Iniciativas ciudadanas para salir del aislamiento

Desde la aparición del virus, estamos observando iniciativas que buscan promover la interacción social y salir del aislamiento para buscar sentirnos cerca

Foto: Vecinos del casco viejo de Pamplona, ataviados con la vestimenta típica de los Sanfermines, celebran desde sus balcones un 'supuesto' inicio de las fiestas. (EFE)
Vecinos del casco viejo de Pamplona, ataviados con la vestimenta típica de los Sanfermines, celebran desde sus balcones un 'supuesto' inicio de las fiestas. (EFE)
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Recluidos en nuestras viviendas, idealizamos como nunca la noción de 'salir', definitoria de la experiencia urbana. Salir, ahora también salimos. A través de nuestras pantallas, nos conectamos con otros colectivos afines, dentro de los seis grados de separación que hay entre toda la humanidad, pero eso no es suficiente, ni satisface nuestra necesidad de contacto humano. Nos sentimos solos, aunque residamos en familia, o solos sin quererlo, como muchos de nuestros ancianos.

La salud del urbanita contemporáneo se mide por la calidad de las interacciones, y nuestras ciudades están ahora transitoriamente enfermas. Desde hace ya unos días, nos hemos dado cuenta de que cuando salimos, solo vemos a gente sola, con mascarillas y guantes, y rehuyendo todo contacto.

Es este, por tanto, el momento de repensar nuestras ciudades de una manera interdisciplinar. Desde el diseño, las ciudades se han venido adaptando a diferentes epidemias contribuyendo mediante la planificación urbana y la arquitectura a lo que se llama una distancia social, para evitar riesgos infecciosos. Y en la actualidad, con la epidemia del Covid-19, ya se habla de que los espacios públicos van a diseñarse con mucho mayor nivel de automatización para evitar posibles contagios: puertas automáticas, ascensores activados por voz, interruptores y controles de temperatura activos sin contacto, etc.

Sin embargo, hay que ser conscientes de que nuestras ciudades sufren otra epidemia que ya estaba aquí antes del Covid-19, la soledad. Una epidemia que sufren especialmente nuestros mayores, colectivo que en particular hay que atender, para evitar que pasado el confinamiento por el coronavirus, sigan recluidos, aislados y solos. Se trata de un segmento que entre 2015 y 2050 se multiplicará casi por dos, pasando del 12% al 22%. De hecho, en Madrid, la longevidad media es de 84,9 años, pero también es el sector más severamente aquejado de soledad.

Claro que parece que hay esperanza. Desde la aparición del virus, estamos observando iniciativas que buscan promover la interacción social y salir del aislamiento para buscar sentirnos cerca, apuntando a un tiempo nuevo para la experiencia de lo urbano:

1. Iniciativas de diplomacia urbana que usan edificios icónicos como mensajeros de solidaridad y apoyo, así como para educar y crear conciencia. Edificios emblemáticos como el Burj Khalifa, en Dubái, que se iluminó con los colores de la bandera de España y el mensaje #GraciasProfesionalesSanitarios, pero también el puente Sheikh Zayed, de Zaha Hadid, y la sede de Adnoc, diseñada por HOK, ambos en Abu Dhabi, siguieron iniciativas del Gobierno chino, que fue el primero en usar pantallas que cubrían edificios completos para crear poderosas imágenes de esperanza y solidaridad.

2. Iniciativas de carácter más o menos espontáneo, y altruista, que buscan reproducir el efecto efusivo que se produce cuando hay encuentros multitudinarios y que, temporalmente, generan una sensación de comunidad. A medida que el virus se ha extendido, hemos asistido a una sucesión de cancelaciones, aplazamientos o traslados al entorno 'online' de eventos, que concitan encuentros e intercambios: el Mobile en Barcelona, el SXSW, en Austin (EEUU), con 34 años de historia, el festival de cine de Cannes, el Carnaval de Venecia, que no paró ni con la peste de 1348, las Fallas, la Semana Santa en España y los Juegos Olímpicos, por citar solo unos cuantos.

Frente a esto, se han producido expresiones culturales de solidaridad que se han viralizado: las canciones desde los balcones y terrazas para animar a la población vecinal, y verdaderos festivales como el #YoMeQuedoEnCasaFestival, con un cartel de más de 40 artistas que emiten conciertos de hasta una hora en los directos de Instagram. Y es que las redes sociales se están convirtiendo en generadoras de una creatividad solidaria. En TikTok, los adolescentes están creando 'memes' que les mantienen ocupados, mientras que en Twitter, el 'hashtag' #HighRiskCovid19 es un agregador de opiniones de personas con situaciones de fragilidad que pueden de esta manera difundir información desde su experiencia personal.

3. Iniciativas de cooperación, que nos remiten al rol de la vecindad como generadora de afiliación. Desde intercambios de libros, la preparación y entrega de comida a domicilio difundida a través de Twitter: #YoTeCocino, a la clase de 'fitness' desde el patio central para los vecinos de los distintos bloques, pasando por los vídeos de doctores en Irán, bailando para mejorar el estado de ánimo de sus pacientes, y, por supuesto, los aplausos diarios al personal sanitario. Todos ellos denotan el despertar de un aletargado espíritu vecinal que nos remonta a tiempos que quizá nunca conocimos, donde unos vecinos cuidaban de otros, y que a diferencia de las primeras generaciones —que provenían del éxodo rural—, ahora se produce de forma intergeneracional, entre 'boomers' y generaciones que van de la X a la Z.

En definitiva, frente a una epidemia que nos obliga a un aislamiento obligatorio y a salidas dirigidas —al supermercado, a la farmacia...—, nos sorprendemos por este espíritu a veces espontáneo, a menudo clónico, pero, en cualquier caso, lúdico-constructivo que nos obliga a examinarnos críticamente, a nosotros y a nuestras ciudades.

Es este un tiempo coronavirus para practicar la esperanza, y para pensar que cuando acabe y salgamos de nuevo, lo haremos para practicar 'la deriva' de los situacionistas, que, como Guy Debord, buscaban salir de las rutinas diarias y mirar la ciudad de una forma distinta. Una nueva forma que incluya pensar cómo movernos por ella, y cómo relacionarnos entre nosotros, incluyendo a los más vulnerables, a nuestros ancianos. Un transporte público accesible, aceras niveladas, bancos con sombra donde sentarse, buena iluminación callejera y baños públicos pueden fomentar que ellos salgan y se relacionen. La esencia de lo urbano es la interacción social. La de todos. No debemos olvidarlo.

*Cristina Mateo, vicedecana de IE School of Architecture and Design.

Tribuna
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