Europa necesita un plan B para evitar el colapso

El virus no es un 'accidente' más de la economía. Habrá un antes y un después. Una nueva forma de pensar y otra manera de encarar la globalización y el propio capitalismo

Foto: Una estatua con una mascarilla, frente a la entrada del Parlamento Europeo. (EFE)
Una estatua con una mascarilla, frente a la entrada del Parlamento Europeo. (EFE)

Club Financiero Génova. Celebramos la primera reunión del grupo Consenso por el Clima. Expolíticos de las más diversas ideologías nos hemos unido con el fin de concienciar a la sociedad del riesgo sistémico que la crisis climática supone para la economía del planeta.

Abogamos por políticas mundiales que protejan el medioambiente, pero también reclamamos para España un consenso político y social más amplio en torno a estas políticas. Al final de la reunión formamos un pequeño corro Miguel Sebastián, Leire Pajín, José Carlos Díez e Íñigo Fernández de Mesa, y hablamos sobre el impacto económico del coronavirus. Es entonces cuando Miguel Sebastián hace una advertencia: el aislamiento social en España será inevitable. Todavía no había estallado la crisis sanitaria en nuestro país y, sin embargo, su convicción era absoluta.

El Covid-19 y la emergencia climática tienen muchas cosas en común. Y nuestra reacción, como sociedad global, también tiene elementos coincidentes. Hemos infravalorado el potencial destructor de la amenaza y nuestra vulnerabilidad como individuos. Hemos actuado con prepotencia y además estamos divididos, también en Europa.

Las divergencias en el seno de la UE en torno a las fórmulas para amortiguar la crisis financiera, y su correlato social, son una muestra evidente de la distancia que separa a los gobiernos. El programa de compras lanzado por el BCE ha logrado aminorar el impacto en el corto plazo, pero Holanda y Alemania mantienen serias reticencias sobre la conveniencia de activar los eurobonos. Para muchos, incluido el gobernador del Banco de España, Pablo Hernández de Cos, esta no es una opción sino una necesidad. Una obligación para frenar el golpe de la crisis. Sin duda, Europa tiene que decidir qué quiere ser mañana.

Hiperglobalización

Tras 40 años de capitalismo financiero e hiperglobalización, vivimos en una sociedad mundialmente integrada en lo económico pero desestructurada políticamente. No controlamos la globalización. Hoy, la globalización, nuestra propia creación, es quien nos gobierna. La humanidad cuenta con un ejército dividido, sin mando único, con estrategias múltiples y diferentes planes de batalla.

Sin embargo, en la actualidad, nuestro adversario es el mismo, y en todas partes ataca y mata por igual. No podemos repetir los mismos errores. No podemos subestimar al enemigo. Existe un elevado riesgo de que la crisis económica que arrastrará la pandemia supere en impacto a la crisis financiera de 2008 y provoque cambios estructurales muy profundos en la política y las sociedades de todo el planeta.

Policías con mascarilla en un control en Madrid. (EFE)
Policías con mascarilla en un control en Madrid. (EFE)

El coronavirus ha puesto en jaque la vida y la supervivencia de casi 8.000 millones de personas en el mundo y sería ingenuo pensar que en dos o tres meses esos casi 8.000 millones de personas puedan volver a comportarse como si nada hubiera ocurrido. En este contexto, es importante que los políticos no sean negacionistas de la ciencia y la instrumentalicen con intereses políticos.

Nada volverá a ser como en el año 2019. La economía, tampoco. Pero a pesar de las dificultades, y de la magnitud del desafío, también podemos trabajar para construir un mundo mejor. Necesitamos unidad internacional, un plan de acción concertado y una estrategia global a medio plazo. En Europa y en el mundo. Hasta que la comunidad internacional no encuentre una respuesta farmacológica capaz de derrotar al virus, los costes sociales y las restricciones se mantendrán con mayor o menor intensidad.

Una transición larga

Tenemos que estar preparados para una transición larga y para los impactos económicos y sociales que esa transición pueda conllevar. Algunos datos avanzan el futuro: desde la ocupación de algunas de las grandes cadenas hoteleras instaladas actualmente en China, que apenas llega en estos momentos al 10%, hasta la caída en picado de los ingresos de las aerolíneas a nivel mundial, que podría rondar este año los 100.000 millones, según la Asociación de Transporte Aéreo (IATA), y estancarse en los próximos ejercicios.

