La 'uberización' de las Fuerzas Armadas

La civilización occidental está sufriendo una gran transformación hacia un mercado masivo pero precario, calculador pero caótico, improductivo pero insaciable

Foto: Los Regulares de Melilla marchan este sábado en Madrid. (Reuters)
Los Regulares de Melilla marchan este sábado en Madrid. (Reuters)

En los últimos años, el Ejército, modelo de formalidad y consistencia, ha sido invadido por las más experimentales ocurrencias de mercadotecnia: instaurar jornadas partidas de trabajo diurno y nocturno -como los vigilantes de seguridad privada-, sustituir los pagos debidos por días de permiso -como en los call centers-, descontar complementos salariales por bajas médicas -como en los puestos de becario-, bloquear o hacer desaparecer los días de asuntos propios -como en las empresas de contratación temporal-, o dejar las horas extra en un limbo impagado -como le ocurre al 5% de los trabajadores por cuenta ajena-. Además, desde 2012, el nuevo régimen disciplinario transforma cualquier amonestación o arresto en sanciones económicas: las faltas que el militar podía saldar con sus propios medios, ahora solamente pueden pagarse como un recorte contra su -ya escasa- economía familiar.

En sus famosos versos, Calderón de la Barca describió el Ejército como 'la república mejor'. Hoy, se le llama habitualmente 'la empresa', pues ya no se percibe la milicia como un ejemplar país a escala, sino que se la trata como a un coste de negocio más. De hecho, desde el 2010 -años de Zapatero-, a todos los mandos militares se les exige una carrera de Ingeniería de Organización Industrial, basada en asignaturas propias de la esfera privada -dirección de sistemas de producción, control de calidad, economía de la empresa, gestión e innovación...- y típicamente destinada a crear técnicos comerciales, comitivas de recursos humanos y gerentes de entidades lucrativas. No se sabe si algo de esto guarda relación con formar estrategas, traductores, logistas, analistas o líderes militares.

Eugenio Nasarre, quien fue Secretario General de Formación Profesional, ha escrito que se trata de "una desnaturalización y deconstrucción de las Academias Militares de España, convertidas en Escuelas de Ingeniería Industrial. Al precio que fuera, querían hacer atractiva la carrera militar, prometiendo nuevas expectativas profesionales atrayentes, mayor respaldo de la sociedad y una formación abierta a convalidaciones con otras carreras universitarias.

Pero, ¿y si la vocación de un joven es pura y sencillamente la de militar, marino o piloto? ¿No tienen identidad propia estas vocaciones? ¿No puede la vocación de la milicia estar más asociada con preocupaciones de carácter humanístico o de otras ramas del saber? Con el nuevo modelo se pretende forjar un nuevo híbrido mitad ingeniero, mitad soldado. Y en muchas ocasiones, el resultado de los híbridos es: ni lo uno ni lo otro". Y efectivamente, el Consejo General de Ingenieros Industriales anunció en su día que no colegiará a los titulados en las academias militares, por considerar que los estudios ofertados no cumplen sus requisitos. En pocas palabras, hoy el poeta Calderón no podría haber hecho carrera militar, hoy no habrían existido grandes militares como Garcilaso de la Vega -que llegó a ser maestre de campo de los tercios-, o los literatos Francisco de Aldana y Miguel de Cervantes. Pero, ¿cómo hemos llegado a todo esto?

