Cuando la guerra acabe

Cuando esta guerra acabe, todos querremos recordar haber sido responsables, valientes y, como buenos españoles, no haber rendido nunca nuestro sentido del humor invencible

Foto: Trabajadores sanitarios colocándose las protecciones. (EFE)
Trabajadores sanitarios colocándose las protecciones. (EFE)

Es una guerra. Sin ninguna duda. La crisis mundial producida por la pandemia es una guerra por muchas razones.

1.- Pérdida de vidas humanas

La guerra de Vietnam arrebató casi 60.000 vidas de norteamericanos; la Guerra Civil española había dejado en 1939 más de 100.000 muertos en combate. Es muy posible que, al término de esta epidemia, en unos meses el coronavirus se haya cobrado hasta 50.000 vidas en España, si nos atenemos al ritmo que cuando escribo esto, 4 de abril, llevamos registrado. Hay una enorme pérdida de vidas humanas por un único motivo y en muy corto espacio de tiempo. Como en una guerra.

2.- Destrucción de riqueza

Nadie puede saber en este momento el alcance del desastre económico que las medidas para combatir la pandemia acarrearán a la sociedad. Pero muchos especialistas lo cifran en caídas del PIB del 10 y hasta del 20% anual, con millones de parados y cientos de miles de empresas en suspensión de pagos, muchas de ellas quebradas para nunca más levantarse. Como en una guerra.

La calle Mayor de Madrid, completamente desierta. (EFE)
La calle Mayor de Madrid, completamente desierta. (EFE)

3.- Dislocación de la vida social

En este momento, casi la mitad de la población mundial está confinada en sus hogares. Esto implica familias divididas, hijos separados de sus padres y ancianos sufriendo su miedo en soledad. Una situación que solo habían vivido antes quienes habían sufrido una guerra.

4.- La hora del valor y de los valores

Es una situación que requiere, por encima de todo, de valor y unidad. Surge el heroísmo. Afloran valores dormidos. El miedo es humano, y también el pensar en la propia seguridad y en la de los más cercanos. Pero, al mismo tiempo, las personas sacan también lo mejor de sí, ayudando con valor a los que más lo necesitan, incluso con riesgo de la propia vida. Y la solidaridad surge entre desconocidos, unidos como una comunidad que encara junta un ataque dirigido contra todos.

5.- Es una prueba

De nuestros valores, de nuestro temple, de nuestras creencias. La guerra prueba quiénes son nuestros amigos. También quiénes no. Nos pone ante la evidencia desnuda de quiénes somos realmente. Y quiénes los demás.

6.- Tiene un fin

Aunque no sabemos cuál ni cuándo será. Y esa incertidumbre mortifica tanto como las propias circunstancias anteriores. En momentos de desesperanza, algunos, los que más padecen psicológicamente, piensan que acaso este sea el fin del mundo. Como siempre lo han pensado quienes más sufrían durante una gran guerra. No son pocas las similitudes. Estamos, efectivamente, en guerra contra el virus. Pero hay algunas diferencias, que nos tienen que llevar a la esperanza.

"Nuestros supuestos aliados están mostrando una frialdad reveladora. Mas estamos descubriendo que somos una comunidad nacional y valiente"

Hay muertos, es cierto. Para quien pierde a un ser querido, el dolor es inevitable. En muchos casos, sin poder disfrutar de los consuelos del duelo, la cercanía del cadáver, la de los seres queridos o del auxilio de la religión para los creyentes. Pero en las guerras convencionales, la mayoría de los muertos son jóvenes, muy jóvenes, que aún no han vivido, que no han brindado el fruto de sus talentos a la sociedad. Dejan parejas rotas, mujeres que no disfrutarán de un matrimonio, hijos pequeños huérfanos y otros muchos sin nacer. Un trozo de futuro se pierde irremisiblemente. Este virus se ceba con crueldad especialmente en nuestros mayores, a los que les debemos todo, y a los que debemos proteger con todos nuestros esfuerzos. Ellos, que tanto han sufrido, tienen el mejor de los caracteres para enfrentarse a esta amenaza. Mas si se da la terrible circunstancia de su pérdida, podemos tener todos el consuelo de que es ley de vida. La muerte de un joven, enterrar a un hijo, perderlo en una tierra extraña, desafía en cambio todas las leyes de la naturaleza.

