Cataluña: cuando derrotar no es vencer
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Manuel Cruz

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Cataluña: cuando derrotar no es vencer

Teniendo en cuenta que el nuestro es un Estado autonómico, ¿y si nuestro horizonte debiera ser el de que el constitucionalismo por entero deviniera un constitucionalismo federalista?

Foto: Pedro Sánchez junto a Pere Aragonès. (Reuters/Nacho Doce).
Pedro Sánchez junto a Pere Aragonès. (Reuters/Nacho Doce).

La perspectiva de casi una década desde que Artur Mas convocara en 2012 aquellas elecciones autonómicas anticipadas con las que daba el pistoletazo de salida al 'procés' empieza a proporcionarnos suficiente material como para esbozar algunos balances, por más provisionales que estos siempre deban ser.

Una primera conclusión cabe destacar, con poco margen para el error: la idea de la independencia, celebrada en un primer momento por sus promotores como ariete eficacísimo para sembrar la discordia y la división en todas las fuerzas políticas que se oponían a ella (con la temprana fuga hacia ERC por parte de socialistas entonces etiquetados de díscolos, o la ruina definitiva de la siempre equívoca y sobrevalorada Unió Democràtica de Catalunya de Duran Lleida como episodios más destacados), ha terminado sembrando la discordia y la división también entre quienes la alentaban, que ahora ven cómo el objetivo presuntamente compartido de la secesión no solo no constituye cemento suficiente como para reparar las grietas que no dejan de surgir en su propio bloque, antaño de apariencia tan sólida, sino que representa el motivo fundamental de que se cuartee. Valga como botón de muestra la generalización del reproche de traidor hacia cualquiera que, a pesar de estar a favor de la secesión, muestre la menor discrepancia con la concreta deriva seguida por el 'procés' en los últimos tiempos. Les convendría a esos mismos independentistas, antaño tan ufanos, empezar a plantearse hasta qué punto lo que ellos gustaban de interpretar en términos de la última utopía disponible no era en realidad más que una idea profundamente tóxica, por divisiva, tal y como la propia evolución de los acontecimientos se ha encargado de revelar.

Viendo, en efecto, el curso que han seguido las cosas, no habría que descartar que el único saldo que terminara dejando el 'procés' no fuera de carácter material, sino exclusivamente ideológico: habría proporcionado, de acuerdo con esta hipótesis, un relato épico a esos sectores de la sociedad catalana que nunca pudieron sumarse, de pleno derecho, a la épica antifranquista. Probablemente, por eso, ahora insisten tanto en su disparatado planteamiento de identificar nuestra democracia con el régimen turco, presentándose a sí mismos como los más legítimos herederos de la lucha contra la dictadura. Probablemente, también se explique así su insistencia actual en unas consignas, como la de la amnistía y el fin de la supuesta represión, que intentan evocar de manera subliminal el lenguaje de la Transición (ya saben: “Llibertat, Amnistía, Estatut d´Autonomía”).

Foto: El diputado de la CUP Xavier Pellicer. (EFE/Andreu Dalmau)

Y, desde luego, con esto mismo parece estar relacionado el sobrevenido entusiasmo con el que se han sumado a la reciente iniciativa de Podemos de reinterpretar la Ley de Amnistía de 1977 como si hubiera sido una añagaza de los represores franquistas para irse de rositas y como si la política de reconciliación nacional promovida por el PCE desde 1956 nunca hubiera existido. Con otras palabras y por resumir esta actitud: de pensarse en términos de la última utopía disponible, el independentismo habría pasado a conformarse con verse como la última épica disponible, máxime después de constatar que, desde el punto de vista de la política práctica, ni capaz es de sacar adelante unos presupuestos exclusivamente con los suyos.

