Negacionismo: una patada más contra la verdad

Lo que define al negacionista de último cuño es objetar las evidencias científicas o de la verdad lógica con emociones, sesgos y bulos, lo que supone renunciar al conocimiento racional de la realidad

Foto: Imagen de Gerd Altmann en Pixabay.
Imagen de Gerd Altmann en Pixabay.

Como si la proliferación de los bulos, las 'fake news', y otros métodos de desinformación fuesen ya poco en este golpeado año 2020, ha reaparecido en estos días con motivo de las noticias sobre el origen del #Covid en titulares la palabra 'negacionismo'.

Tenía en el horno esta columna en agosto para hablar de los distintos “ismos” relacionados con la posverdad, y en estas semanas el negación-ismo se ha puesto en primer plano. Hay una versión superficial y propagandista del fenómeno que se presenta como una corriente ideológica o casi un “me opongo” a lo que no me encaja. Lo que define al “negacionista” de último cuño es objetar las evidencias científicas (es decir, probadas) o de la verdad lógica (aquella que se puede conocer y contar) con emociones, sesgos y bulos, lo que supone renunciar al conocimiento racional de la realidad. No son confrontaciones científicas, son ideas.

Ahora, en plena pandemia, para mayor desorden informativo, se presenta el negacionismo como “movimiento” en concreto contra las evidencias de la epidemiología, y no me refiero a las ridículas 'performances' de Miguel Bosé, sino a publicaciones y posiciones públicas que niegan el valor de los datos, banalizan resultados que la ciencia trata de explicar con método “científico” —es decir, yendo al origen, causas y efectos de fenómenos como el que vivimos—; produciendo mayor incertidumbre y desconfianza.

Consecuencias de la posverdad

La cuestión no es nueva y como punta de iceberg presenta un tema de más calado, por lo que rebobino. He tenido ocasión de leer este verano dos libros que están en imprenta en el que autores de referencia en el campo del derecho y la ética de la Información —uno de Ignacio Bel sobre ética y posverdad que publica Tirant lo Blanc este otoño—, y otro, que coedito con Bel y Cetina (Wiley 2021), abundan sobre las consecuencias de la posverdad tanto en el mundo de los medios como en la comunicación pública nacional e internacional. Lo de las 'fake news' se queda casi en anécdota de los efectos de la posverdad.

El negacionismo, el relativismo de lo políticamente correcto, al igual que su consecuencia, el revisionismo histórico, viene de lejos y es una faceta más del mismo mal: la oposición al conocimiento objetivo de los hechos, al uso de la razón en el esclarecimiento de la verdad. Un mal que corroe las esencias mismas no solo del periodismo —en el que sigue habiendo quien prefiere hablar del relato o contexto— frente a la objetividad y la verdad, sino también en la ciencia y en la historia. Como ha dicho Tom Rosenstiel en el @ISOJ2020 “si creemos que nuestra opinión tiene más integridad moral que una investigación genuina, entonces me temo que estamos perdidos”.

Si, lo comparto, un poco perdidos estamos. De aquellos barros, estos lodos. La posverdad es el modo actual de explicar lo que ha supuesto la renuncia a la verdad, pero indicando un anhelo de conocerla, pues contiene lo que se ha perdido en el camino. El fenómeno se recoge en el diccionario de la Lengua española como algo intencional: “distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales” por eso se conecta más con la desinformación, la propaganda, lo que es cierto; si bien la definición del diccionario de Oxford, un año antes, hace más referencia más a “la situación en la que las personas nos inclinamos más a creer un argumento, más que por los hechos por las emociones y creencias”.

Me alertó Germán Teruel en el libro de Wiley de próxima aparición, sobre el fenómeno del negacionismo del genocidio, lo que ha trabajado antes, lo que me ha hecho pensar al verlo en este especial diccionario del #Covid. “Los discursos racistas y negacionistas se sitúan en la frontera de los mensajes tolerables en una sociedad democrática” pues afectan a bienes esenciales, afirmaba ya Germán Teruel en 2015. Negar algo –si son crímenes o regímenes que los han sostenido-, puede no caber en el marco del derecho a la libertad de expresión. Pero vuelvo al hilo de lo anterior.

Rigor, datos y lecturas

Algunas áreas donde es especialmente preocupante el negacionismo es en el campo científico, precisamente porque, aun habiendo evidencias claras, con validez hasta que un hallazgo posterior permite enmendar otro previo, lo que vemos ocurre en el cambio climático, ahora en el covid, como hace unas décadas en la relación de los riesgos del tabaco con la salud o la superpoblación. A la industria y a los gobiernos les ha costado reconocer hechos probados por académicos e investigadores, y tan solo grandes pleitos en tribunales, han hecho cambiar las políticas públicas y privadas, como puede verse leyendo aquí a Miguel del Fresno en relación con el sector farmacéutico.

Hoy están en riesgo los objetivos de la Agenda 2030, como resalta Mª José Canel, por el discurso negacionista del cambio climático, donde se niega el valor de datos y resultados clave. “Se genera así una opinión pública que no se apoya en hechos, que se hace impermeable a las rectificaciones, y que consume información para reafirmar los propios prejuicios y sesgos. Los datos fácticos se ponen al servicio de las narrativas difuminando la frontera entre los hechos y la ficción, entre la verdad y la mentira. En último término, se socava el esfuerzo colectivo para llegar a acuerdos sobre la correspondencia entre las aseveraciones y la realidad, las verdades se hacen parciales, y la política queda reducida al conflicto de intereses”.

También en la historia, presenciamos revisiones de la historia del mundo y de personalidades que han cambiado definitivamente la ciencia y la cultura, pero que conviene demonizar (como ha ocurrido al hilo del asesinato de Floyd en mayo pasado) cuanto tuvo que ver con la esclavitud. Reconocer hechos desafortunados de siglos anteriores (como el tardío reconocimiento de la igualdad y dignidad humana) es también parte del conocer, del aprender y rectificar en ciencia, es decir de avanzar en el conocimiento, pero no puede suponer “borrar” el pasado.

Es esta una trampa que los medios y facultades de Periodismo debemos también ayudar a desentrañar, de ahí que sea clave recuperar la confianza en la verdad, no asestarle golpes pues es la esencia del periodismo. Es muy loable lo que hacen @Newtral y @Maldita para frenar bulos y contrarrestarlos, pero todo sabemos o intuimos que hay mucha propaganda detrás de esas desinformaciones, especialmente espolvoreada en redes, que impide pensar, sobre todo porque objeta el sistema mismo de conocimiento del Renacimiento y la Ilustración.

El revisionismo por sistema —sin método y sin aproximación a la verdad— supone pereza para avanzar y es un arma peligrosa para la convivencia democrática. Ahora que comienza el curso, digamos que algunos de estos males se resuelven con más lecturas y estudio, y con algún que otro momento de reflexión y ocio intelectual.

*Loreto Corredoira. Profesora de Derecho de la Información.

Tribuna
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