los dos polos; las élites, por definición, han sido corrompidas a causa de un exceso de tiempo viviendo en la cresta de la ola, olvidándose del pueblo y sus miserias, que tan bien conocen las nuevas élites.

Muchos teóricos europeos sostienen que todo es una consecuencia de la crisis de la socialdemocracia, entendida como el sueño de Europa, como marco ideológico y político que explica el ascenso del populismo, el cual ha ido destruyendo todos los índices identificativos que la Europa posterior a la II Guerra se dio, por un lado, en documentos de la importancia del Convenio Europeo para la Protección de los Derechos Humanos y de las Libertades Fundamentales (CEDH) de 1950, la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea, el Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea y el artículo 9 del Tratado de la Unión Europea, sino en las ideas potentes con las que se realizó la construcción europea, y con la que fue desarrollándose un tejido de alianzas en todos los campos, entre ellos, y de singular importancia, en el de la justicia y el derecho.

La segunda mitad del siglo XX conocería el asentamiento de ese conjunto de derechos y libertades, residenciados esencialmente en la UE

La segunda mitad del siglo XX conocería el asentamiento de ese conjunto de derechos y libertades, residenciados esencialmente en la Unión Europea. Los últimos años del siglo pasado conocieron también la ampliación de la UE. Sobre si eso ha sido positivo existen discrepancias, sobre todo cuando se producen en los nuevos Estados miembros procesos de populismo de extrema derecha, como ha sucedido con Polonia y Hungría, aunque desgraciadamente eso no ha ocurrido solo en esos nuevos miembros, sino también en alguno de los Estados fundadores de la CEE, cual ha sido el caso de Italia, afortunadamente fuera de peligro en la actualidad o de momento.

En los años del gran desarrollo económico de Europa (de fines de los años 50 hasta inicio de los 80), la socialdemocracia dominaba la vida política no solo en los países escandinavos, como fue en un primer momento, sino en la mayor parte de Europa occidental. Pero ya al comienzo de la década de los 80, tal vez por las dificultades del modelo para garantizar el Estado del bienestar, comenzaron a despuntar movimientos liberales y conservadores, cuyo máximo nivel lo marcaría en Europa la Inglaterra de Margaret Thatcher. A su ejemplo se pondrían en marcha movimientos “neoliberales”, que otros llaman, con más claridad, "neoconservadores", cada vez más escorados al conservadurismo autoritario, como fue el Partido Popular en España. Los gobiernos socialdemócratas fueron perdiendo poder en toda Europa, al punto de que se llegó a decir, y aún se dice, que la socialdemocracia es un modelo político del pasado y que no regresará. No se puede negar que paulatinamente se ha ido extendiendo el libre mercado, el individualismo, la desprotección o pérdida de derechos sociales y laborales, la precariedad en el empleo, por supuesto, el abismo entre los grupos sociales desfavorecidos y los acomodados.

El neoliberalismo ha ido imponiendo una cultura diametralmente opuesta a la propia de la socialdemocracia, y eso alcanza a muchos campos, y, también, en lo que más me interesa, al derecho penal. Los neoliberales europeos han impuesto sus ideas en la economía, en las relaciones laborales y en tantas otras cosas. Algún Estado, como España, lucha por mantener logros sociales de la importancia de la sanidad pública, acosada por descarados intentos de privatización, pero en esa lucha, como en otros problemas análogos, y especialmente en los jurídicos, se va con claridad cómo incluso grupos políticos que se consideran socialdemócratas, actúan con una debilidad que permite dudar de realmente conserven alguna idea que los pueda identificar como socialdemócratas.

Los partidos socialdemócratas o antiguos partidos socialistas solo aspiran al poder, sin que sea muy importante el pacto parlamentario que lo permita

Con esa debilidad de convicciones en la llamada izquierda, a lo que se unen factores sobradamente conocidos (desempleo, xenofobia hacia la inmigración, sentimiento de debilidad de Europa, entre otros factores) no puede extrañar la buena salud de los populismos, y, lo que es peor, que personas que en su día creyeron firmemente en las propuestas socialdemócratas consideren necesario abrirse a otros planteamientos más liberales y, sobre todo, más individualistas.

Los antiguos Partidos socialistas o socialdemócratas solo aspiran a ocupar el poder, sin que sea muy importante el pacto parlamentario que lo permita, y, por supuesto, dejando los ideales de construcción de una sociedad más justa e integrada en el recinto pequeño de los programas electorales.

Parece abandonado el viejo discurso sobre la capacidad de la socialdemocracia para extraer del capitalismo sus ventajas limitando sus inconvenientes, a la vez que se garantiza un nivel de libertades que no se aceptan ni en los planteamientos políticos de la derecha ni en los modelos comunistas, compatible todo con la presencia constante y efectiva del Estado social.

La tentación populista parece irresistible en la política de nuestro tiempo, pues, en mayor o menor medida, todos se acercan al populismo, sin que sea posible afirmar que solamente lo hacen partidos de derecha. En este punto es importante señalar que en nuestro tiempo se están difuminando las fronteras entre derecha e izquierda, que en un tiempo fueron bastante claras. Eso hoy no se puede decir, y, por ejemplo, la demagogia es arma dialéctica a la que nadie renuncia. Sugerir bajar la edad de voto a los 16 años, prometiendo una renta mínima de inserción (sabiendo que eso no es posible) es un claro ejemplo de populismo guiado en exclusiva por el afán de conseguir votos para gobernar, al precio que sea. Sostener, en cambio, que se trata de una medida “indiscutiblemente progresista” es ridículo, por mucho que lo repita el Partido que lo propone.

Durante mucho tiempo se asoció el adjetivo populista a aquellos sistemas en los que se favorece con alguna medida a los sectores populares, pero sin propósito alguno de renunciar al sistema capitalista ni de regenerar la vida colectiva. Hoy es un virus anidado en buena parte de las formaciones políticas, y cada una la traduce a su “versión”, demostrando así que se trata de una deriva degenerativa que admite múltiples versiones, sirve para un roto y para un descosido. Para aumentar la represión y exigir cárcel para todos o para deformar la historia del pueblo catalán. Lo importante es la sal gorda y el brochazo, y despreciar cualquier razonamiento mínimamente fundamentado en la historia o el estudio. Y de esa tendencia, y eso es lo peor, apenas se puede excluir a nadie en el triste panorama hispano.

*Gonzalo Quintero Olivares es un catedrático de Derecho Penal y Abogado.

Tribuna
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