El confinamiento, la izquierda y el chalé

Rivas Vaciamadrid, una ciudad con ocho concejales de derechas y 17 de izquierdas, sería el paradigma de la ciudad insostenible, segregadora, privatizada y neoliberal en Madrid

Foto: Imagen de Rivas Vaciamadrid. (Google Maps)
Imagen de Rivas Vaciamadrid. (Google Maps)

Rivas Vaciamadrid es una ciudad de casi 90.000 habitantes en el extrarradio madrileño. Quien llegue a este anodino lugar por primera vez, tendrá la sensación de haber aterrizado en Kansas City o en cualquiera de esas ciudades suburbio americanas, completamente impersonales, que salen en las series y películas de Hollywood. Por alguna extraña razón, en este histórico feudo de Izquierda Unida, tanto sus políticos como sus habitantes están encantados de emular el sueño americano de la ciudad de casitas unifamiliares y calles vacías sin tiendas que, concentradas en centros comerciales, obligan a sus habitantes a depender del coche hasta para comprar el pan. Una ciudad sin casi espacio público reseñable, pensada para el coche privado, que consume gasolina y agua para sus abundantes jardines y piscinas, también privadas, como si no hubiera un mañana.

Como dirían buena parte de los académicos del urbanismo, venerables izquierdistas casi todos ellos y con el ministro Castells a la cabeza, Rivas Vaciamadrid, una ciudad con ocho concejales de derechas y 17 de izquierdas, sería el paradigma de la ciudad insostenible, segregadora, privatizada y neoliberal en Madrid.

Además, frente al modelo de ciudad 'latina' densa y compacta que el consenso académico considera como óptimo por cuestiones de eficiencia energética, ecología y cohesión socioeconómica, nos encontramos con que resultan ser las ciudades con baja densidad, de condominios y casas aisladas, el modelo urbano óptimo para frenar la propagación de esta pandemia. Posiblemente, hoy sean muchos los que desearían pasar el confinamiento en una casa amplia y con jardín privado.

Resultan ser las ciudades con baja densidad, de condominios y casas aisladas, el modelo urbano óptimo para frenar la propagación de esta pandemia

No es el único ejemplo de ciudad jardín donde entre la forma de vida de sus habitantes y lo que predican hay un abismo del tamaño del cañón del Colorado. La colonia Rosa Luxemburgo de Aravaca fue pionera en este modelo. Construida por CCOO en una de las zonas más caras de las afueras de la capital, al igual que en Rivas, allí viven muchos funcionarios sindicados, profesionales con sueldos suficientemente generosos como para haberles permitido participar en las cooperativas de viviendas que construyeron sus casas. Lo misterioso del asunto es que los habitantes de ambos lugares, a diferencia de sus egoístas y contaminantes vecinos de derechas, deben de poseer una resistencia a las tentaciones del Maligno dignas de un beato. No se convierten en pérfidos individualistas, pagan religiosamente su IBI y votan más religiosamente si cabe en contra de su propio bolsillo. ¿Será quizá... porque pueden permitírselo?

Hoy, tanto periodistas como políticos se lanzan a criticar a quienes se manifiestan en las calles del barrio de Salamanca o frente al chalé de Pablo Iglesias. No lo hacen solo (y con razón) por no guardar las distancias debidas o por la falta de ética de los escraches sino por 'cayetanos' y pijos (¿desde cuándo los representantes insultan directamente a los representados?). Pero no estaría de más recordar que no todos los votantes de izquierdas sufren el confinamiento en infraviviendas mal iluminadas. Muchos de ellos, abogados, profesores, periodistas o dirigentes políticos cuyas interpretaciones y relatos de la realidad influyen notoriamente en el comportamiento social, no predican precisamente con el ejemplo, pues viven donde aquellos y como aquellos a los que critican en estos relatos.

No todos los votantes de izquierdas sufren el confinamiento en infraviviendas mal iluminadas

Son muchos los líderes presentes y pasados del PSOE y de Podemos que comparten urbanización exclusiva y forma de vida en Pozuelo, Somosaguas o Galapagar con sus pares del PP, Ciudadanos y Vox. “Lo político es personal y lo personal es político”, suelen decir en sus mítines y programas de televisión. Pero, más marxistas de Groucho que de Carlos (valga el topicazo), resultan ser los mismos que mientras hacen discursos encendidos sobre las virtudes comunitarias en “los barrios”, aspiran al 'chaletete' de pequeño burgués con jardín, piscina y dos coches en la puerta.

