Tiempo de puentes entre tanta crispación

Podría parecer que en España no fuéramos siempre conscientes de nuestra realidad

Foto: Casado y Sánchez se reúnen durante casi dos horas. (David Mudarra)
Casado y Sánchez se reúnen durante casi dos horas. (David Mudarra)

Tengo 50 años, nací en Madrid. Vivo en Oriente Medio con mi familia desde hace casi dos. Echo mucho de menos vivir en España. Ver a mi familia, amigos. Echo de menos nuestra cultura, nuestra diversidad, nuestra cercanía, el acceso al arte, la comida, nuestras ciudades, la naturaleza, el campo, el mar. Añoro la espontaneidad que todo lo preside.

Desde la distancia se ven las cosas, quizás, con otro prisma. Podría parecer que en España no fuéramos siempre conscientes de nuestra realidad. Desde aquí somos, sin duda, un país moderno, libre y avanzado, con un modelo de convivencia que descansa en nuestra democracia y la pertenencia a la UE. España es hoy una potencia media con una economía razonablemente próspera. Nuestra historia reciente es, indudablemente, todo un éxito. La normalización institucional y política ha supuesto que la renta ‘per cápita’ se haya prácticamente triplicado desde 1970, la población ha crecido un 40% y la esperanza de vida ha aumentado en 13 años, posicionándose entre las más altas del mundo.

España es un actor relevante en la geoestrategia internacional. Hoy somos un país anclado en Europa, al tiempo que con una proyección global relevante. Tenemos vínculos notables con las Américas, parte de África y también con Oriente Medio. Con profundas raíces culturales y sociales cristianas, islámicas y judías, que se reflejan en nuestra interpretación de la realidad, nuestro día a día y en nuestras costumbres. Los españoles ven y entienden el mundo como pocos pueden hacerlo. Y recíprocamente somos percibidos e interpretados con cercanía, para bien o para mal, por buena parte del resto de mundo.

España es hoy una potencia media con una economía razonablemente próspera. Nuestra historia reciente es todo un éxito

Leo la prensa española e internacional cada día. Como todo el mundo, veo que estamos en un momento delicado. La situación, de un tiempo a esta parte, se viene deteriorando. Por la 'situación' me refiero a las circunstancias económicas, sociales y políticas. Creo que la división política se ha convertido ya en algo habitual, mientras que las instituciones acusan un grado importante de desgaste y el crecimiento económico se desploma. Quisiera mencionar dos cuestiones que resultan particularmente complejas, por distintos motivos, y que ilustran lo delicado del momento.

Diría que, por una parte, hace ya tiempo que una parte no despreciable de la población de algunas Comunidades Autónomas apuesta por su independencia. Ello sería fruto de la percepción que tienen de que la sociedad e instituciones españolas son un lastre que limita su propio progreso. Teniendo en cuenta lo que expresaba en mis párrafos iniciales, no es obvio cuánta verdad hay en realidad en esa percepción. Pero, atención, es obvio que existe y que la simple negación del argumento no resolverá nada. Por otro lado, más recientemente, la pandemia está suponiendo para España, como para otros países, un drama económico y social de enormes dimensiones.

Decenas de miles de personas han fallecido antes de tiempo y un gran número de familias no ha podido ni despedirse de ellas. El virus ha supuesto también un jarro de agua helada en términos de crecimiento, empleo, déficit y deuda pública. Y yo diría que también ha tenido un efecto negativo en nuestra autoestima colectiva, ya de forma natural —e injustificadamente— débil.

Yo diría que es hora de dejar de señalar con el dedo, de abandonar el confort que brinda la nostalgia y el rechazo al oponente

En todo caso, a 6.000 km de distancia, se ve con bastante claridad que, comparado con otros países, la división actual está dificultando afrontar nuestros problemas adecuadamente. Creo que, sin menoscabo a la libertad de cada uno, es momento de tender puentes entre diferentes realidades sociales, culturales y políticas. Es momento de encontrar consensos. Frente a la crispación y la división, yo diría que es hora de dejar de señalar con el dedo, de abandonar el confort que brinda la nostalgia y el rechazo al oponente, de entender que en realidad es más fuerte y sirve mejor a su pueblo quien sabe decir sí.

Hay que entender que el mundo sigue cambiando, y que no hay, en verdad, tanto por lo que enfrentarse, y sí mucho en común. Que nos jugamos mucho y que hay urgencia por acordar y hacer. Es momento de esforzarnos más y de pedir menos, de ser más flexibles y generosos. Más valientes. Hay que ponerse más en el papel del oponente para encontrar soluciones. Es momento de ser menos dogmáticos e intransigentes —ellos y, ojo, también nosotros, seamos quienes seamos—. Entendamos que no es justo gastarnos ahora el dinero que esperemos que ganen de nuestros hijos y nietos, sin hacer siquiera un esfuerzo por compensarlos de alguna forma.

Hagamos que la España tolerante y moderna se imponga a la división permanente. Es momento de dar una respuesta consensuada a los retos planteados. Si no lo hacemos, perderemos tiempo, limitaremos la recuperación y seguiremos dando vida a viejos clichés que nos hacen daño como sociedad y nos alejan de nuestro potencial.

* Carlos Gascó. Economista.

Tribuna
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