Hay destrucción de riqueza, es cierto. Pero, fundamentalmente, es de capital circulante. Las empresas se paralizan, la actividad desaparece y el dinero deja de fluir. Pero en una guerra convencional, lo que se destruye además son las infraestructuras: puertos, aeropuertos, puentes, carreteras, edificios y maquinaria; el capital fijo que requiere de décadas para su construcción. Por eso, tras una guerra, son necesarios al menos 10 penosos años para recuperar algo parecido al nivel de vida anterior. Sin embargo, ahora, aunque las empresas sufran hasta la asfixia y el paro agobie a las familias, toda la infraestructura económica sigue ahí, intacta, dispuesta a arrancar en cualquier momento. Por tanto, cuando esta guerra acabe, la recuperación puede ser muy rápida, y que de este modo todos alcancemos el nivel de vida anterior en muy pocos meses.

Nuestra vida se ha dislocado, es cierto, pero comparemos nuestra situación de 2020 con la de 1918, por ejemplo. Ahora sabemos dónde están todos nuestros seres queridos, podemos contactar con ellos en cualquier momento, nos hablamos, nos vemos, y compartimos en tiempo real nuestra situación, nuestros sentimientos, nuestras angustias y esperanzas. Estamos aislados físicamente, pero no moralmente.

"Podemos salir de esta prueba más fuertes, más valientes, más sabios, más unidos. Mejores"

Y esa atenuante de la dislocación de la vida social nos lleva a la principal diferencia entre esta guerra y las otras. Estamos juntos en esto. No tenemos que matar a nadie. Nuestra comunidad no está unida contra otra. Nuestros jóvenes no volverán a casa tras haber asesinado a sus semejantes, sino después de haber curado y protegido, después de trabajar para producir aquello que más se necesitaba para curar y defendernos. Nuestra retaguardia no fabrica armas para destruir a otros pueblos, sino que hasta nuestras monjitas cosen con amor en sus clausuras cientos de las necesarias mascarillas, que una incomprensible e irresponsable dejación ha convertido en un bien casi inaccesible. Estamos, todos juntos, desarrollando miles de iniciativas individuales, procurando sacar lo mejor de nosotros mismos para, juntos, vencer.

No contra nadie. Pero sí conscientes de que, como nación, estamos bastante solos. Nuestros supuestos aliados están mostrando una frialdad reveladora. Mas, al mismo tiempo, estamos descubriendo que somos una comunidad nacional, valiente, fraterna, llena de valores y de valor, y que, unidos, podemos enfrentarnos a nuestros males sin miedo a nada ni a nadie.

Podemos salir de esta prueba más fuertes, más valientes, más sabios, más unidos. Mejores.

Cuando la guerra termine, cuando volvamos al lugar de trabajo, cuando abracemos de nuevo a aquellos que queremos y cuyo calor humano tanto hemos anhelado, recordaremos estos días, las lecciones aprendidas, el valor de lo importante y los valores que nos importan.

Estas situaciones extremas de la vida nos ponen ante la realidad ineludible de qué clase de personas somos. Pero, sobre todo, representan una oportunidad única de ser la clase de personas que siempre hemos soñado ser.

Cuando esta guerra acabe, todos querremos recordar haber sido responsables, valientes, abnegados, generosos, pacientes, serenos, y, como buenos españoles, no haber rendido nunca nuestro sentido del humor invencible.

Estamos aún a tiempo de serlo. A por ello.

Unidos, prevaleceremos. Ahora. Y cuando la guerra acabe.

*Antonio Rubio es autor, entre otros, de 'Así en la empresa como en la guerra'.

Tribuna
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