También es recurrente escuchar, en los debates sobre la ciudad, que el urbanismo es política, dado que define cómo vivimos y cómo se organiza físicamente nuestra sociedad. Efectivamente, la política existe desde que existen las polis y por tanto siempre fueron un frente de batalla ideológico. Por eso, desde las tribunas públicas del progresismo, tardan muy poco en poner sobre la mesa sus píldoras ideológicas sobre la ciudad con frases hechas del estilo de: "¡Tenemos derecho a una vivienda digna!", "¡el Estado debería controlar los precios de los alquileres y parar la especulación!" o "¡la contaminación de los coches nos mata!", acompañadas todas por conceptos algo más sofisticados tipo: “La ciudad neoliberal, la no ciudad, la ciudad segregadora...” y sus antítesis: “La ciudad inclusiva, la ciudad comunitaria, la ciudad participativa…”.

Políticos, académicos y periodistas repiten estas frases como mantras al hablar de los problemas de nuestras ciudades. La mayoría provienen de conceptos desarrollados tras 1968 por los grandes teóricos marxistas del urbanismo (como decía al principio). Henri Lefebvre, David Harvey o el propio Manuel Castells analizaron las dinámicas de la ciudad capitalista y plantearon teorías políticas como el 'derecho a la ciudad'. Estos han sido la base de los discursos de muchos políticos actuales y en esencia hablan siempre de la 'recuperación' de los espacios que el capitalismo ha quitado a los ciudadanos y ha puesto en manos del mercado (como si no fuéramos nosotros mismos). Pero… Recuperar, rescatar… ¿El qué y de quién?

Bueno, el primer problema es que para 'recuperar' una ciudad libre de las leyes de oferta y demanda que privatizan los espacios comunitarios, tendríamos que aplicar las teorías del decrecimiento (que algunos de ellos promueven ahora más que nunca) y enmendar la idea misma de ciudad hasta volvernos cazadores-recolectores. La ciudad aparece cuando la humanidad se hizo sedentaria. Con ella aparecieron los títulos de propiedad, el intercambio comercial, la compraventa, los escribas, los notarios, los jueces y la burocracia. El Estado.

¿Qué ciudad queremos recuperar? ¿La de los faraones, la Atenas de Pericles, la ciudad feudal, la imperial o quizás el Londres dickensiano?

Para recuperar algo, esto tendría que haber existido previamente. Por eso intentar 'recuperar' un pasado que nunca existió no es más que un eslogan falaz y peligroso.

Buscan recuperar “la ciudad de las cosas buenas y comunitarias” (como comentaban hace poco en el programa de Àngels Barceló en la SER) frente a la malvada ciudad del capitalismo que ellos mismos disfrutan. El problema es que en Rivas no hay nada que recuperar, porque Rivas se planificó así a propósito.

Pero ¿existe la alternativa a la ciudad que tenemos? Sí.

Cualquiera que haya estado un fin de semana en Berlín o haya visto la serie 'Chernóbil' la conoce. En el último siglo, en los países de la órbita soviética se construyeron cientos de barrios y ciudades para el Pueblo, libres de opresión capitalista. Ciudades justas, llenas de espacios públicos, parques, plazas y 'grandes alamedas'. Sus habitantes vivían tan felices que muchos se dejaron la vida por intentar salir de allí.

Pero es que las ciudades occidentales también están hiperreguladas por normativas y tasas de todo tipo. Barcelona, por ejemplo, ha sido (obviando a los 'sagaces' que consideran que todo lo que esté a la derecha de Podemos no es izquierda) una ciudad gobernada por izquierdistas casi ininterrumpidamente desde 1979. Sus dirigentes son de los que con más ahínco han desarrollado y practicado todo tipo de teorías sobre el control municipal con la finalidad de que ningún avaro mal nacido se despendole más de la cuenta. Y en fin… o han sido muy negligentes o les ha salido una ciudad neoliberal de libro: gentrificada, invadida por el turismo de masas, contaminada, repleta de exclusión social y criminalidad en los barrios populares… Después de tantos años, alguna responsabilidad tendrán, ¿no?

Pues debe ser que no, porque hasta hoy lo que se destila de sus críticas y lamentos, la razón principal por la que sus eslóganes y teorías no se han podido llevar a la práctica, es literalmente de fundamento: la propiedad del suelo.

El problema, por tanto, es que existe la propiedad privada, y los ayuntamientos no son propietarios del 100% del suelo sobre el que están edificadas nuestras casas y por eso no pueden controlar por completo los precios. El urbanista barcelonés Oriol Nel.lo planteó este dilema con ironía, pedía al ayuntamiento que no arreglase los bordillos rotos porque aumentaría el valor de la calle y se encarecería la vida de los vecinos.

