La solución no es no es aislar a los ancianos y poner en la calle a todos los demás

El aislamiento general de la población y los test masivos; con el indudable riesgo que ello puede representar en términos de una más profunda crisis económica y financiera

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Hace unos días, Thomas C. Friedman —columnista de 'The New York Times'— publicaba un artículo en el periódico americano bajo el título de: 'A Plan to Get America Back to Work' ('Un plan para que América vuelva a trabajar'), en el que, recogiendo la opinión de David L. Katz, director de investigación del Yale-Griffin y experto en salud pública, defendía la idea de que habría que "aislar a los mayores, personas con enfermedades crónicas y personas inmunológicamente comprometidas" para que el resto de la población, menos expuesta al coronavirus, pudiera seguir produciendo sin las limitaciones del confinamiento colectivo general. La propuesta del autor del artículo y del citado investigador perseguía un triple objetivo:

Salvar tantas vidas como fuese posible.

Asegurar que el sistema médico no colapsase.

Conseguir que los dos primeros objetivos no destruyesen la economía norteamericana y con ello más vidas.

El referido artículo lo difundió entre varios amigos uno de los integrantes del grupo. Una práctica bastante corriente en estos días en los que circula tanta información; existe tanta incertidumbre; tanta preocupación y tanto tiempo para hablar y polemizar sobre el triste y agobiante monotema.

Una práctica bastante corriente; existe incertidumbre; preocupación y tiempo para hablar y polemizar sobre el triste y agobiante monotema

Ni que decir tiene que en el grupo de amigos había partidarios de la propuesta defendida por el autor; acérrimos detractores de ella; alguno que abogaba por soluciones, incluso, más radicales; los que aventuraban opciones peregrinas y un par de ellos que no veían bien ninguna de las alternativas consideradas y despotricaban de todo y sobre todo. (informal muestra, por otra parte, del posible estado general de opinión del país).

A continuación, resumo lo que pienso yo y compartía conmigo una buena parte del heterogéneo grupo internauta. En mi opinión la propuesta del experto americano tiene mucho sentido, e incluso algún país —creo que Israel—, habló hace unos días de que esa sería precisamente su política en esta crisis; algo que parece que finalmente no ha llevado a la práctica, y supongo que no lo ha hecho, no porque haya cambiado radicalmente de opinión, de un día a otro, como Trump, sino porque, sobre el papel, es fácil defender la idea, pero muy complicado hacerla realidad.

Hagámonos algunas preguntas para ver la viabilidad real o no de la posibilidad. ¿Cuál es la edad a partir de la cual se considera que la persona es un individuo de riesgo, a partir de 65/70 años? Pues en una población tan envejecida como la española sería tanto como tener que aislar indefinidamente a 2 de cada 10 personas, el 20%. Eso sí, sin incluir al resto de colectivos vulnerables (personas con enfermedades crónicas u otras patologías o inmunodeficiencias serías) lo que seguramente subiría el porcentaje al 25%.

¿Cuántas familias podrían aislar a sus mayores, con garantías suficientes para evitar el contagio, cuando, en muchos casos, sus viviendas no superan los 50/60m, tienen un único baño y viven en ellas entre 3 y 6 personas?

La solución "solo ancianos y los demás a la calle", como decía el otro, además de no poder ser, es imposible; porque algo así, además de todo lo anterior, podría traer como consecuencia reacciones ciudadanas tan fuertes y contrarias que podrían desembocar en graves problemas y alteraciones de la paz social y el orden público.

Cuando no hay una única solución clara e indiscutible para algo, todos los posibles remedios parecen inadecuados

En un contexto como el actual, con incógnitas tan importantes por despejar todavía como, por ejemplo, el no saber a ciencia cierta si las personas que, en primera instancia, han superado la enfermedad pueden volver a contagiarse o ser portadoras; es muy difícil acertar con la mejor receta. Yo creo que no nos queda más remedio que fijarnos y replicar lo que hasta ahora se ha demostrado como la solución más eficaz, que no es otra que la puesta en marcha por chinos y coreanos: el aislamiento general de la población y los test masivos; con el indudable riesgo que ello, desgraciadamente, puede representar en términos de una más profunda y prolongada crisis económica y financiera.

Cuando no hay una única solución clara e indiscutible para algo, todos los posibles remedios parecen inadecuados. Lo único que se puede hacer en ese caso, es tratar de inclinarse por la solución que parece menos mala y más practicable.

La verdadera esperanza ante esta terrible pandemia es que la velocidad de investigación mundial traiga como consecuencia, no tardando mucho, un tratamiento eficaz o/y una vacuna contra la enfermedad.

Tribuna
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