Buenos tiempos para el corporativismo
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Buenos tiempos para el corporativismo

Cuando se ha clasificado a Iris Simón de falangista, mucha gente entiende algo así como que tiene una agenda totalitaria a aplicar con violencia política. Un chiste poco creíble

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La escritora Ana Iris Simón. (EFE)

Una sociedad necesita de la adecuada integración entre sus partes. Médicas, profesores, barrenderas, albañiles, empresarias, auxiliares de enfermería… desde cada ocupación se realiza una tarea vital, necesaria para que cada día el orden social se mantenga, y pueda florecer el bienestar común y la libertad. El Estado debe fomentar la solidaridad orgánica entre las distintas ocupaciones, pues vela por el bien común. Está bien que los empresarios tengan beneficios, pero no a costa de la vida de sus trabajadores. Por eso es necesaria la concertación social, pues empresarios y sindicatos en última instancia comparten sus fines, que la economía progrese. El poder del Estado debe estar más descentralizado, en manos de los municipios, la parte del Estado más cercana a la ciudadanía y, por tanto, más permeable a articular sus intereses en pro del interés general. La tierra debe ser redistribuida para acabar con los latifundios, así como con los minifundios insostenibles, y se debe apoyar el desarrollo del mundo rural. La banca puede ser nacionalizada en pro del interés general, y la usura debe estar prohibida. España debe recuperar su autonomía frente a instancias extranjeras, y el separatismo es un grave problema. Para que la solidaridad orgánica pueda desarrollarse, es importante que seamos respetuosos con nuestras tradiciones, para que no se desgarre nuestra identidad colectiva.

Si le ha gustado el párrafo anterior, posiblemente le haya gustado también el discurso que dio la joven escritora Ana Iris Simón ante Pedro Sánchez. Es un modelo de sociedad, que, independientemente de lo que nos guste, es alternativo tanto al modelo neoliberal, de que todo hay que dejarlo al albur del mercado, como del internacionalismo, ya sea de la izquierda ilustrada o posmoderna. Ni liberal, ni socialista. Es un discurso falangista. Si lo duda, puede consultar el programa de Falange y de las JONS. Pero cuando pensamos en Falange, no pensamos en su programa de revolución social anticapitalista, sino en que este programa se puede imponer mediante "la dialéctica de las pistolas y los puños", y en cómo la iconografía falangista fue apropiada por Franco, para asentar una legitimidad sin votos y sin tradición (la monarquía quedó en suspenso). Falange ha pasado a nuestra historia por su vínculo con la Guerra Civil y el terror represivo, cayendo en el olvido sus propuestas económicas.

Falange ha pasado a nuestra historia por su vínculo con la Guerra Civil y el terror represivo, cayendo en el olvido sus propuestas económicas

Por eso, cuando nos referimos a alguien como falangista, no se activa el marco del modelo social, sino el del terror. Cuando se ha clasificado a Iris Simón de falangista, mucha gente entiende algo así como que tiene una agenda totalitaria a aplicar mediante violencia política. Un chiste que, como se ha visto en las elecciones madrileñas, no solo es poco creíble, sino que tiene un efecto 'boomerang'. El fascismo como insulto es acusar al otro de totalitario y violento. Pero el fascismo es algo más que eso. Y ahora, hay gente por ahí evitando que arrojemos al bebé con el agua sucia de la bañera: los rojipardos.