Así pues, la clave en esto del urbanismo es la titularidad del suelo (discúlpeme si me pongo un poquito denso, pero es que este es el meollo del asunto). Ciudades como Viena, que se suelen utilizar como ejemplo de la ingeniería social bondadosa, llevan un siglo poseyendo gran parte del suelo de su término municipal y construyendo vivienda social en sus terrenos. Esto se convierte en una poderosa herramienta a la hora de regular el mercado y ofrecer alquileres baratos que mantienen equilibrados los precios de los pisos.

Nuestra patria es nuestro patrimonio: la familia, el coche y la casa en propiedad siguen siendo hoy un gran objetivo de aspiración social

La cuestión es que la historia no es igual para todos. En 1918, después (ni más ni menos) de una guerra mundial, se derrumbó la monarquía imperial austrohúngara y buena parte de las posesiones y terrenos a las afueras de la ciudad pasaron a ser de titularidad pública. La historia de España es bien distinta. Los liberales del siglo XIX, en contra de los conservadores y a sangre y fuego con los carlistas, privatizaron y desamortizaron las tierras municipales, comunales y de la Iglesia. Ya en el siglo XX, el Estado debía pagar por los terrenos que no eran de su propiedad antes de desarrollar planes masivos de vivienda. Terminadas las casas, estas se vendían a sus usuarios para compensar las pérdidas y de paso crear una nación de propietarios. Por tanto, aquí al modelo de ciudad socialdemócrata en el que vivimos (aun estando fuertemente regulada) no le queda otra que pasar por el aro de las leyes del mercado para dar soluciones habitacionales a los ciudadanos. Por eso lleva desde los años sesenta condicionada a asumir pérdidas desde el primer día o a aceptar que los promotores privados construyan las viviendas sociales que las administraciones no pueden permitirse, a cambio de exenciones fiscales o de acelerar los trámites de las licencias.

Muchos se preguntan estos días cómo puede haber dirigentes tan 'pintorescos' como Ayuso, que cosechen tanto apoyo popular en Madrid. El PP, que ha gobernado en esta comunidad desde hace casi 30 años, ha seguido planificando esa ciudad hiperregulada, pero a diferencia de la izquierda, predica y da trigo, no es cínica en este tema y aplica en su programa ideológico las leyes de la oferta y la demanda al ofrecer a los ciudadanos el tipo de ciudad que estos compran. La derecha tiene en el urbanismo un caballo ganador: sabe que este es el modelo de ciudad (de casitas y propietarios hipotecados que tienen algo que perder) al que aspira la inmensa mayoría de la gente (políticos de izquierda incluidos) y que fomenta el modelo de vida individualista que sus partidos nos ofrecen.

Por eso, cuando el PP planifica ciudades como Rivas (pero para gente que no tiene una plaza fija en la Administración con un sueldo medio-alto) podemos constatar, elección tras elección, que sus (muy a menudo) sufridos habitantes tienden a votar de forma mayoritaria primando sus intereses materialistas e individuales y no pensando en los osos polares ni en los refugiados sirios.

La anemia de la socialdemocracia se debe en parte al triunfo de su modelo. Construye las casas que la gente de izquierdas quiere para, una vez adquiridas, hacerse en poco tiempo de derechas. Ese sistema político que, durante el siglo XX, tanto en sus variantes progresista como democristiana, sirvió para que gran parte de las clases trabajadoras no cayeran en las tentaciones totalitarias, muere hoy de éxito en Madrid. Ha aburguesado a una sociedad fuertemente terciarizada, cuyo izquierdismo de propietarios (esa inmensa mayoría de la población) no es capaz de levantar cabeza ni tras una crisis que ha puesto en jaque al sistema sanitario. Izquierdismo que parece mantenerse en pie únicamente a golpe de la retórica y la estética propias de una guerra cultural e identitaria vacía a ojos de muchos de sus exvotantes y que (sobre todo en estos barrios nuevos) ya empiezan a contestar.

El viejo chiste: “Hola, ¿es el PCE? Pues bórrenme que me ha tocado la lotería”, sintetiza perfectamente esta idea. Nuestra patria es nuestro patrimonio: la familia, el coche y la casa en propiedad siguen siendo hoy un gran objetivo de aspiración social, transversal a la ideología de cada quien. No son conceptos abstractos, no están lejos, son la base de la percepción del progreso personal.

El problema de la izquierda es que Galapagar también es el modelo al que aspira buena parte del progresismo. Hoy, los mismos líderes de Podemos que querían “tomar el cielo por asalto” se declaran “humildes reformistas”, viven en casas de precios inalcanzables para la mayoría y eliminan la limitación de mandatos y de sueldo que con tanta 'decencia' les separaba de los políticos de la casta. A este paso, ¿qué cree usted que terminarán de liquidar antes Pablo Iglesias e Irene Montero, su hipoteca o sus ideales?

*Fernando Caballero Mendizabal es arquitecto y urbanista.

Tribuna
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