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La derecha está pidiendo a sus votantes que asuman cosas muy raras
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Ramón González Férriz

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La derecha está pidiendo a sus votantes que asuman cosas muy raras

Muchos partidos conservadores están renovando su ideología. Pero intentar representar a la gente de orden y ser al mismo tiempo antisistema es una apuesta difícil

Foto: Una imagen del asalto al Capitolio protagonizado por seguidores de Trump. (EFE/Michael Reynolds)
Una imagen del asalto al Capitolio protagonizado por seguidores de Trump. (EFE/Michael Reynolds)
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Después de que el FBI registrara el domicilio de Donald Trump en Florida en busca de documentos confidenciales, muchos partidarios de Trump pensaron que ese hecho, que consideran un abuso, era lo que necesitaban las bases republicanas para movilizarse y votar en masa en las próximas elecciones legislativas y estatales de noviembre. Es posible que sea así. Pero Ross Douthat, uno de los columnistas conservadores y cristianos más interesantes de Estados Unidos, se dio cuenta enseguida de lo que eso suponía para los votantes de derechas tradicionales.

Douthat se imaginaba al Partido Republicano explicando a esos votantes que las ideas de la nueva derecha se basan en una economía más propicia para las clases trabajadoras, en una oposición rotunda a las expresiones más radicales de progresismo en materia sexual o cultural y en un rechazo a gastar más dinero en política exterior. Eso, sin duda, puede resultar atractivo para muchos votantes angustiados por las circunstancias actuales.

Pero pedirles, además, que asuman la consigna de que el FBI es una institución corrupta, que los jueces y el Gobierno de Estados Unidos han tramado una conspiración contra el pueblo y que los funcionarios estadounidenses son comparables a la Gestapo es pedirle demasiado a gente que no está conforme con las cosas, pero que nunca se verá a sí misma como antisistema.

El ejemplo de Trump y los republicanos es, como siempre, el más extremo. Pero algo parecido está pasando en buena parte de Occidente. Es evidente que las viejas familias de la derecha —la democracia cristiana, el conservadurismo o el liberalismo conservador— están intentando ponerse al día para adaptarse a los nuevos tiempos. Pero, en muchos casos, se lo están poniendo muy difícil a sus votantes para que sigan comprando su mercancía ideológica. Los líderes de la derecha se han vuelto adictos a la extravagancia, cuando no a cosas peores.

En Reino Unido, el Partido Conservador está sumido en una competición para escoger al sucesor de Boris Johnson como primer ministro y líder del partido. En principio, los dos candidatos representan a dos alas reconocibles del partido: Liz Truss encarna la vertiente thatcherista, más obsesionada con bajar impuestos que con cuadrar las cuentas, y con un notable instinto popular; por el otro lado, Rishi Sunak representa el alma centrista y tecnocrática del partido, cosmopolita y cómoda con el progresismo moral. Las dos opciones eran bastante transparentes.

Foto: Partidarios de Donald Trump protestan frente a su mansión en Mar-a-Lago por el registro del FBI. (Reuters/Marco Bello)

Sin embargo, en las últimas semanas de campaña, los candidatos han empezado a emitir mensajes ideológicos difíciles de tragar para un derechista estándar: han renegado de los últimos doce años de gobierno conservador, como si estos no hubieran representado su ideología; han denostado la tarea del Banco de Inglaterra, tanto por subir los tipos de interés como por no controlar la inflación; en un momento de creciente tolerancia con los hábitos privados, Sunak ha prometido perseguir con más ímpetu a los consumidores de drogas. La última salida de tono de Truss ha sido afirmar que el funcionariado británico está guiado por una mezcla de ideología "woke" y antisemitismo.

El país está asustado por lo que pueda venir a partir de otoño, mientras ambos aspirantes se centran en hacer propuestas cada vez más disparatadas. Cabría pensar que ninguno es consciente de lo que le espera a Reino Unido en los próximos meses, con una inflación muy elevada, un crecimiento raquítico y las consecuencias del Brexit cada vez más evidentes. Pero es peor: ambos han decidido ignorar todo eso para dar una batalla puramente ideológica.

