Árbol caído

No censuro a los republicanos o antimonárquicos de la primera hora, que ya dejaron clara su opción política, sino a los advenedizos de la hora undécima

Foto: El rey emérito Juan Carlos I. (TVE)
El rey emérito Juan Carlos I. (TVE)

"A la masa le es importante que el verdugo le muestre la cabeza del ajusticiado. No es otra cosa el abrir de ojos de la descarga. Aquel a quien haya pertenecido esa cabeza está ahora degradado; por el breve instante en que clava sus ojos en la masa es una cabeza como todas las demás (…) Cuanto más poderoso haya sido el ajusticiado, cuanto más grande la distancia que antes lo separaba de ella, tanto mayor es la excitación de su descarga. Si era un rey o un poderoso parecido, interviene además la satisfacción de la reversión." Elías Canetti, 'Masa y Poder'.

En abril de 2012 se inauguró en el Museo del gulag de Moscú la muestra fotográfica 'El Comisario Desaparece', de David King. La comisaria de la exposición, Irina Galkova, explicaba entonces que con Stalin los "enemigos del pueblo soviético" morían dos veces: una cuando eran fusilados o enviados al gulag y otra cuando desaparecían de las imágenes oficiales.

Las purgas bolcheviques fueron inmisericordes y alcanzaron no solo a ciudadanos anónimos sino a los conmilitones de la primera hora: Trotski, Kámenev, Zinoviev, Bujarin o Yezhov. A partir de ahí quienes hubieran mantenido algún vínculo con los caídos en desgracia se apresuraban a hacer desaparecer cualquier vestigio de la antigua relación como quemaban las imágenes religiosas en el Madrid republicano los que en los días aciagos de 1936 recibían la "visita" de los milicianos. No fuera a ser que los invitaran a dar un paseo que terminaba camino de Kolimá o de la tapia del cementerio del Este.

Esa manipulación cumplía, pues, el doble objetivo de fabricar una verdad oficial y de aterrorizar a los que tuvieran tratos con el defenestrado

Esa manipulación fotográfica cumplía, pues, el doble objetivo de fabricar una verdad oficial y de aterrorizar a los "enemigos" que hubieran tenido tratos con el defenestrado. Esa "muerte civil" es similar a la que perpetra la masa de acoso, que definiera Elías Canetti en 'Masa y Poder': "Entre los tipos de muerte que una horda o un pueblo impone a un individuo pueden distinguirse dos formas principales: una es la expulsión. El individuo es abandonado, expuesto inerme a las fieras o a una muerte por inanición. El grupo, al que antes perteneció, ya nada tiene que ver con él; no les está permitido albergarlo y no deben ofrecerle alimento. Toda comunidad con él los contamina y los hace culpables (…) La otra forma es la de matar colectivamente. Se conduce al condenado a campo abierto y se le apedrea. Todos participan en esta muerte; alcanzado por las piedras de todos, el culpable se desploma. Nadie está delegado como ejecutor, toda la comunidad mata. Las piedras están en lugar de la comunidad, son el recuerdo de su decisión y de su acto."

En estos días han florecido quienes, perfumados de valientes, se asoman a tertulias radiofónicas, programas de televisión y columnas de opinión con el único propósito de ponerse al frente del escrache mediático contra Juan Carlos de Borbón no vaya a ser que se queden atrás en el concurso de méritos de la corrección política. Alcaldes que hubieran sido capaces de comprometer fondos públicos con tal de gozar de un instante de favor real (una inauguración o el patronato de una fundación local, por ejemplo) se apresuran a ordenar que los operarios municipales retiren placas de calles y avenidas para evitar que, como con Stalin, haya alguien que los señale como "colaboracionistas". Quienes adoraban al santo por la peana han pasado a golpearlo también por la peana.

Por eso quiero defender a Juan Carlos I, aunque solo sea por nadar a contracorriente, por apartarme de la turba y por no dejarme llevar

No censuro a los republicanos o antimonárquicos de la primera hora, que ya dejaron clara su opción política, sino a los advenedizos de la hora undécima, que hasta anteayer se daban codazos para aparecer en las fotos oficiales junto al Emérito y ahora se empujan unos a otros para hacerse cooperadores necesarios de un juicio sin garantías que no desearían para sí mismos. Me recuerdan a aquel Hernández Moltó, diputado que nada arriesgaba, cuando vapuleó en el Congreso a un Mariano Rubio indefenso antes de terminar el mismo Hernández Moltó, años después, arrojado al paseo de la infamia tras ser condenado en la Audiencia Nacional a dos años de cárcel por falsificar las cuentas de la quebrada Caja Castilla-La Mancha.

Hace unos años en La Habana me interesé por los "actos de repudio" (ofensas gratuitas, escupitajos, huevos estrellados contras las fachadas de las viviendas) con los que la turba obsequiaba a quienes, abierto el camino del Mariel, manifestaron su deseo de dejar la Isla. "Fue lamentable", me confesó un dirigente del Régimen, "porque dio rienda suelta a las más bajas pasiones". Otra vez, la masa y la dilución de la responsabilidad individual en el magma informe de lo colectivo.

Por eso quiero defender a Juan Carlos I, aunque solo sea por nadar a contracorriente, por apartarme de la turba y por no dejarme llevar por la misma cobardía de un mismo impulso destructor.

*Hermenegildo Altozano es abogado.

Tribuna