Pero 'disponible' no es sinónimo de 'creíble', ni siquiera si hablamos de épica. Y, aunque en tiempos de 'fake news' nada debería sorprendernos, afortunadamente la realidad se muestra tozuda y no acepta dejarse moldear sin ofrecer alguna resistencia. Así, por no remontarnos a generaciones anteriores (declaraba recientemente Nicolás Sartorius que en los seis años que pasó en la cárcel durante el franquismo nunca coincidió allí con ningún separatista), podríamos referirnos al antes mencionado impulsor de todo el 'procés', el expresident Artur Mas. Pues bien, reconstruyendo su trayectoria, él mismo relataba en una entrevista concedida a la revista 'L´Avenç' en 2014 que en su época de estudiante universitario a mediados de los 70 iba muy poco por la facultad porque le generaba una enorme incomodidad que en ella se hiciera tanta política. Teniendo en cuenta que la única política que entonces se hacía en las aulas la llevaban a cabo los antifranquistas, el planteamiento de Mas resultaba revelador (probablemente a su pesar). Era, en efecto, el argumento que sistemáticamente utilizaban los estudiantes de derechas que se resistían a reconocer su condición de tales, como por lo demás cualquiera que pisara la universidad en aquellos mismos años podrá corroborar.

De ahí nuestra afirmación anterior. El relato del 'procés' en clave antifranquista pretende una épica con un doble destinatario. De un lado, aquellos que, “cansados de vivir bien”, por decirlo con las palabras del título del libro de Albert Soler que apuntan a que el respaldo mayoritario al independentismo se encuentra en los sectores más acomodados de la sociedad catalana, lo único que conocen del franquismo es lo que les han contado sus mayores, porque, por edad, no les dio tiempo a vivirlo. Y algunos de sus mayores —concretamente, los que han ocupado posiciones de poder educativo, cultural y mediático durante los últimos años— les han contado que la dictadura franquista fue el momento de máxima intensificación del secular ataque de España contra Cataluña. De otro lado, se encontrarían quienes, justamente porque sí vivieron aquella etapa y no tienen demasiados motivos objetivos para sacar pecho, parecen andar ansiosos por reescribir la historia y ocupar en el relato el lugar que nunca ocuparon en la realidad.

Reivindicar la condición de protagonistas del episodio más eminente de un historial de derrotas constituye un consuelo otoñal

Está por ver si ambos destinatarios harán suya esta épica con idéntico entusiasmo. No termina de quedar claro, desde luego. Porque no da la sensación de que las nuevas generaciones estén por esa labor, al menos si atendemos a lo que nos vienen indicando las encuestas. Nada más fácil que entender semejante actitud. Y es que, a poco que se piense, reivindicar la condición de protagonistas del episodio más eminente, tras 1714, de un historial de derrotas constituye un consuelo decididamente otoñal.

En todo caso, haría mal el constitucionalismo en celebrar esta última derrota como una victoria suya. Al independentismo lo derrotaron algunos poderes económicos (fundamentalmente, los bancos y las empresas que se marcharon de Cataluña en 2017) y algunos poderes del Estado (con su jefatura a la cabeza), pero no la política propiamente dicha, que sufrió con aquel un fracaso más de los muchos que lleva acumulados en los últimos tiempos. De la no-victoria política del constitucionalismo, este debería extraer sus propias lecciones, como le urge al independentismo hacerlo de su derrota. Sin embargo, ni uno ni otro parecen estar por la labor, sino por los ambiguos gestos, que ofrecen luego a la ciudadanía para que esta los interprete a su antojo, cual si de un oráculo se tratara.

Una alternativa al independentismo

Así, el escándalo simétrico a las mentiras del 'procés' es el clamoroso silencio que durante todo este tiempo ha mantenido la derecha de este país acerca de cuál es su propuesta para intentar encauzar el conflicto político en Cataluña. Porque hay que plantearse, con toda la rotundidad que haga falta, la pregunta: ¿y si uno de los factores que más ha dificultado una solución a dicho conflicto hubiera sido precisamente el de que el constitucionalismo en su conjunto no ha sido capaz de ofrecer una alternativa al independentismo? No estamos ante una simetría casual porque, de la misma forma que los independentistas han encarnado uno de los principales males de la política actual, el de un ciego emotivismo que lo cifra todo en activar determinados registros relacionados con la sentimentalidad (la reactivación en los últimos días de la cuestión de la lengua constituye una buena prueba de ello), la impotencia para alcanzar acuerdos con los que enfrentarse a él resulta expresiva de la miopía táctica que parece afectar a la práctica totalidad de nuestros políticos.