La guerra como continuación del mercado

Llamamos 'uberización' (por la empresa Uber) al proceso de subordinar sectores públicos nacionales bajo superestructuras privadas globales, cobrando rentas sobre puestos precarios y dañando a los trabajadores cualificados -desde el transporte público con permisos, hasta la hostelería con licencias-. En principio, cualquiera que tenga nociones militares básicas, creerá que el modelo Uber es lo contrario al modelo castrense: la tendencia a reducir la plantilla de contratación se opone a la fórmula de reclutamiento amplio, la intención de minimizar el pago de impuestos se opone a la necesidad de presupuestos públicos abundantes, la contabilidad en los márgenes de la legalidad se opone al escrupuloso cumplimiento de lo normativo, la transformación del trabajador en consumidor y del trabajo en mercancía se opone al militar como vocación y a la milicia como servicio, la irregular esclavitud de la oferta y la demanda se opone a la instrucción continuada, la obsesión por una supuesta innovación se opone al cuidado por la tradición, la querencia por los paraísos fiscales se opone al amor por la patria, la competencia desleal se opone a los valores del compañerismo, la ilusión de relaciones laborales más flexibles se opone a la solidez del conducto reglamentario, el anonimato de los algoritmos se opone el apellido en el pecho, la intención de satisfacer demandas sofisticadas y digitales se opone a la persecución de objetivos generales y materiales, y el sistema de puntuaciones según clientela inexperta se opone a garantías públicas como las pruebas generales de condición física o el informe personal de calificación.

Foto: Reuters.
Foto: Reuters.

También es lógico pensar que un pilar como la defensa nacional jamás debería quedar al albur del mercado, sino que debe mantenerse como una sólida espina dorsal proveedora de certidumbre colectiva, un ejemplo de continuidad de valores entre la fluctuación de precios, una dimensión tan inasequible al cálculo económico como lo han de ser la democracia o el estado de derecho. Sin embargo, hemos comprobado que nada ni nadie está a salvo de una gran transformación que ya ha socavado las bases más profundas de nuestros países: se ha puesto en duda la continuidad de las Pensiones y se han externalizado sectores enteros de la Sanidad. Y pese a todo, la partida más rebajada durante los años de la crisis ha sido la de Defensa (¡un 20%!).

Siendo unos recortes mayores que los sufridos en Sanidad y Educación, fueron mucho menos sonados: quizás porque los militares desconocen la actitud reivindicativa, o más bien porque los sectores sociales reivindicativos desconocen el mundo militar. La parte presupuestaria que más se ha contraído es, por cierto, la destinada a condiciones profesionales y sueldos. Y el complemento de dedicación especial (que suele usarse en la administración pública para compensar los salarios base más bajos) no llega al 40% en las Fuerzas Armadas, mientras que en el Ministerio de Justicia lo cobran el 150% del personal -algunos lo cobran varias veces-. El ejército está perdiendo esta batalla.

"La estafa para acabar con todas las estafas"

El enemigo que ha asaltado a nuestras Fuerzas Armadas es una escuela de pensamiento llamada New Public Management (de ahora en adelante NPM), que pretende incorporar mecanismos de la empresa privada al sector público, incrementar la eficiencia facilitando despidos e incorporando multas -elementos ya presentes en la escala de tropa, con nulo provecho- y, en general, tratar al ciudadano como a un cliente y al servidor público como a un gerente. Aplicada a lo militar, equivale a convertir la soberanía en gobernanza, la seguridad en un producto y la paz en un negocio. Contra lo prometido por la NPM, Antón Losada explica que "la mayoría de las presuntas ventajas de la gestión privada provienen de una reducción de los estándares de calidad, o una rebaja en las prestaciones laborales". Ya no estamos en los ingenuos años 80, y será difícil persuadir de la supremacía privada al mundo que a duras penas sobrevive tras las quiebras y estafas de Goldman Sachs o Lehman Brothers.

No sabemos si la NPM logrará algún día llevar a nuestros ejércitos al nivel de vida de los programadores en Silicon Valley o los directores financieros en Hong Kong. Por lo pronto, lo que se ha logrado es asimilar a reservistas y militares de complemento con los peores mini-jobs; los veteranos y retirados son la imagen precoz del jubilado en riesgo de pobreza; la escala de tropa es el equivalente al precariado mileurista; la escala de suboficiales estaría en el lugar social de los falsos autónomos, asfixiados a la vez por arriba y por abajo; la escala de oficiales es comparable a los pymes (pequeños y medianos empresarios), con más responsabilidades que libertades, pero apaciguados con ocasionales privilegios; la escala de Estado Mayor (Chief of Staff) ha quedado más bien como un hermético consejo de CEOs (Chief Executive Officers).