Igualmente desconcertante es, para un votante conservador italiano, el manifiesto que publicaron esta semana los tres partidos de derechas del país —los Frattelli d’Italia, la Lega y Forza Italia—. En este, los tres partidos que probablemente gobernarán el país tras las elecciones de septiembre, que tradicionalmente han sido poco entusiastas con el euro y han mostrado simpatías personales e ideológicas con Vladímir Putin, reafirmaron su compromiso con la UE y la OTAN.

Foto: El Palacio Chigi, sede del Gobierno italiano, iluminado con la bandera italiana. (EFE/Riccardo Antimiani)

Se trata de una noticia bienvenida, pero al mismo tiempo es un giro abrupto para sus votantes. En otro plano igual de relevante, el manifiesto de derechas proponía un cambio constitucional en el país, para que pase a ser una república presidencialista a la manera francesa, lo que supondría un cambio radical en la forma de gobernar desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Es la enésima propuesta de la derecha italiana para garantizar la estabilidad política del país que casi con seguridad generaría el efecto contrario.

Los procesos de refundación ideológica siempre son complicados. No es raro que hoy la derecha viva tiempos convulsos, mientras busca una identidad que al mismo tiempo respete sus mitos y se reconcilie con los nuevos tiempos. Reagan y Thatcher, aún hoy evocados de manera machacona, fueron líderes indiscutibles, pero es probable que su ideología fuera más una respuesta eficaz a una coyuntura determinada —el final del consenso de posguerra— que una receta para nuestros tiempos: de ahí, en parte, la confusión de la derecha.

En España, a diferencia de Pablo Casado, eso supo verlo muy bien Alberto Núñez Feijóo, que ha decidido que la mejor manera de refundar al PP es no tocarlo. La apuesta contraria es la de Vox que, como buena parte de las derechas occidentales actuales, se debate entre representar a la gente de orden y ser antisistema. Es un dilema complicado que, si todo va bien, se les volverá en contra. Porque es posible que el grado en que las clases medias están dispuestas a comprar teorías conspirativas, acusaciones generales sobre la mendacidad del Estado y denuncias sobre las grandes empresas y la meritocracia tenga límites.

"A diferencia de Casado, eso supo verlo muy bien Feijóo, que ha decidido que la mejor manera de refundar al PP es no tocarlo"

Quizá muchos españoles estén dispuestos a hablar sobre la reducción de la inmigración, pero creo que muy pocos están interesados en el imaginario papel que desempeña George Soros en una conspiración para acabar con nuestra forma de vida. Algo que los de Abascal quieren que se traguen sus potenciales votantes, sin tener en cuenta si les interesa o no.

Todavía está por ver el talento que tienen estos nuevos líderes desconcertados, en busca de una nueva derecha, para hacer asumir a sus votantes toda esta sobredosis de ideología. Eso no significa que su futuro electoral esté en riesgo —ellos saben que no necesitan votantes entusiasmados con ese programa, solo gente que tema más a la izquierda que a ellos, como demostró de manera talentosa Trump—, pero sí complicará mucho su sueño de reformar no solo la derecha, sino la sociedad y el Estado en su conjunto. El votante conservador, aunque no lo crean, también tiene sus límites.

Después de que el FBI registrara el domicilio de Donald Trump en Florida en busca de documentos confidenciales, muchos partidarios de Trump pensaron que ese hecho, que consideran un abuso, era lo que necesitaban las bases republicanas para movilizarse y votar en masa en las próximas elecciones legislativas y estatales de noviembre. Es posible que sea así. Pero Ross Douthat, uno de los columnistas conservadores y cristianos más interesantes de Estados Unidos, se dio cuenta enseguida de lo que eso suponía para los votantes de derechas tradicionales.

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