En efecto, las consecuencias a las que nos ha llevado el tacticismo y el no ser capaces de integrar en el análisis otra cosa que no fuera el corto plazo (esto es, las próximas elecciones cuando no los próximos presupuestos) a la vista están a dónde nos han traído: a una situación en la que el triunfo de la alternativa ya no equivale a la expectativa de una posible solución, sino a la de la repetición de los errores bajo el signo inverso. Por eso, de lo que se trata ahora es de intentar sacar a la política del callejón sin salida en el que el empecinamiento de unos y de otros la ha colocado. Algunos dirán, con parte de razón, que, si este es el problema, la solución pasa por poner las luces largas y levantar la mirada por encima de lo inmediato. Pero todavía con esto no basta, porque no basta con incluir en el análisis un mayor número de elementos de la realidad si no se incluyen también los valores que tutelen dicho análisis. Lo que es como decir: no basta con sacar a la política del chapoteo ruidoso en que algunos la han convertido.

Hay que ir más allá, en consecuencia, de la mera reivindicación del consenso en los asuntos de especial trascendencia que a todos nos afectan: hay que reivindicar la dignidad de la política y, si las grandes formaciones no hacen suyo de verdad y hasta sus últimas consecuencias este principio, la cosa no va a tener remedio. Quienes en los últimos años hemos defendido en la plaza pública el federalismo como la mejor forma de organizar nuestra vida en común hemos intentado hacerlo desde esta perspectiva. El federalismo para muchos de nosotros está lejos de ser una opción partidista. Y no se afirma esto por el hecho obvio de que sin un gran acuerdo entre las grandes formaciones políticas nunca podrá haber en este país la reforma constitucional que se necesita con urgencia. No es una cuestión de cálculo. Es cuestión de creerse de verdad —como de verdad se creyeron la democracia en la Transición las diversas fuerzas políticas, provenientes de culturas no siempre por completo democráticas— los valores que sustentan no ya la política, sino el hecho mismo de vivir juntos.

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (EFE)

Todo lo anterior no son, aunque a más de uno se lo pueda parecer a primera vista, elucubraciones abstractas, cavilaciones casi metafísicas de alguien que carece del principio de realidad necesario para funcionar en política. Por el contrario, está escrito sin dejar de mirar de reojo ni por un instante mi realidad más inmediata, la realidad de Cataluña. Abandonar el tacticismo y el sectarismo implica en este caso abandonar, por parte de todas las formaciones, la pretensión de hegemonizar el constitucionalismo. Que sepamos, solo hay una propuesta de fondo encima de la mesa para dar salida al (mal) llamado problema catalán, la de federalizar el Estado. Pues bien, nadie debería reclamar el monopolio sobre dicha propuesta. Es evidente que se puede ser de izquierdas siendo radicalmente jacobino (que se lo pregunten, si no, a nuestros vecinos del otro lado de los Pirineos), de la misma manera que se puede asumir un planteamiento federalista desde posiciones conservadoras (como el caso de Alemania, por no ir más lejos, acredita fehacientemente). Pero, teniendo en cuenta que el nuestro es un Estado autonómico, tal vez la pregunta que nos corresponde encarar solo puede ser esta: ¿y si nuestro horizonte debiera ser el de que el constitucionalismo por entero deviniera de manera decidida un constitucionalismo federalista?

Todo esto, insistimos, se plantea en nombre de determinados valores, empezando por los que se sostuvieron durante la Transición, cuando se primó el horizonte de la concordia entre españoles sobre cualquier otro, pero sin acabar ahí. Pero tan importantes (o más: por fundantes, por constituyentes de nuestro tiempo) son aquellos otros con los que los revolucionarios franceses pretendieron sentar las bases del mundo moderno, con la fraternidad en un lugar muy destacado. Porque es con ella con la que tiene que ver el federalismo. O, por decirlo en una forma por la que confieso una especial debilidad: el federalismo representa la forma política de la fraternidad.

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