Foto: EFE.
Foto: EFE.

El compromiso de permanencia se ha convertido en una quimera inalcanzable, comparable con un contrato indefinido en la sociedad civil. A base de estrecheces presupuestarias y falta de apoyo institucional, las reclamaciones por 'conducto reglamentario' han quedado casi obsoletas, como en el resto de la población la negociación colectiva. Se ha intentado sustituir los cuerpos más emblemáticos por 'brigadas polivalentes', en la misma medida en que la 'nueva economía' ha intentado barrer todos los trabajos especializados para instaurar una movilidad máxima de personal intercambiable. Y se han importado las peores lacras del sector privado en lo que era un bastión de defensa de la familia: “El Tribunal Militar imputa a tres altos mandos por coaccionar a una alumna para que abortara”. La crisis dejó unas Fuerzas Armadas más envejecidas que nunca y una tropa sobrecualificada pero infraempleada, tal y como nuestro colapsado mercado relega al paro a la juventud más preparada. Desde Platón a Fénelon, los autores clásicos y modernos basaban sus utopías políticas en sociedades militares -desde la antigua Esparta a las compañías guerreras homéricas-, equitativas e idealistas. La NPM, por el contrario, ha conseguido reproducir dentro del ejército nuestra distópica sociedad, desigual y deprimida. Insistimos, no siempre ha sido así...

"Con novedad en el frente"

Históricamente, la logística militar había servido como inspiración para la gestión privada (Pollard, 1987), siendo la envidia de todo empresario. La palabra 'logística' (técnica de movimiento y mantenimiento de ejércitos) proviene de logistikos ("saber calcular"): la capacidad planificadora que tanto detestan los actuales librecambistas. Al menos desde 1307, el ejército británico desarrolló una potente logística propia al comprobar que los mercaderes especulaban con la dotación necesaria para la tropa; y ya en 1567, los españoles desplegamos la primera gran estructura logística entre Milán y Bruselas: el Camino Español. Posteriormente, en el siglo XVII, el francés Le Tellier se independizó de la corrupción e ineficacia de los contratistas particulares, desarrollando un parque permanente de vehículos militares, convenios estandarizados para proveedores y fórmulas de cálculo de suministros. El ejército napoleónico se encargó de invertir en alimento y calzado para su Grande Armée, mientras que hoy se ahorra en raciones y botas que pierden la suela.

También en el siglo XIX, los ejércitos aportaron a la Revolución Industrial el uso de convoyes, almacenes de suministros y barcos de vapor: el primer ejemplo de logística moderna fue, precisamente, el uso del ferrocarril en la guerra franco-prusiana. Y de ese ejército prusiano se extrajeron también los primeros cuerpos del funcionariado. Finalmente, entre el siglo XIX y el XX, las principales teorías de ordenación empresarial, el taylorismo y el fordismo, se desarrollaron estudiando las fortalezas y debilidades de la configuración militar, en muchos casos imitando su organización de masas, el trabajo en cadena o las técnicas de disciplina. Sin ir más lejos, la España de la posguerra apostó por la 'ordenación de los productores en milicia' (Ley de Bases de la Organización Sindical) para buscar la máxima eficacia en la reindustrialización.