Por eso, en el ámbito de la política económica, los gobiernos deben trabajar con varios escenarios, analizar las medidas y las consecuencias de cada una de ellas y atribuirles un grado de probabilidad. Necesitamos un plan A para aminorar la crisis más inmediata, pero también un plan B para evitar el colapso de nuestro modelo económico y de la sociedad si la transición se prolonga en el tiempo. Necesitamos un esfuerzo colectivo y coordinado, y empezar a creer en el valor del multicapitalismo. Necesitamos favorecer una gran coalición que una Oriente y Occidente.

¿Cuál debe ser nuestra respuesta como sociedad? Nuestra reacción debe ir alineada con los cambios estructurales que esta crisis va a provocar y anticipar una nueva arquitectura política y económica global. La actual respuesta de los gobiernos y los distintos paquetes de medidas lanzados desde Europa y EEUU sin duda ayudarán, pero mucho más puede ser necesario.

En primer lugar, habrá que defender y realzar lo público. La inversión en capital social y el papel del sector público en la economía serán clave en los próximos meses y en el futuro. Hoy estamos viviendo la verdadera importancia de lo público. El valor que el capital público tiene en términos de prosperidad y capacidad económica. Vemos cómo el capital social salva vidas y protege la economía.

Desigualdades sociales

También desde lo público es necesario impulsar inversiones para erradicar las desigualdades sociales y evitar el colapso ecológico. La crisis climática es un coste, como también lo es una sociedad desigual; y los gobiernos han de promover inversiones para frenar el desastre medioambiental y garantizar una distribución equilibrada de la riqueza entre los ciudadanos. Ni el progreso puede medirse solo en términos económicos ni el beneficio lo es todo. Esta, y no otra, debe ser la base del capitalismo del futuro. La base del multicapitalismo.

Sin duda, nuestro paradigma de valor va a cambiar. Nuestro concepto de valor no volverá a ser el mismo. La supremacía del capitalismo financiero ha llegado a su fin. Nos regiremos por un concepto de valor más multidimensional. El capital financiero, solo, por sí mismo, sin el apoyo de otros capitales, como el capital social y el capital ecológico, puede perder todo su valor.

Además, las empresas, para mantener su legitimidad, deberán acompañar su necesidad de obtener un beneficio económico con un propósito social. La sociedad exigirá a las empresas un mayor dividendo social.

Globalización política

Por último, será necesario propiciar un reequilibrio de fuerzas entre lo local y lo global. En el corto plazo, la hiperglobalización dará un paso atrás. Las empresas y los gobiernos querrán ser menos vulnerables y tener un mayor autocontrol de sus cadenas de suministros. Sin embargo, al mismo tiempo, la cooperación política aumentará. La globalización económica es insostenible sin globalización política. Necesitamos tomar el control de la globalización para que nuestra interdependencia económica no provoque más costes que beneficios.

El capital financiero, por sí mismo, sin el apoyo de otros capitales, como el capital social y el capital ecológico, puede perder todo su valor

En este contexto, las economías asiáticas aumentarán su influencia frente a Europa y Estados Unidos. Su gestión de la crisis sanitaria ha impactado positivamente en su reputación y la marca Asia parece decidida a disputarle la partida a Occidente.

El reto al que nos enfrentamos hoy será, previsiblemente, el reto de esta generación. En estos momentos, la prioridad es salvar vidas y trabajar para limitar el desplome de la economía global. Pero hay que mirar más allá de la urgencia. Preservar la prosperidad y el bienestar de las generaciones futuras. Evitar el empobrecimiento estructural de la sociedad. Salvar nuestro modelo de vida. Y esta es una tarea global y colectiva. Nadie puede superar esta crisis actuando de manera aislada, ningún país, ningún Gobierno. Quien lo pretenda perderá su liderazgo global. Necesitamos con urgencia una acción concertada y una gran coalición que afiance los lazos y una definitivamente a Oriente con Occidente.

*Juan Costa Climent es exministro de Ciencia y Tecnología y socio de EY.

Tribuna
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