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El discurso binario de democracias vs. autocracias no le conviene a Europa
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Miguel Otero

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El discurso binario de democracias vs. autocracias no le conviene a Europa

Pocos líderes y diplomáticos del sur global comparten esta visión binaria de democracias vs. autocracias (porque muchos no son democracias)

Foto: El presidente de EEUU, Joe Biden, y la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. (Reuters/Evelyn Hockstein)
El presidente de EEUU, Joe Biden, y la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. (Reuters/Evelyn Hockstein)

Es recurrente leer estos días que la invasión rusa de Ucrania es la mayor afrenta al orden liberal internacional. Muchos analistas incluso consideran que esta guerra supone un antes y un después en las relaciones internacionales. En parte esto es verdad. Por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, una gran potencia usa la fuerza bruta, es decir, toda su maquinaria bélica, para arrebatarle a su vecino, más pequeño y débil, una parte de su territorio. También es verdad que nunca hemos estado tan cerca de un posible conflicto nuclear desde la crisis de los misiles de Cuba en 1962, es decir, hace 60 años. Por lo tanto, sí que estamos ante un momento histórico de enorme transcendencia cuyos efectos a medio y largo plazo todavía están por dirimirse.

Pero esta guerra en Ucrania también se puede ver como una continuación de una tendencia estructural. El orden liberal internacional se viene desmoronando desde hace 20 años. En el plano económico, el inicio de este derrumbe se podría situar en 2001, cuando el "maestro" Alan Greenspan, gobernador de la Fed y gran defensor del 'laissez faire', bajó los tipos de interés al 1%, interviniendo así masivamente, con la mano pública, en los engranajes del mercado, matando el proyecto neoliberal en su concepción más pura. Desde el punto de vista político, en 2003 se produjo el desastre de la Guerra de Irak (contraviniendo el derecho internacional y con una contestación pública sin precedentes, con millones en las calles de Madrid, Londres y Roma) y los escándalos de Abu Ghraib y Guantánamo. Y esto solo fue el inicio.

El orden liberal internacional se viene desmoronando desde hace 20 años

Después vino la crisis financiera global de 2008, que desacreditó el capitalismo de las potencias occidentales, y sus centros más emblemáticos (Wall Street y la City de Londres); y la crisis del euro, que demostró que una moneda con un mercado, pero sin unión política para sustentarla, es un oxímoron. En ese periodo murió también la Ronda de Doha de la Organización Mundial de Comercio, que ya venía moribunda, y consagró la idea de que EEUU y Europa, y sus aliados en la OCDE como Japón y Corea, ya no eran capaces de imponer su agenda liberal. Nuevas potencias emergentes como China, la India y Brasil se oponían a la liberalización de los servicios si las potencias occidentales no eliminaban los subsidios a sus agricultores y, como estas no querían hacerlo, el multilateralismo comercial, y su agenda liberal, se estancó a nivel global (aunque sí que hubo avances a nivel regional).

Uno de estos avances iba a ser el acuerdo de libre comercio entre EEUU y la Unión Europea, pero el cabreo con el libre comercio en Europa y EEUU era ya mayúsculo, y al final entre Brexit y Trump todo se vino abajo. Es más, Trump empezó una política proteccionista y unilateralista de confrontación abierta con China (y en parte contra la UE), que ya antes de la llegada del covid hizo que el mundo en el que vivíamos no era ni muy ordenado, ni liberal, ni muy internacional, porque ya se estaba hablando de una nueva guerra fría entre EEUU y China. Visto así, la invasión de Rusia de Ucrania es otro capítulo más en esta tendencia estructural de desmoronamiento del orden internacional. Un derrumbe que es producto del declive estructural de EEUU como potencia hegemónica.

El coste de las guerras de Irak y Afganistán ha hecho que la mayoría de los americanos estén en contra de intervenir militarmente en otras partes del mundo y eso ha hecho que Rusia y China hayan visto la oportunidad de aumentar sus áreas de influencia en sus respectivas regiones. La guerra de Ucrania es, por lo tanto, consecuencia del afán imperialista de Putin, que no puede aceptar que Ucrania caiga bajo la órbita de influencia de la Unión Europea y EEUU, pero también del fracaso de EEUU (y la OTAN en su conjunto) de disuadir el ataque ruso. Es más, en retrospectiva, que Biden declarase abiertamente que EEUU no iba a mandar tropas para defender a Ucrania pudo ser interpretado por Putin como una muestra de debilidad que lo animó a ordenar la invasión. Quizás incluso pensó que las sanciones económicas por parte de EEUU y la Unión Europea eran un farol, lo que no ha sido el caso.

