Residencias de ancianos. Una respuesta a todas las negligencias

El impacto del covid en nuestras residencias tiene una sola lectura: las políticas sanitarias y sociales de los últimos años han sido claramente negligentes

Foto: Una residencia en Ourense. (EFE)
Una residencia en Ourense. (EFE)

El terrible impacto que el coronavirus ha tenido en nuestras residencias de mayores tiene una sola lectura: las políticas sanitarias y sociales que en los últimos años se han desarrollado en este país para estas personas, las más vulnerables de nuestra sociedad, han sido claramente negligentes.

La negligencia es la falta de cuidado, de aplicación y de diligencia en el cumplimiento de una obligación. En este caso, la negligencia de nuestros políticos ha sido la falta de cuidado en la obligación que tenían de protección de personas con un alto grado de dependencia física e intelectual, con una alta carga de enfermedades y, muchas de ellas, en fase de final de vida.

La negligencia del resto de la sociedad también ha sido mirar hacia otro lado. Y esto nos atañe a todos. También a la justicia, que ahora se ha lanzado sorprendida a abrir investigaciones, seguro que muchas de ellas justificadas, para aclarar por qué se ha producido la elevada mortalidad que hemos sufrido en estos centros. Digámoslo claramente, porque el reconocimiento del error nos ayudará a plantear soluciones. No busquemos culpables en las políticas de derechas o de izquierdas, en las competencias de las administraciones locales o autonómicas, en la actuación de la inspección de estos centros, en la provisión pública o privada, en la crisis del 2008 o en el cambio en el paradigma familiar. Hemos fallado como sociedad, todos, en la protección de las personas más vulnerables. Y todos hemos sido negligentes.

En los siguientes días y semanas contemplaremos, estupefactos, discursos poscrisis variopintos, acelerados y, la mayoría, terriblemente superficiales. El que nunca ha mirado el problema ahora lo mirará, pero pasará muy rápido y por encima, porque lo que ve no le gusta. Y propondrá soluciones también rápidas. Pasará de la negligencia a la superficialidad, que es una conducta moralmente más soportable, pero igualmente ineficiente.

Leeremos miles de debates y posicionamientos al respecto de las residencias de mayores en los siguientes meses. Sobre la conveniencia del modelo público-privado o solo público. Sobre el incremento de controles de calidad. Sobre la "medicalización" de las residencias. Sobre la infrafinanciación del sector residencial. Sobre los míseros salarios que se les pagan a los cuidadores. Sobre la poca coordinación de estos recursos con la sanidad pública…

Y todos estos debates y posicionamientos vendrán de los que durante años hemos tenido la responsabilidad de mejorar la atención a estas personas, las más frágiles de nuestra sociedad. De los partidos políticos que, de forma sistemática, no han incluido este tema como una prioridad en sus programas y planes de acción. De las patronales del sector que mantenían salarios bajos para cuadrar los resultados económicos. De los grupos de inversión que veían un buen negocio en el cuidado a estas personas.

Ahora hace falta que reconozcamos nuestra incapacidad para haber sido suficientemente diligentes cuidando a nuestros mayores

De las sociedades científicas que no habíamos priorizado el problema… De los propios familiares, muchos de los cuales aceptaban la situación de forma resignada. Ahora no es el momento de debates y posicionamientos simplistas. Ahora hace falta que reconozcamos nuestra incapacidad para haber sido suficientemente diligentes cuidando a nuestros mayores más vulnerables. Y que esto no quiere decir que no se haya maximizado el cuidado que hemos prestado con la financiación que teníamos, que es lo que ha hecho todo el sector. Esto no quiere decir que las familias no hayan estado preocupadas por sus mayores institucionalizados. Quiere decir que no hemos sido suficientemente beligerantes exigiendo para ellos unos servicios dignos y de más alta calidad. Y nuestra visión debe ser más amplia. El debate de las residencias de mayores no debe ser el de las residencias de mayores, sino el de los cuidados de larga duración para personas con dependencia y discapacidad en el domicilio y, cuando no sea posible, en residencias de mayores. No olvidemos que la gran mayoría de nuestros mayores, y nosotros mismos, no queremos envejecer en una residencia sino en nuestra casa.

El debate no debe ser cómo "medicalizamos" las residencias para atender a las personas mayores con múltiples enfermedades, sino cómo garantizamos unos servicios sanitarios dignos en espacios de convivencia. Nadie quiere pasar sus últimos días en un lugar "medicalizado". Y muchos menos en un hospital. El debate no debe ser solo cómo mejorar el salario de los cuidadores profesionales, sin considerar a los cuidadores informales, muchas veces la pareja también mayor de la propia persona dependiente, que es la que la cuida día tras día, en su propio domicilio, luchando por su dignidad y por su comodidad. Y por la comodidad de todos. Claro que tendremos que mejorar y dignificar el trabajo de los cuidadores. Nadie se atreve a dudarlo. El debate no debe ser si las residencias tienen que pasar al Sistema Nacional de Salud o deben seguir siendo parte de los servicios sociales o de si la gestión debe seguir descentralizada en las comunidades autónomas. Este no es un debate de mirada corta y parches y de pasar rápido página, sino de cambio profundo y transformador.

Hagamos de la atención a estas personas tan vulnerables de nuestra sociedad un objetivo de país. Pongámoslo entre las prioridades de nuestra sociedad. Eso, ahora que necesitaremos más financiación y es el peor momento; y que ahora necesitaremos consenso político y es el peor momento; y a pesar de que ahora todos debemos hacer lo que no nos gusta: reconocer nuestros errores no para lanzarnos reproches, sino para aprender y no volverlos a cometer nunca más. Ahora no es momento de reproches, de luchas, de soluciones fáciles, de posicionamientos interesados. No podemos seguir tampoco mirando hacia otro lado o pasando la vista por encima y superficialmente. Basta ya de negligencia y de superficialidad. Solo un debate serio, multidisciplinar, variado, responsable y ético nos dará la solución. Y el que antes de entrar en el debate no sea capaz de dejar en la antesala sus intereses políticos, económicos o de poder… que no entre.

Es el momento de reconocer el error, afrontar el problema y buscar soluciones. Y decir en voz alta que queremos un final digno para nuestros mayores más vulnerables. Y para nosotros mismos. Y asegurarles a ellos que lo tendrán. Y asegurarnos nosotros de tenerlo.

*José Augusto García Navarro es presidente de la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología y Director General de Consorcio Hospitalario de Catalunya.

Tribuna
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