El 'gobierno de los mejores'

Lo que resulta innegable es que la política ha dejado de ser atrayente para los mejor preparados que, con carácter general se han albergado en el sector privado o en puestos técnicos

Foto: Vista del hemiciclo vacío desde la mesa de la presidenta del Congreso. (EFE)
Vista del hemiciclo vacío desde la mesa de la presidenta del Congreso. (EFE)

Los primeros estudiosos de la política, los filósofos clásicos, pusieron el acento en el ‘gobierno de los mejores’. Platón y Aristóteles propugnaban por un gobierno de aristócratas -entendiendo por aristocracia, los mejor preparados- elegidos por el 'demos', el pueblo.

Dando un salto en el tiempo, las democracias de los siglos XIX y XX se enfocaron en la idea de la representación y pusieron todo su empeño en el resultado final de un gobierno elegido por el pueblo. Ahora bien, de manera automática y natural, en estos sistemas democráticos estaba presente que quienes conformaban la política eran las personas con mejores aptitudes para su desempeño. Sin embargo, en las últimas décadas, por multitud de factores, se ha descuidado esta premisa, con los indeseables resultados que, de manera generalizada, se están produciendo en muchos países y, particularmente, con un palmario deterioro de sus instituciones.

Nadie pone en duda cuando uno está enfermo que es el especialista en medicina el que debe atenderle o que la educación de nuestros hijos la ponemos solo en manos de las personas que se han formado para esa misión o que el director de una orquesta debe ser alguien docto e instruido en música. Siendo ello así, la pregunta natural que podría surgir espontáneamente es por qué razones un político que gestiona nuestros intereses no tiene ninguna obligación de acreditar conocimiento alguno o por qué una autoridad con competencias en un determinado ramo -sanidad, educación, energía, economía, transporte o medio ambiente- no se le exige la más mínima cualificación o formación para desempeñar su puesto.

"Estas y otras muchas causas han jugado un papel muy relevante en el desprestigio de la política y en su desafección hacia los mejor formados"

Es cierto que la cuestión es menos simple de lo que, a priori, podría parecer. La política es algo más que un compendio de conocimientos y especialidades. La ejemplaridad, el esfuerzo, la predisposición al diálogo, la búsqueda del bien común o la capacidad de entender y gestionar la complejidad de los intereses de los ciudadanos son algunas otras cualidades que debemos exigir como sociedad a nuestros políticos.

Pero, lo que resulta innegable es que la política ha dejado de ser atrayente para los mejor preparados que, con carácter general -no quisiera que se entendiera como categoría absoluta- se han albergado en el sector privado o en puestos técnicos de la Administración y han renunciado a dar un paso al frente en la acción política.

En definitiva, la política exige inteligencia, exige sabiduría, exige conocer sobre aquello que se está gestionando

Los motivos que dan lugar a esta conclusión podrían ser objeto de más de una tesis doctoral. Causas externas como la mercantilización de la sociedad que ha configurado un sector privado que ofrece un más atractivo poder adquisitivo; o causas más internas como los abusos de poder o los efectos perversos de las redes que propician la crítica y la censura lapidaria con permanentes brotes de movimientos populares, en lugar de favorecer el consenso y el entendimiento. Estas y otras muchas causas han jugado un papel muy relevante en el desprestigio de la política y en su desafección hacia los mejor formados.

Es necesario rescatar a los buenos líderes, a los mejor preparados, porque la altura intelectual puesta al servicio de la sociedad en las distintas posiciones ideológicas permitiría un mayor acercamiento y una más eficaz y provechosa gestión de los intereses de los ciudadanos.

No es fácil determinar quién decide quiénes son los mejor formados para este cometido en un sistema democrático donde esa carga recae en el pueblo. Todos tenemos nuestra cuota de responsabilidad en esta tarea y, muy especialmente, las organizaciones y partidos políticos en cuanto estructura natural de selección de personal con acceso a los puestos de gestión de la Administración.

En definitiva, la política exige inteligencia, exige sabiduría, exige conocer sobre aquello que se está gestionando. Terminando como empecé con los clásicos, en la guerra de Troya, los griegos emplearon toda su fuerza durante varios años, pero solo vencieron cuando se impuso la habilidad y la inteligencia: la construcción de un gran artilugio con forma de caballo y repleto de guerreros que permitió sagazmente introducirse dentro de las murallas de Troya y consolidar la ansiada conquista de la ciudad.

*Jesús Avezuela Cárcel. Director General de la Fundación Pablo VI.

Tribuna
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