Hoy nos resultará llamativo que, por aquel entonces, el Instituto Nacional de Industria (INI) contase con una amplia presencia de militares en su consejo de administración. Sin embargo, nadie llama la atención sobre los ejecutivos de Indra, Abengoa o Navantia que hoy se sientan en las reuniones del Ministerio de Defensa. Como ocurre en toda la comunidad internacional, la separación de poderes no ha sabido actualizarse para resguardar al viejo poder ejecutivo del nuevo poder especulativo: mientras que cualquier debate socioeconómico es un tabú dentro del ejército -¡y el citado Calderón lo llamó la institución "más política del mundo"!-, se ceden periódicamente las instalaciones a compañías de seguros y telefonía que pretenden cortejar a los reclutas. En este mundo al revés, la misma inteligencia militar que inventó el Internet (Arpanet, 1969) es incapaz de igualar la tecnología de espionaje de Google o Facebook. La misma estructura militar que desarrolló el liderazgo y el trabajo en equipo contrata ahora másteres privados en 'business leadership' y cursos externos de 'teamworking'. ¿Cuáles serán las consecuencias a corto plazo?

"Cañones obsoletos y mantequilla caducada"

Generalmente, las 'uberizaciones' llevan a la irritación de los clientes por la falta de resultados sólidos y mecanismos de responsabilidad, así como al descontento de los empleados por la carencia de certidumbres laborales. Pero, a pesar de ello, logran sembrar su semilla en cada sector prometiendo básicamente tres cosas: reducir los precios más elevados, dispersar las concentraciones de poder y llevar la innovación a ámbitos que estaban estancados. Sin embargo, los efectos acaban siendo justamente los contrarios: los precios tienden a insólitos picos máximos, aparecen oligopolios aún mayores y la situación se retrotrae a indicadores socioeconómicos de hace varias décadas. El ejército, por su parte, está sufriendo también estas mismas secuelas.

Con respecto a las fluctuaciones de precios, tenemos todo el caos surgido de la salida al mercado de ámbitos militares que van desde el abastecimiento hasta el mantenimiento. Las carísimas consultorías con la ingeniera estadounidense Electric Boat para un submarino que no flotaba (S80), una trama en la adjudicación de contenedores amañada por la mercantil Star Defence Logistic & Engineering, costosos retrasos en la producción del vehículo VCR Dragon por querer encargárselo a General Dynamics... Y los departamentos antes pertenecientes al ejército pero hoy completamente externalizados a grupos privados, desde la limpieza hasta la cocina, resultan tan ineficientes que prácticamente obligan al militar a gastar más dinero en sus productos y alimentación.

Lo concerniente a los nuevos oligopolios es bien sabido. Primero, ha prosperado lo que en 1961 Eisenhower llamó "complejo militar-industrial": un triángulo de hierro entre la oligarquía industrial, lobbies de contratistas privados y cargos públicos. Después, han proliferado por el mundo entero Compañías Militares Privadas (Private Military Companies, de ahora en adelante PMCs) que disputan a los Estados el monopolio de la violencia legítima. Los mercenarios de la antigua Blackwater crecen al vertiginoso ritmo de los fondos de inversión Blackrock y Blackstone. Todo muy negro.

Y paralelamente al ascenso del negocio de las PMCs durante la última década, también ha crecido el 'uso mercenario' que los gobiernos le dan a los ejércitos regulares. Desde el apoyo militar que Aznar concedió a las guerras del petróleo, hasta la cesión de la base militar de Rota que Zapatero otorgó a las empresas americanas -como Lockheed Martin o Raytheon- para un -ya obsoleto- escudo antimisiles. Desde la protección de las embarcaciones de nuestra Armada para el fracking del buque Rowan Renaissance -Repsol-, hasta la disuasoria participación de nuestros aviones F18 en Estonia y la región del gasoducto Nord Stream -para mayor gloria de multinacionales extranjeras como la petrolífera Halliburton, la gasística Kinder Morgan o la eléctrica PG&E-. Desde las operaciones de nuestros marinos en las rutas comerciales de aguas somalíes -finalmente entregadas a la piratería china-, hasta el despliegue de nuestro ejército en Mali -tercer productor de oro en África- a petición de la industria extractiva de Francia. El futuro previsto para nuestros ejércitos es el de unos 'riders' blindados, un Deliveroo que envía fusiles y recoge ganancias, un Airbnb de bases móviles por el mundo, allá donde surja un nuevo interés geoeconómico.

