Sobre el aprobado general

Colectivos de estudiantes lo piden para todos los alumnos. Y otros países ya lo han decretado. Pero ¿qué mensaje enviaría a sus beneficiarios, a los menores?

Foto: Un estudiante de Primaria. (EFE)
Un estudiante de Primaria. (EFE)

En las últimas horas, Italia ha decretado un aprobado general para que todo el alumnado pase de curso el año que viene, y tal vez no sea el único país que adopte la misma medida. Se escuchan las mismas campanas en otros lugares. Nuestra intención no es criticar tal decreto, principalmente porque decisiones de este calado no son nada fáciles de tomar. Nosotros somos nosotros y nuestras circunstancias, podrán haber pensado los dirigentes italianos parafraseando a don José Ortega y Gasset, y nuestras circunstancias educativas actuales, anómalas y tristes donde las haya, nos empujan a tomar este camino.

Se dice que así se solventa el problema de muchos alumnos y profesoras que, por las razones que sean, no pueden seguir las clases y cumplir con sus tareas desde sus domicilios, y por lo tanto, no podrán ser evaluados y evaluar en condiciones. Si es eso, la medida adoptada parece ser útil, tal vez no la más, pero sí la extremadamente útil. Sin embargo, la cuestión está en saber si además de rentable es justa y buena, para esos niños y jóvenes, y por lo tanto, para la educación en sí y la sociedad en su conjunto. Ya sabemos que las medidas útiles no siempre correlacionan con lo que realmente nos conviene, por muy tranquilos y complacidos que nos dejen.

Volvamos un momento a Ortega y Gasset. Aquella archiconocida frase que aparece en sus maravillosas 'Meditaciones del Quijote' suele decirse de manera fragmentada. El filósofo madrileño apuntó que: “Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo”. En la segunda parte de la frase, la que se acostumbra a olvidar, está precisamente el meollo de la cuestión.

Las circunstancias en las que nos vemos nos deben servir para crecer de una manera o de otra, lo que hagamos con ellas lo hacemos con nosotros mismos. Y ciertamente, aunque esto del aprobado nos permita salir del paso ahora, también podría significar un escollo para mejorar y mejorarnos. Dicho de otra manera, el aprobado general podría ser algo así como pan para hoy y hambre para mañana. Hay quien podría pensar que todo esto del aprobado general en tiempos excepcionales es una anécdota que no pasará a la historia, quizá sí, pero el imaginario educativo se alimenta de historias que pasan. Bien, veamos algunos asuntos que alimentan nuestras dudas y no nos dejan tranquilos.

Las medidas útiles no siempre correlacionan con lo que realmente nos conviene, por muy tranquilos y complacidos que nos dejen

La primera inquietud tiene que ver con el mensaje que el aprobado general podría enviar a nuestros pequeños y adolescentes. Estos días, podemos ver que se está moviendo muchísima gente para ayudar en lo que sea y como sea, que es como decir que podemos ver algo excelente de nosotros mismos. Tenemos infinidad de ejemplos que lo demuestran, unos de grandes dimensiones que dan la vuelta al mundo y otros de menor tamaño que no salen de nuestra escalera de vecinos, pero todos son buenos ejemplos y, todo sea dicho, también emocionantes. Los pequeños y jóvenes, ahora confinados, también pueden ayudar de múltiples maneras, pero quizá la más importante sea cumpliendo con sus tareas escolares como sea, manifestando a sus profesores y progenitores que sus responsabilidades no se evaporan ante las adversidades.

El aprobado general, sin embargo, les transmite lo contrario: hasta nueva orden, se ha acabado eso de ser alumno, nos veremos a la vuelta y ya hablaremos si eso. Para algunos, todo hay que decirlo, no hay nada de sorprendente en tal decreto, ya que en verdad les importa poco si hay aprobado general o suspenso universal.

Una pareja de profesores imparte clases 'online' durante el confinamiento. (EFE)
Una pareja de profesores imparte clases 'online' durante el confinamiento. (EFE)

Por suerte, son los menos; los más son los que se habrán quedado boquiabiertos, los que no entiendan cómo es que a un alumno se le pide que deje de ser alumno precisamente cuando más puede demostrar sus ganas de serlo. Quizá también se hayan quedado patidifusos al ver que se les anula el derecho de demostrar lo que aprenden estos días. Nos consuela pensar que quien se siente alumno se buscará la vida para seguir siéndolo, pero las tentaciones que ahora tiene delante son grandes, y es que a nadie le amarga un dulce. Solo nos gustaría señalar algo: si ya teníamos un problema con las pantallas, que Dios nos coja confesados.