Foto: El presidente de EEUU, Joe Biden. (EFE/Pool/Alex Brandon)

Las sanciones han sido contundentes, no cabe duda, pero también han confirmado que ese orden liberal internacional (si alguna vez ha existido de verdad) se ha quedado en la Historia. Desde la Casa Blanca, y algunas capitales europeas, se insiste en que esta guerra demuestra que estamos ante una competencia, o incluso ante un conflicto, entre las democracias, por un lado, y las autocracias, por otro. Se habla también de la batalla entre el bloque de Occidente y el bloque conformado por Rusia y China porque esta última le ofrece cuanto menos apoyo moral a Putin. Pero este discurso binario es falso y contraproducente. En primer lugar, más que Occidente, se podría hablar de una alianza "trans". Transatlántica porque esta guerra ha unido de nuevo a EEUU y la UE, pero también transpacífica, porque Japón y Corea del Sur, y Australia y Nueva Zelanda, también han aplicado sanciones a Rusia. No es solo Occidente.

Pero también hay otro bloque, otra gran parte del mundo, que no se ha posicionado frente a este conflicto, y que rechaza el discurso binario de democracias vs. autocracias. Aquí se encuentran todos los países de América Latina, África y Asia, incluidas potencias que están en el G-20 como Brasil, Sudáfrica e Indonesia, que, en estos momentos, por razones muy variadas, no ven necesario posicionarse claramente en este conflicto, y prefieren tomar una postura de no-alineados. Rusia, queramos o no, sigue siendo una gran potencia en el mundo. Muchos diplomáticos de estos países, además, denuncian la doble vara de medir y la hipocresía de las potencias occidentales. Cuando EEUU invadió a Irak ilegalmente no se sancionó a este país, cuando la guerra en Siria generó millones de refugiados, Europa no abrió sus manos como lo está haciendo con los ucranianos. EEUU y la UE denuncian constantemente los abusos de los derechos humanos de China en Xinjiang y Tibet, pero no tienen problemas en hacer negocios con los países del Golfo, que son monarquías absolutistas represivas.

Además, desde muchas capitales del "Sur Global" se piensa que las sanciones a Rusia son las que están empujando hacia arriba los precios del trigo y el maíz y muchas otras materias primas y eso les está creando problemas internos. Esto, lógicamente, es solo una verdad a medias. La subida de los precios del trigo se debe sobre todo a que Rusia ha invadido a Ucrania y no le deja exportar sus materias primas. Pero ahora mismo, en la conversación global, Occidente es visto como el que "impone sanciones" y que recrimina a otros por no ponerlas (aunque realmente lo que se pide es que no se ayude a Putin). En estas tensiones diplomáticas hay también un cierto trasfondo de anticolonialismo y 'schadenfreude'. La sensación en la parte del sur global es que esta es otra guerra europea y que tienen que ser los europeos, con la ayuda de sus socios americanos, los que tienen que resolverla, y cuanto antes lo hagan mejor.

Hay otro bloque que no se ha posicionado frente a este conflicto, y que rechaza el discurso binario de democracias vs. autocracias

En este contexto, pocos líderes y diplomáticos del sur global comparten esta visión binaria de democracias vs. autocracias (porque muchos no son democracias) y en consecuencia se van a seguir desmarcando de este marco discursivo. La mayoría, además, quiere tener buenas relaciones con EEUU y China, y ve negativo para sus intereses una escalada de la tensión entre las dos (aunque la rivalidad geopolítica entre ellas les asegura jugar a las dos bandas). Su actitud es mucho más pragmática que ideológica. Frente a ello, la UE tiene que ser inteligente. Comprar la visión binaria de la Administración Biden puede ser un error (y eso en París lo tienen bastante claro). La UE tiene que defender sus valores e intereses, pero no con una agenda negativa (de reprochar a otros sus acciones) ni mucho menos aferrándose a un orden liberal internacional trasnochado. Si hace eso, corre el peligro de que el resto del mundo la vea como desesperada por mantener el 'statu quo'.

La agenda tiene que ser mucho más positiva y propositiva. La Misión por la Resiliencia Alimentaria y Agrícola (FARM, por sus siglas en inglés) es un buen comienzo, pero hay que aterrizarla más. En general, se necesita una nueva agenda para el mundo globalizado en el que vivimos, pero esa agenda necesita basarse en recetas nuevas y acordes con el nuevo Zeitgeist, y para eso no se puedo imponer el modelo propio sobre otros cuando ese modelo está altamente cuestionado en nuestras propias sociedades. Primero hay que mejorar la situación en nuestros propios países y después ser capaces de crear un multilateralismo liberal, pero también más social (eso es lo que piden nuestras sociedades) y más verde (la humanidad depende de ello) que no esté basado en el "nosotros contra ellos" porque lo más probable es que eso cree más enfrentamiento y menos entendimiento. Justo lo que hay que evitar.

Es recurrente leer estos días que la invasión rusa de Ucrania es la mayor afrenta al orden liberal internacional. Muchos analistas incluso consideran que esta guerra supone un antes y un después en las relaciones internacionales. En parte esto es verdad. Por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, una gran potencia usa la fuerza bruta, es decir, toda su maquinaria bélica, para arrebatarle a su vecino, más pequeño y débil, una parte de su territorio. También es verdad que nunca hemos estado tan cerca de un posible conflicto nuclear desde la crisis de los misiles de Cuba en 1962, es decir, hace 60 años. Por lo tanto, sí que estamos ante un momento histórico de enorme transcendencia cuyos efectos a medio y largo plazo todavía están por dirimirse.

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