El futuro de nuestros ejércitos es el de 'riders' blindados, un Deliveroo que envía fusiles y recoge ganancias o un Airbnb de bases móviles

Por último, en lo que atañe al retroceso social, baste saber que una de las recetas preferidas de la NPM para reducir los costes es optar por un despido lo más barato y masivo posible. Para darle una pátina de innovación, se refieren a ello como 'reforma estructural' o 'reajuste de plantilla'. El analista Pere Ortega afirma que el Ministerio de Defensa "tenía un informe en un cajón diciendo que se podría pasar de 123.000 a 80.000 efectivos y no ocurriría nada. La solución sería tender hacia un ejército más pequeño", imitando el modelo empresarial de Netflix o Amazon: cada vez más carga laboral para cada vez menos empleados. La siguiente audacia recurrente en el manual de la NPM es -simplemente- mantener al mínimo el salario de los trabajadores para dedicar ese dinero a otros negocios; a esto se le llama 'moderación salarial', 'saneamiento de balances' o 'adecuación presupuestaria'. Gracias a esta técnica pionera, el militar español puede presumir de ser el más precario de la OCDE (junto con Portugal), a la altura del podio de miseria que ocupan nuestros veterinarios, empleados del hogar y consultores informáticos -todo ello, desde las reformas laborales de PP y PSOE-.

Esto son los planes de lo que J. K. Galbraith llamó en 1994 la 'tecnoestructura', una administración estatal asimilada a una gran corporación comercial. La idea que la tecnoestructura ha colocado en el Ministerio es que, aunque un aumento del presupuesto podría mejorar la situación de la tropa, la prioridad del gasto debe ser "renovar los sistemas de defensa": “algunos cuarteles podrían estar mejor, es cierto, y tendríamos que seguir trabajando en ello", pero lo más urgente es “mantener el nivel tecnológico, basándonos en la industria, que da puestos de trabajo". Así llega al ejército la teoría del 'efecto derrame' que ha hundido a las clases medias de todo Occidente: la inconexa idea de que enriquecer a los grandes industriales es preferible a mejorar directamente las condiciones de los trabajadores. El equivalente a rescatar bancos en lugar de rescatar familias. Lo que en lenguaje militar llamamos ir a buscar parches para mortero, o la funda del ancla, o el permutador del avión...

"Si quieres la paz, prepárate para la factura"

Y, ¿está funcionando siquiera esa inversión en industria militar, o más bien supone un sumidero millonario? Gran parte del actual malgasto tiene que ver con una inercia perversa implícita en la pertenencia a la OTAN, que fija una cota mínima del 20% de gasto destinada a la compra constante de equipamiento, lo que a menudo equivale a la obligación de adquirir carísimo material cuyo uso es innecesario, cuya durabilidad es dudosa y cuyo mantenimiento es incosteable. Habitualmente, el resultado final es su reventa -además abaratadísima, por ser ya de segunda mano- a potenciales adversarios, como ha sido el caso de los helicópteros de ataque AH-64E Apache para Marruecos, o bombas y granadas para Turquía. En palabras de cierto teniente, "compramos carros de combate, pero nos damos cuenta de que no tenemos dinero para combustible, así que tiene que ir el Rey a revenderlos a Arabia Saudí para recuperar una parte de lo invertido. No se pueden comprar helicópteros NH90 cuando no hay personal capaz de hacerlos volar. Funcionamos como si tuviéramos una lista de la compra diseñada para favorecer a la industria militar, no a las necesidades del país".

Con nuestra soberanía defensiva sometida a múltiples lobbies atlantistas y bruselenses, la presión alemana logra vendernos carros de combate Leopard de 63 toneladas -cuando el límite de carga de nuestros aviones es de 44- y continuar enviándonos unos fusiles HKG36 que ellos mismos están retirando por fallos de puntería -fallos que, por cierto, no estaban presentes en las piezas de fabricación española en Santa Bárbara-. Pero la falta de confianza de la clase política en la producción española ha llevado a la práctica desaparición de CETME (Centro de Estudios Técnicos de Materiales Especiales) y a despropósitos como retirarle la fabricación de municiones a trabajadores de Palencia, para otorgar la adjudicación a la empresa israelí IMI -que se ofreció a producir los cartuchos... por un céntimo menos-.

