La 'turbopinión' o por qué nadie vio venir la pandemia del coronavirus
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Ángel Villarino

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La 'turbopinión' o por qué nadie vio venir la pandemia del coronavirus

El fondo del problema nunca ha estado en lo que nos divide, la ideología, sino en lo que compartimos: la compulsión opinadora y polarizante que ha secuestrado el debate público

placeholder Foto: Un sanitario desinfecta a un compañero en República Checa. (Reuters)
Un sanitario desinfecta a un compañero en República Checa. (Reuters)

Ya en plena pandemia, con más de 800 muertos al día, un conocido polemista de izquierdas y un conocido polemista de derechas se reprochaban mutuamente en Twitter la miopía con la que habían afrontado el coronavirus semanas atrás. Se arrojaban a la cabeza tuits antiguos y artículos en los que habían minimizado la gravedad del asunto, en los que se habían referido a ello como una "simple gripe" o en los que habían repetido aquella desafortunada ocurrencia según la cual lo que estábamos viviendo era una “epidemia del alarmismo”.

Sin quererlo, estaban haciendo el retrato perfecto de lo que acababa de pasar. El fondo del problema nunca ha estado en lo que les divide a ambos (la ideología o las siglas de un partido), sino en lo que comparten (la compulsión opinadora y polarizante que ha secuestrado el debate público). Me permito la paradoja de utilizar una tribuna de opinión para diagnosticar el virus de la ‘turbopinión’. Y acusarlo de tener un papel importante en la difusión del coronavirus. No lo vimos venir, fundamentalmente, porque nuestro debate está entregado a la charlatanería improvisada.

Como no puede haber nadie a favor o en contra de un virus, el punto de tensión ha pasado a la gestión del Gobierno

Por supuesto que no se trata de señalar a estos dos polemistas en concreto, ni siquiera a los tuiteros en genérico, ni a los tertulianos, ni a los que idean 'relatos' en los partidos políticos y deciden sus agendas y prioridades. Ni mucho menos a quienes se ganan la vida escribiendo columnas de opinión, género que leo y en ocasiones disfruto. No se pueden personalizar culpas cuando el problema es atmosférico.

La polarización se fomenta hasta tal punto que los asuntos se afrontan de partida estableciendo bancadas a favor y en contra sobre cualquier tema. A menudo los propios opinadores tienen que forzar su discurso para encajar en el formato. Ahora, como no puede haber nadie a favor de un virus, el punto de tensión ha pasado a la gestión del Gobierno. Ni siquiera es una opción renunciar al planteamiento.

El que opina fuerte y tajante obtiene refuerzo y se le suele dar cobijo en trincheras. Luego hay subgéneros dramáticos: la tentación estética de llevar la contraria, el tic de superioridad moral para situarse por encima del resto... Cuando los corresponsales televisivos empezaron a informar sobre el avance del coronavirus en el mundo, la actitud más aplaudida fue la que no se circunscribió a explicar lo que estaba pasando. En Televisión Española, uno de ellos interpretó, opinó y defendió su postura con vehemencia, indignándose incluso. El tiempo demostró que se equivocaba gravemente, pero aquel día fue 'trending topic'.

Si todo es un escándalo, nada es un escándalo. Es imposible prevenir un incendio en una habitación que siempre está llena de gente gritando “¡fuego!”

El infoentretenimiento cada vez ofrece más incentivos para que el político, periodista o tuitero se invente opiniones que no tiene sobre asuntos que ni siquiera le interesan. La burbuja de pedos se alimenta de fabricar escándalos, agravios y divisiones en torno a polémicas que días antes no estaban ni identificadas. 'Millennials' contra 'boomers', familia de barrio contra familia metropolitana, Frente Popular de Judea contra Frente Judaico Popular… El mundo se va poco a poco llenando de gente con opiniones tan firmes como pobremente fundamentadas. El último domingo antes del confinamiento nos dejó otra metáfora magnífica. Cientos de miles de personas en Madrid —de Gran Vía a Vistalegre— privilegiando sus construcciones ideológicas frente a la amenaza real e inminente, la primera en mucho tiempo.

Ni siquiera es un asunto español. El Covid-19 ha tenido la suerte de sorprender a la civilización más opulenta y eficaz de la Historia debatiendo gravísimos problemas imaginarios. Aunque a algunos más que a otros (Estados Unidos más que Alemania, España más que Eslovenia...), el virus de la ‘turbopinión’ afecta a todo Occidente. Lo importante pasa desapercibido entre tanta falsa alarma, queda oculto tras el teatrillo de la agitación permanente. Si todo es un escándalo, nada es un escándalo. ¿Quién se va a tomar en serio un virus remoto en medio de un debate interminable que se pone al rojo vivo cuando alguien hace un chiste sobre una bandera o cuando unos grandes almacenes venden ropa rosa para las niñas y azul para los niños? Es imposible prevenir un incendio en una habitación que siempre está llena de gente corriendo y gritando “¡fuego!”.

La presión por opinar fuerte y rápido suele acabar con una nariz de payaso. Nunca las carreras políticas o mediáticas se achicharraron tan rápido

El camino de la opinión compulsiva y la indignación gratuita es el más directo. Quizá también el que termina antes. La presión por opinar fuerte y rápido suele acabar manifestándose con una nariz de payaso. Nunca las carreras políticas y mediáticas se achicharraron a la velocidad que lo hacen ahora. Ojalá el virus nos obligue a superar los debates bizantinos para concentrarnos en lo que lleva tiempo sucediendo al otro lado de la muralla. Que salgamos del confinamiento con una mirada más limpia. El diario ‘The Guardian’ publicó recientemente la que se ha convertido en la noticia más leída de toda su historia. El titular es de una sencillez pasmosa: “Síntomas del coronavirus: ¿cuáles son y cuándo debería visitar al doctor?”. Los lectores no buscaban leer argumentaciones improvisadas. Querían saber qué les va a pasar si se contagian.

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