El aprobado general podría ser algo así como pan para hoy y hambre para mañana

Sin embargo, ese mensaje no es lo que más nos inquieta, lo realmente preocupante es que el aprobado general podría hacer un flaco favor a los principales propósitos de la educación, por lo menos a tres de ellos. ¿El primero? Decía el filósofo mexicano Eduardo Nicol que la persona no nace entera, sino que se va enterando poco a poco. Pues bien, la educación parece ser el mejor invento de la historia para que las nuevas generaciones se vayan enterando del mundo en el que viven, de las mejores producciones culturales y científicas, de las maravillosas aportaciones que vienen de las matemáticas, la historia, las ciencias naturales, la filosofía, las lenguas clásicas y modernas, etc.

El aprobado general, sin embargo, no favorece que uno se vaya enterando poco a poco, sino que da carta libre para que uno se dé por enterado de buenas a primeras y sin mover un dedo, y ya sabemos que no es lo mismo lo uno que lo otro. Algo nos dice que quien se va enterando poco a poco de las cosas lo que hace en último término es aprender algo básico y fundamental: el deseo de alcanzar la sabiduría, o si prefiere, no vivir de esa manera que si sale con barba San Antón y si no la Purísima Concepción.

Una alumna de 4º de ESO de un instituto de Mahón realiza sus tareas desde su domicilio. (EFE)
Una alumna de 4º de ESO de un instituto de Mahón realiza sus tareas desde su domicilio. (EFE)

El segundo propósito. Sócrates, maestro de maestros, les decía a sus seguidores que tenían que convertirse en algo así como abejorros que aguijonean el lomo de un noble pero perezoso caballo. La educación también está para eso: para que las nuevas generaciones adquieran un 'modus vivendi' fundamentado en la cuestión permanente, para que no vivan a base de respuestas, sino fundamentalmente de preguntas. ¿O es que no queremos médicos, arquitectas, maestros o biólogas que no paren de preguntarse cómo hacer las cosas mejor de lo que las hacen?, ¿o es que no necesitamos ciudadanos que no dejen de cuestionarse las cosas que se les ponen por delante, gente con buenas preguntas y preguntas de las buenas?

La filosofía del aprobado general no beneficia el desarrollo de almas y mentes críticas, sino de individuos criticones y despreocupados, y la experiencia nos dice que eso no nos conviene. El aprobado general, en definitiva, hace un flaco favor a todos aquellos alumnos y profesoras que creen en la educación porque sueñan con un mundo mejor.

La filosofía del aprobado general no beneficia el desarrollo de almas y mentes críticas, sino de individuos criticones y despreocupados

El tercer y último propósito. Desde hace muchos años, se viene defendiendo que la educación es una suerte de ascensor para quienes no viven en un dúplex o de trampolín para los que no tienen piscina en su casa. Y ciertamente, tenemos infinidad de ejemplos que lo corroboran. La educación es un elogio al esfuerzo, especialmente de quienes menos recursos tienen y se encuentran en situaciones más desfavorecidas. Por eso es tan justo que la educación nos iguale a la entrada como que nos diferencie a la salida por nuestros propios méritos, y, sin embargo, el aprobado general no favorece esto último. Personas que ven en la educación su oportunidad, o que consideran que sus hijos y nietas disfrutan de una ocasión que ellos no tuvieron, podrían no entender nada, o mejor dicho, podrían no entender que lo que antes era de justicia ahora no lo es tanto.

En definitiva, el aprobado general esconde una filosofía educativa y social poco beneficiosa. Está claro que es una medida excepcional y puntual, o eso queremos creer, pero abre la veda a interpretaciones y discursos que, en el mejor de los casos, sorprenden.

*Francisco Esteban Bara es profesor agregado del Departamento de Teoría e Historia de la Educación de la Facultad de Educación de la Universidad de Barcelona y autor de 'Ética del profesorado' (Editorial Herder) y 'La universidad light' (Editorial Paidós).

Tribuna
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