En defensa del PSOE

Desde la periferia del partido socialista y con tristeza, veo que algunos socialistas están empeñados en dejar el PSOE en vocablo y figura

Foto: El expresidente del Gobierno, Felipe González. (EFE)
El expresidente del Gobierno, Felipe González. (EFE)

He leído estos días unas declaraciones de dirigentes del socialismo vasco sobre Felipe González con motivo de la aparición, muy sorprendente, de una antigua nota de la CIA, de bochazo grueso, sobre su relación con los GAL. Vayan algunas precisiones por delante para explicar el contenido y valor de este artículo. En primer lugar, quiero reseñar que fui uno de los primeros dirigentes socialistas que hicieron solemnemente una declaración contra el GAL. Aquella primera expresión de repulsa solo la consulté con el único dirigente socialista, fallecido hace muchos años, que tenía un crédito moral suficientemente incuestionable para allanar mis razonamientos sobre el asunto. No solo no me impidió que lo hiciera, sino que me impulsó a que estableciera la posición negativa.

También creo que es necesario enmarcar brevemente mi relación con González. No siempre ha sido buena, y hubo periodos de tiempo en los que ni siquiera nos cruzábamos un saludo cuando en ocasiones coincidíamos. Pero aquellas disputas, alguna con gran relevancia en los medios de comunicación, sucedieron cuando él era elevado a los altares laicos del socialismo español todos los días, cerrando los ojos la fervorosa feligresía de aquellos tiempos ante sus errores y equivocaciones o, sencillamente, silenciando sus legítimas discrepancias.

Mi relación con González no siempre ha sido buena, y hubo periodos en los que ni siquiera nos cruzábamos un saludo cuando coincidíamos

Nadie podrá decir que me encontraba en el pasado, cuando diferir de González era anatema en el partido socialista, entre la mayoría incondicional y en parte agradecida. Cierto es que en aquella época ni sus evidentes éxitos políticos ni el entusiasmo que provocaba en las filas socialistas le evitaron discrepancias y críticas; tal vez en el partido socialista fueran de tono menor, pero entre socialistas con actividad sindical, fueron muchos los reparos a su gestión y muy relevantes los conflictos que el sindicato de tradición socialista mantuvo con sus diferentes gobiernos.

Tal vez por todo ello, las críticas de los dirigentes socialistas me parecen cobardes, inútiles e injustas. Cobardes porque aceptan el reproche de quienes impulsaron, justificaron y financiaron los asesinatos de ETA. Se ven cohibidos por partidos que tendrían que explicar, si se abriera convenientemente aquel periodo al escrutinio público, las lucrativas intermediaciones políticas y de diferente naturaleza de algunos de sus dirigentes. Cobardes porque no saben preguntar a algunos de los nuevos dirigentes políticos, hoy con importantes responsabilidades institucionales, qué hacían ellos mientras ETA asesinaba o por qué se encontraban sus teléfonos particulares en las agendas de 'los consoladores jurídicos' de los etarras detenidos. ¿Serían capaces los parlanchines dirigentes de recriminar con la misma fuerza inquisidora a quienes disfrutaban de las 'herriko tabernas' cuando viajaban desde Madrid, mientras eran asaltadas sedes socialistas y concejales del PS y del PP tenían que ir protegidos por escoltas, siendo algunos de ellos vilmente asesinados por la banda terrorista ETA?

Es además inútil, porque los que les han provocado tal reacción nunca los admitirán en su círculo. Tal vez ellos, individualmente, consigan esa absolución macabra, oportunista, cínica y malévola, pero el partido que representan nunca lo conseguirá. Y es así porque representamos la libertad, la democracia y la paz, justamente lo que ellos, los macabros jueces de hoy, combatieron con armas, con impuestos revolucionarios o con el silencio cómplice.

También es injusto, porque aquellos acontecimientos fueron juzgados con arreglo a los estándares democráticos, terminando algunas personas relevantes del PSOE en prisión. Igualmente, debería ser innecesario recordar que aquel PSOE pasó por el filtro de las urnas en sucesivos comicios electorales, aceptando siempre el último y definitivo veredicto político de la sociedad española.

En defensa del PSOE

Grupos humanos y sociedades deben saber que cuando niegan su pasado, que siempre es resultado de éxitos y fracasos, de aciertos y errores, de etapas muy oscuras y periodos luminosos, se niegan ellos y muestran su decadencia como grupo o como sociedad. La razón nos lleva a denunciar los errores, los fallos, las etapas oscuras, pero también nos dice que inevitablemente somos herederos, producto, de esa historia. El PSOE puede jactarse de su larga singladura, pero nuestro periodo dorado no fue el de la II República, ni el anterior, ni siquiera el germinal. El PSOE vivió tiempos con más épica, superamos etapas de nuestra historia que requirieron el heroísmo de muchos socialistas anónimos, recordamos periodos de impulsos utópicos, que hoy a través de la nostalgia nos parecen bellos y sugerentes. Pero si consideramos el partido socialista, como todos, un instrumento y no un fin en sí mismo o una plataforma para satisfacer ambiciones personales, el periodo culminante de nuestra existencia empezó en 1974, y en este largo periodo no cabe duda de que Felipe González, con otros personajes que ya han pasado a la historia del socialismo y de España, desarrolló un papel principal.

El periodo culminante de nuestra existencia empezó en 1974, y en este largo periodo no cabe duda de que Felipe González desarrolló un papel principal

No renuncio a que volvamos a desempeñar para España ese papel modernizado y reformista, que tuvo su inicio en Suresnes y se alargó durante varias décadas. Pero para conseguirlo tenemos que defender lo que fuimos y criticar todo lo que hicimos mal, pero, sobre todo, para conseguirlo no debemos admitir ninguna lección de quienes no tienen catadura moral ni política para dárnosla. Desde la periferia del partido socialista y con tristeza, veo que algunos socialistas están empeñados en dejar el PSOE en vocablo y figura, como decía Quevedo en una carta, anunciando el principio del declinar español.

Nicolás Redondo. Secretario general del PSE-EE entre 1997 y 2002.

Tribuna
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