Para entender el fenómeno debemos fijarnos en el modelo de sociedad y olvidarnos de los medios para alcanzarlo (la violencia política). Debemos abstraernos de la contingencia de la historia. El historicismo nos puede llevar al absurdo de afirmar que nazismo, fascismo y falangismo son hechos históricos únicos, no comparables. Pero son formas nacionales de un fenómeno más abstracto. Ante un liberalismo de poco Estado y el peligro de la revolución comunista internacional, se desarrolló un tercer modelo de sociedad, el modelo corporativo. En este modelo, la articulación social no se hace ni mediante el mercado ni mediante transformaciones que trastoquen el orden social, acabando con una de sus partes, los capitalistas. Se hace mediante un Estado fuerte, que sea capaz de desactivar el conflicto social, reconociendo en su seno los intereses legítimos de las sus diferentes partes. Si para el liberalismo el conflicto solo cabe dirimirse en el mercado, y para el comunismo solo se debe a la propiedad privada de los medios de producción, para el corporativismo, el conflicto no es inherente al orden social. Y es el Estado el que vela por el bien común. Esto requiere de una integración social fuerte, que se consigue con un nacionalismo exaltado, bajo el que aplacar los intereses disgregadores, y organizaciones de intermediación de intereses.

A este modelo de sociedad se puede llegar por diferentes vías. Recomiendo emplear el fascismo solo cuando el modelo social viene acompañado de la vía violenta y añade totalitarismo político al corporativismo económico. Dicho de otra forma, condiciones necesarias para que haya fascismo son la violencia y el "iliberalismo". Y la violencia no es insultar a alguien, aunque eso suela ser un precedente. La violencia consiste en pegar palizas y asesinar. Violencia física. Llamar a alguien fascista antes de que haya causado violencia física, es blanquear el fascismo. Es agrandar la etiqueta hasta el punto absurdo que estamos viviendo, que si alguien no está de acuerdo con mi alma de ser de luz, es fascista. Desvirtuar así las palabras es inoperante políticamente. Por otra parte, el uso de la violencia política no convierte a un proyecto en fascista, como saben los amantes de la revolución. El fascismo combina violencia en los medios con corporativismo y totalitarismo en el resultado.

El uso de la violencia política no convierte a un proyecto en fascista, como saben los amantes de la revolución

Al modelo de sociedad corporativa se puede llegar por otras vías. Por ejemplo, los gobiernos democristianos y socialdemócratas en Europa occidental desarrollaron este tipo de sociedad en la postguerra, mediante el Estado de Bienestar e impulsando acuerdos entre empresarios y sindicatos. Son modelos conocidos como "neocorporatistas", precisamente para no confundirlos con el corporativismo fascista. Son proyectos políticos a los que se llegó mediante las urnas, y que las urnas desplazaron por un orden más neoliberal, sin violencia política. El populismo es otra estrategia para llegar al modelo corporativista. Es el caso de la Argentina de Perón. Un modelo con gran apoyo en los sectores populares, a diferencia de lo sucedido con Falange. Si Perón integró a los sectores populares en su modelo corporativista, Franco se dedicó a reprimirlos, convirtiendo a España en Gilead (El cuento de la criada). Esta dualidad se puede apreciar en el apoyo de Perón a la Dictadura en el contexto en que era una "apestada" internacional, junto con la visita de Eva Perón, dando un discurso ante Franco y trescientas mil personas. En ese discurso habló desde los "descamisados argentinos" a los "obreros españoles", y de "solidaridad de los humildes ante los poderosos". Mientras apoyaba a la Dictadura en público, hizo gestiones exitosas para que se conmutase la pena de muerte a la comunista Juana Doña, y señaló a Carmen Polo que el marido de una llegó al poder mediante las urnas y el de la otra mediante una guerra.

Somos capaces de distinguir el comunismo de los proyectos sanguinarios realizados en su nombre. O estamos de acuerdo en que Margaret Thatcher y Pinochet son neoliberales, pero que una llegó al poder mediante las urnas y el otro mediante un golpe de Estado sanguinario. Es decir, podemos separar el proyecto político de los medios para alcanzarlo. El modelo corporativo puede tener una vía electoral y una vía violenta. Llamar a ambas vías de las misma forma, con las connotaciones que tiene, bloquea la capacidad de comprensión de lo que está pasando.