Recordamos que Israel es el mismo país que mató a nuestro cabo Soria en 2015, y es el mismo país en que el hijo del presidente Netanyahu llamó a atentados yihadistas contra territorio español hace escasos meses. Recordamos también que 'el socio comercial preferente' estadounidense es el mismo país cuyo presidente -Trump- declaró en 2018 a España y Europa como enemigos, y que el 'socio comercial preferente' británico es el mismo país que ha conducido maniobras militares junto con el ejército marroquí en las inmediaciones de Gibraltar y Ceuta. ¿Puede la volátil lógica de mercado sustituir a una sólida estrategia de defensa? En otras palabras: cuando -tarde o temprano- el mantra hippy del capitalismo ("Haz el comercio y no la guerra") acabe fallando; ¿habrá quedado entonces la producción de nuestros armamentos en manos de algún país que ahora se enfrente a nosotros?, ¿no estamos condenando a nuestras propias tropas?

"El poder no nace de la boca de las billeteras"

Nuestras tropas no son las únicas víctimas de un uso mezquino de la milicia. Todo el Estado de Bienestar se resiente cuando los gobiernos deciden utilizar a los militares como aquello que los economistas llaman, precisamente, un 'ejército industrial de reserva': cuando en 2010 sustituyen a los controladores aéreos en huelga por la semi-privatización de Aena, cuando en 2017 cubren la seguridad de El Prat en lugar de los vigilantes que se manifiestan contra la empresa Eulen, cuando se cuenta con ellos para reforzar la plantilla de RENFE-ADIF en proceso de partición, o cuando la Brilat y la UME han de cargar con las consecuencias de la escasa contratación de retenes y la falta de medios para bomberos forestales. La amenaza de la NPM es: todo funcionario debe acatar la doctrina de la privatización, o correr el riesgo de ser sustituido por militares.

Foto: EFE.
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Pero si, a su vez, el militar depende también de una economía incierta, ¿no podría llegar el día en que él mismo fuese sustituido por unos pocos mercenarios, y desapareciese de la memoria como tantos otros empleos uniformados -los serenos, los operadores de centralita o el ferroviario que daba la salida al tren con un banderín rojo-? Si el militar no tiene ningún otro propósito humano en la comunidad, ¿no podría llegar el momento en que fuese reemplazado por drones o inteligencias artificiales? Ya se está reemplazando a repartidores, vendedores en caja o agentes de viaje... Pues bien, nosotros pensamos que no. La uberización está destinada a fracasar y ser abandonada porque, como enseñó San Agustín, no se pueden confundir de forma duradera dos cosas que son contrarias: la milicia y la mafia, la protección y la extorsión, la navegación y la piratería.

Conviene tener claras las diferencias. El siglo XXI ha planteado, usando el término de C. P. Snow, una lucha radical entre dos culturas: la cultura de la técnica, la economía y la ciencia exacta contra la cultura de las humanidades, la política y la ciencia social. En términos semejantes se expresó Werner Sombart en su libro 'Händler und Helden' (mercaderes y héroes): la batalla final será entre una civilización basada en el utilitarismo, el individualismo posesivo y la comercialización de todos los ámbitos humanos ('la guerra como un gran almacén') contra la civilización del guerrero: autosacrificio, lealtad, reverencia, bravura, obediencia y amabilidad. Este será, sin duda, el gran conflicto que se librará tanto fuera como dentro de las Fuerzas Armadas.

*Paris Álvarez es graduado en ciencias políticas y de la administración. Fue militar profesional en Cazadores de Montaña

Tribuna
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