Me aterra el cambio climático tanto como el posado de los políticos ante la España que arde y el automatismo opinativo en torno a las hogueras que asolan la península, convertidas de pronto en otra prueba irrefutable de la unidad de España, dentro de su diversidad arbórea y paisajística. Con este ritual en torno al fuego, de inspiración mágica más que operativa, está garantizado que la España democrática va a seguir ardiendo por los cuatro costados, y que estamos dejando en nada las pavesas de la Inquisición.
Esto es muy sencillo: más calor hace en el Sáhara, pero el Sáhara no arde. No son, por tanto, las altas temperaturas las que explican sin más lo que nos está pasando, sino la acumulación gigantesca de material de combustión en la España vaciada, a lo largo de 70 años de abandono del mundo rural. Tan verdad es el empuje urbano desaforado, como que España es hoy una monumental pira de leña, a la espera de una tormenta seca o de un hijo de perra para que el país arda por los cuatro costados. Pero no dejemos que el humo nos nuble la vista.
A. LópezAgenciasB. F.Infografía: R.Márquez y L.RodríguezGráficos: Darío Ojeda
Sabemos que esto va a ir a peor y deberíamos ser conscientes de que estamos en el verano más fresco del resto de nuestras vidas, pero podríamos dejar de quemar carbón, gas y petróleo en todos sus derivados —ojalá que suceda cuanto antes— y España seguiría ardiendo con una virulencia desconocida, en tanto que los que dicen que gobiernan y la oposición, que también es responsable de lo que pasa, no entiendan que lo que hay que tirar a la hoguera, por manifiestamente inservible, es esa política forestal que solo consiste en apagar fuegos con patrullas temporales, sin gastar un duro en políticas de prevención durante el resto del año.
En el mundo rural sigue vigente la ley, caída en desuso porque la Administración sencillamente no sabe de ello, que sostiene que "los incendios del verano se apagan en invierno", como siempre se hizo mientras el destino del campo estuvo en manos de los hombres de campo y no de burócratas. ¿Cómo se puede legislar desde Valladolid, pongamos por caso, para una comunidad donde conviven los regadíos con las parameras, los viñedos con los brezales, los bosques atlánticos con los de perfil mediterráneo, todos cortados por un patrón dominantemente mesetario en una tierra rodeada de montañas por los cuatro costados?
A base de décadas de abandono de la ganadería y de la agricultura, por un lado, y de esta política forestal consistente exclusivamente en apagar fuegos de menor cuantía, ahora descubrimos con espanto que nos enfrentamos ya a fuegos indomables, los llamados, por los pocos especialistas que saben mucho de esto, fuegos de sexta generación, auténtico jinete del Apocalipsis de un siglo XXI que galopa a inmolarse ante el anticiclón de las Azores. Estudios recientes confirman que, bajo el efecto del cambio climático, el anticiclón de las Azores agranda sus dominios sobre el Atlántico norte durante las cuatro estaciones del año, cortando así el flujo de las lluvias que modelaron hasta tiempos recientes nuestro clima.
Incendio en San Andrés del Rabanedo (León). (EFE/J. Casares)
Si buscáramos un problema que expresara con rotundidad el fracaso de la política territorial de la España democrática, del que son responsables tanto el Gobierno central de turno como los gobiernos autonómicos, helo aquí: "Si el campo no vota, que se joda", parece que dijeran unos y otros. Ni los políticos sentados en capitales alejadas de sus predios electoralmente menguados ni el urboecologismo son capaces de entender que lo que sobra en España es madera. Y la madera que no se usa termina ardiendo, y a veces quema.
Se destruye el patrimonio natural por generaciones mientras condenamos a vivir en paisajes de horror a la poca gente que lucha heroicamente por hacer que el campo siga siendo un lugar habitable. Pero, a la vista de lo que hay, da la impresión de que hasta se le podría dar la bienvenida a la España que arde si sus cenizas sirven para plantar no un árbol, que tiempo habrá para ello, sino lo que urge: el relato, ese fruto transgénico que compite con el humo y que muda según conviene al candidato en cada estación electoral.
Fue grandioso, ciertamente, ver a los mandatarios de la OTAN en comparsa con las 'Meninas' de Velázquez, pero por un error de calendario perdieron la oportunidad de posar ante el goyesco lienzo de fuego de la sierra de la Culebra, del que irrumpe para meterse en la foto un campesino en llamas, tan símbolo de los desastres de nuestro tiempo como el hombre de la camisa blanca que pintó Goya con los brazos en alto ante el pelotón de fusilamiento del 3 de mayo. En este mes de julio, España es una camisa ardiente.
Me aterra el cambio climático tanto como el posado de los políticos ante la España que arde y el automatismo opinativo en torno a las hogueras que asolan la península, convertidas de pronto en otra prueba irrefutable de la unidad de España, dentro de su diversidad arbórea y paisajística. Con este ritual en torno al fuego, de inspiración mágica más que operativa, está garantizado que la España democrática va a seguir ardiendo por los cuatro costados, y que estamos dejando en nada las pavesas de la Inquisición.