La deriva del nacionalismo en cada uno de los modelos corporativos habla mucho de cómo un concepto en abstracto se desarrolla de forma contradictoria históricamente. El nacionalismo fascista es imperialista. En el caso de Alemania, hacia Europa del Este, en Italia, hacia el Norte de África, y el de España, es de pretensiones simbólicas, reivindicando el liderazgo "natural" de América Latina. En el caso de Europa occidental, tras el trauma de las guerras mundiales y la realidad de la Guerra Fría, el nacionalismo se vuelve internacionalista, en una aparente contradicción. Podemos hablar de nacionalismo en tanto que se entra en un proceso de proyectarse al futuro como nación de (unas pocas) naciones. Un proceso puesto en cuestión cuando cayó el Muro de Berlín y, por tanto, una de las fuerzas que empujaba a esa unión nacional. En el caso del peronismo, y de forma antagonista a los fascismos europeos, el eje nacional implica antiimperialismo, es decir, liderar un polo de oposición en América Latina a la intromisión de EEUU en la región.

Podemos hablar de nacionalismo en tanto que se entra en un proceso de proyectarse al futuro como nación de (unas pocas) naciones

El nacionalismo trae aparejada otra cuestión: el control de las fronteras. Apostar por restricciones a la inmigración no es una política exclusivamente fascista, también la defienden liberales sin sospecha, como John Rawls. No es viable que las fronteras desaparezcan sin más, debido a que los flujos de población dislocarían tanto las sociedades de emisión como las de recepción. Un control férreo de las fronteras en el actual contexto internacional no puede ser considerado una política progresista, pero tampoco es una política fascista. Es asumir que un Estado es responsable de su propia ciudadanía, no de la de otros países.

Pero debemos distinguir el control de fronteras, como política conservadora, del odio y persecución a las minorías, que sí es una política fascista. Por eso, también estamos blanqueando el fascismo si así etiquetamos a quienes promueven un mayor control de los flujos de población. Debemos guardar la etiqueta para quienes promueven el odio contra las minorías marginadas en exclusión social.

Como vemos, el corporativismo como forma de organizar la sociedad puede llevar a realidades históricas muy diferentes. El fascismo es el corporativismo en su forma del periodo de entreguerras, fracasada por la derrota de las potencias del Eje. Pero, como vemos, el corporativismo alcanzó el éxito pacíficamente, mediante las urnas y respetando derechos y libertades fundamentales en otros contextos históricos.

El fascismo es el corporativismo en su forma del periodo de entreguerras, fracasada por la derrota de las potencias del Eje

Actualmente, no hay bandas organizadas de uniformados en la noche dando palizas y asesinando de forma sistemática a sus rivales políticos, con el apoyo descarado de un partido político que conspira para dar un golpe de Estado. Eso son métodos fascistas. Lo que está pasando es que hay gente que no ve futuro para su vida en el proyecto neoliberal, y tampoco cree en lo que le ofrece una izquierda cosmopolita, defensora de identidades fragmentadas y ensimismadas en su narcisismo victimista. Es darle alas al fascismo llamar fascistas a los rojipardos. A muchas personas el primer párrafo de este texto les suena como un proyecto político aceptable; llamándoles fascistas perdemos la posibilidad de sentarnos a hablar con ellas. El problema no es si promueven un modelo que no encaja ni en el orden neoliberal o en el multicultural progresista. El problema es si su modelo de sociedad lo quieren alcanzar por la violencia o por las urnas. Y si, después de implantarlo, respetarán las instituciones liberales (derechos políticos, prensa libre, separación de poderes...) o será totalitario. Guardemos la etiqueta fascista para violentos totalitarios, iliberales. Así podremos conversar tranquilamente con la gente joven que no está a gusto con los platos que hay en el menú: neoliberalismo y conservadurismo o redistribución y relativismo moral. Quieren un tercer plato, redistribución y conservadurismo. El corporativismo, libre de violencia, totalitarismo y odio, es legítimo. Gracias por ampliar la conversación, Ana Iris Simón.

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