Todas las miradas de España

Hay una mirada estrábica sobre España que distorsiona la realidad. Una mirada que contamina el actual debate territorial y que va mucho más allá de Cataluña

Foto: Banderas de las CCAA en un acto en el Senado. (EFE)
Banderas de las CCAA en un acto en el Senado. (EFE)
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Hay una mirada estrábica sobre España que distorsiona la realidad. Una mirada que contamina el actual debate territorial, que va mucho más allá de Cataluña. Es la mirada del 'pancentralismo': esa tendencia a olvidar la riqueza plural y diversa del proyecto común llamado España y a mirar, obcecadamente, desde el centro y hacia el centro.

Lo dije esta semana en la capital: hay que descentralizar el poder concentrado en Madrid.

Un poder institucional que alberga en la capital todos los ministerios, todos los órganos representativos y todos los tribunales estatales, frente a lo que hace Alemania, que ubica la Corte Constitucional y la Corte Suprema Federal en Karlsruhe; la Corte de Finanzas, en Múnich; la Corte de lo Laboral, en Erfurt; la Corte de lo Social, en Kassel; y la Corte Administrativa, en Leipzig. Berlín queda como capital política y Frankfurt ejerce de capital económica con las sedes del Banco de Alemania, de la principal bolsa del país y del Banco Central Europeo.

Un poder burocrático que concentra en Madrid al 29% de los funcionarios de la Administración General del Estado. Son casi 150.000 empleados públicos estatales, una cifra mayor que el número de trabajadores autónomos en 46 provincias españolas.

Un poder financiero y económico beneficiado por el "efecto capitalidad", que se traduce en un dumping fiscal generador de asimetrías y que es, sin duda, antipatriótico y perjudicial para el resto de comunidades.

Un poder mediático, también, que arrincona la realidad del resto de territorios. ¿Alguien cree que es proporcional lo que ve por televisión con los siguientes datos? Hay 46 millones de españoles y solo 3,3 viven en Madrid y 6,5 en toda su región; España se extiende por medio millón de kilómetros cuadrados y, de ellos, la capital solo ocupa 600 km² (el 0,1 % del territorio español) y la Comunidad de Madrid, 8.000.

Comienzo de la Gran Vía, en Madrid. (EFE)
Comienzo de la Gran Vía, en Madrid. (EFE)

Esta macrocefalia política, económica y financiera que aglutina la capital de España es injusta, ineficiente e insostenible. Lo subrayo: no se trata de una postura contra Madrid, sino a favor de la racionalidad, la cohesión y la armonía del conjunto de España. Porque la redistribución del poder será buena para los distintos territorios y para el conjunto de una España que no termina en la M-30, la M-40 o la M-50, como no termina en una lengua, ni en una cultura, ni en un único sentimiento identitario.

Falta de sensibilidad

Sé que es difícil alcanzar eco en Madrid con este mensaje si no brota de pulsiones separatistas (los extremismos se retroalimentan), como bien ha observado algún agudo comentarista desde la periferia. A lo sumo, los dirigentes del Gobierno de Madrid se descuelgan con reacciones que demuestran una insultante falta de sensibilidad hacia nuestras lenguas cooficiales, reflejan una arrogancia sobre los impuestos que ellos pueden bajar por los privilegios del "efecto capitalidad", y revelan una empobrecedora reducción del concepto de patria, que en su boca suena a jaula limitadora. De nuevo, la mirada estrábica sobre España.

Y me pregunto: ¿cuántos de aquellos que se llenan la boca con la palabra España se interesan y preocupan por lo que sucede en las cuencas mineras de Asturias tras la resaca de la desindustrialización? ¿Cuántos de ellos piensan en la injusta situación de los olivareros de Jaén? ¿Cuántos de ellos se interesan por la música gallega actual que reinventa el folk celta? ¿Cuántos de ellos quieren entender las distintas modalidades del juego de pelota y pueden nombrar a un solo pelotari, ya sea navarro, vasco, riojano o valenciano? ¿Cuántos de ellos se inquietan por los efectos del cambio climático en la insularidad de Tenerife o Menorca? ¿Cuántos de ellos, que aprenden idiomas extranjeros, han querido conocer algunas palabras en otra lengua de la península ibérica, o incluso probar a leer un poema en valenciano de Vicent Andrés Estellés? ¿A cuántos de esos mensajeros del apocalipsis, que cada día amenazan con la ruptura de España, les inquieta que el 80% de los pueblos de 14 provincias españolas estén en riesgo de extinción por la despoblación?

No va sobre Cataluña; va sobre España

Este debate es imprescindible. Y no va sobre Cataluña; va sobre España. No va de dinero o de poder; es algo mucho más profundo: trata de la igualdad, la sensibilidad y el respeto. Algunos deberían aparcar la hipocresía y llamar a las cosas por su nombre. Porque llaman España a una visión reduccionista y estereotipada de este país.

Somos una tierra extraordinariamente diversa en lo identitario, lingüístico, cultural o territorial. Y para unir mejor a este país, el primer paso es entender cómo es este país. Así de sencillo. Quien sea incapaz de entender bien todas las miradas de España, y de apreciarlas como se merecen, será imposible que la gobierne bien. El país es como es, y no como a unos o a otros les gustaría que fuese. Querámoslo así. Gobernémoslo así. Mirémoslo así. Tal como es.

Tribuna
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