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El PP y el voto de la crisis
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El PP y el voto de la crisis

El PP ganó durante la crisis, pero no ganó por la crisis, sino por ser el PP, y porque la presencia de 'ese' PP hundió al socialismo

Foto: El líder del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo. (EFE/Juan Carlos Hidalgo)
El líder del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo. (EFE/Juan Carlos Hidalgo)

Es posible que en algunas de las decisiones estratégicas del Partido Popular esté pesando un error de percepción sobre su propia historia electoral, error cuyas consecuencias prácticas pueden estar comenzando a aflorar, una vez agotado el efecto impulsor del último congreso extraordinario.

Simplificando mucho, ese error consiste en oponer las elecciones de 2008 (derrota) a las de 2011 (victoria), como expresión de dos modelos de partido distintos, el segundo de los cuales habría sido el resultado del cambio de paradigma político ejecutado en el congreso de Valencia de 2008. Este habría permitido aprovechar en 2011 el efecto electoral de la crisis, sin interferencias ideológicas indeseables que pudieran generar incomodidad o rechazo en el votante de centroizquierda y en el nacionalista, que con su voto abundante habrían hecho posible la mayoría absoluta de ese nuevo PP.

Foto: Juanma Moreno e Isabel Díaz Ayuso en el congreso del PP en Madrid. (EFE/Mariscal)

Pero en realidad las elecciones de 2008 y las de 2011 fueron complementarias, no opuestas, y lo fueron porque el desencadenamiento de la crisis económica aconsejó mostrar continuidad y no ruptura con la historia del partido, una buena historia de gestión económica. Es decir: el PP ganó en 2011 porque no cometió el error de permitir que el paradigma de Valencia disolviera la sólida base electoral de 2008, algo que, lamentablemente, ocurrió después.

La larga campaña que se inició con la dramática intervención de Zapatero en el Congreso el 12 de mayo de 2010, lo fue de continuidad con “el PP de siempre” (“lo hicimos en el 96 y volveremos a hacerlo, somos los mismos”), y la base del programa electoral de 2011 se escribió en la Fundación FAES. Pero, además, esa apelación a la capacidad de gestión económica —que hoy no puede hacerse igual sin más, porque la huella de la última etapa de gobierno no lo permite—, no operó contra la densidad ideológica del partido acreditada durante las legislaturas anteriores, sino sobre ella, apoyada en ella.

Foto: El presidente del PP, Alberto Núñez Feijóo, en Bilbao. (EFE/Miguel Toña)

Cualquier plan económico que para su éxito necesite la desaparición de los conflictos políticos puros está condenado al fracaso, porque ese paraíso tecnocrático nunca acontece, y porque incluso si, por ejemplo, estuviera fuera de discusión la magnitud del ajuste presupuestario necesario para ordenar las cuentas, siempre habría muchas cosas que valdrían lo mismo, y decidir cuáles merecen gasto y cuáles no, seguiría siendo una cuestión estrictamente política y polémica.

La tecnocracia es una ensoñación emparentada con el dogmatismo de creer que se puede clausurar ejecutivamente el conflicto político propio de cualquier sociedad moderna, y no con la moderación de quien aspira a participar abiertamente en esa conversación pública como uno más y a mover posiciones a su favor mediante actitudes, razones, propuestas y programas convincentes.

Aunque hoy pueda parecer contraintuitivo, las elecciones de 2008 fueron elecciones de consolidación y crecimiento centrista para el Partido Popular, que no perdió en las urnas por perder el centro, sino a pesar de haberlo ganado. Y no lo ganó eludiendo debates de fondo, que cuando se dan bien aclaran más que enredan, sino por aceptarlos y ganarlos, a ojo del votante de centro.

Foto: El líder del PP, Alberto Núñez Feijóo (EFE)

Lo que permitió al PSOE mantener el Gobierno fue su capacidad para compensar esa pérdida de voto centrista explotando con éxito, efímero y a un precio altísimo para el partido y para el país, dos cosas: primero, la consagración del socialismo a la promoción del ideario y de los planes del radicalismo y del nacionalismo de izquierda y de derecha, vinculados por la voluntad de exclusión del PP y por la puesta en cuestión de la Transición y de la Constitución: ese fue el primer Frankenstein, que cobró vida directamente en las urnas y no en el Congreso, como ocurrió más tarde, cuando el votante radical dejó de confiar su voto directamente al socialismo y se lo confió de forma indirecta y solicitando pago al contado; segundo, la imagen de exaltación gárrula (con tilde) y de rasgos rigurosamente adolescentes de algunas personas en algunos medios de comunicación, caracterizadas desde entonces por su asombrosa capacidad para provocar el descarrilamiento de las carreras políticas que apadrinan, incluso de las más prometedoras y de camino más despejado.

Esto ocurrió especialmente en Cataluña, que es donde el PSOE obtuvo en 2008 la diferencia que le permitió ganar, con el coste para la sociedad catalana que hoy es inocultable.

El PP perdió, pero con una base que conducía a ganar; el PSOE ganó, pero con una base que conducía a perder.

Foto: El líder del PP, Alberto Núñez Feijóo. (EFE/Ismael Herrero)

En ocasiones, la unidad de tiempo adecuada para evaluar el proceso de maduración —o de decadencia— de un proyecto político sólido no es “estas elecciones”, sino algo de más duración. Creo que para el PP esa debió haber sido una de esas ocasiones, y que pudo haberse ahorrado un congreso que se apoyó en una interpretación errónea de lo que le había ocurrido en las elecciones de 2008, de cómo era la sociedad española y de cómo veía al PP, que se miró en el espejo deformado que la izquierda le puso delante. Eso fue lo que condujo a la quiebra del espacio electoral del centroderecha a partir de 2012, no entender bien por qué se perdió en 2008 y por qué se ganó en 2011.

Permanecer hoy en ese error —que aún no ha sido corregido formalmente en ningún congreso ni documento público del partido, lo que priva al PP de la mirada estratégica de fondo correcta que necesita—, no conduciría a nada parecido al resultado de 2011, tampoco al de 2008, sino a reactivar los procesos de centrifugación de electores que contemplamos desde 2012. Y empieza a ser perceptible, al menos eso me parece, un ruido de fondo compatible con esa reactivación, ruido, tenue aún, que el PP debería tomarse en serio y esforzarse por corregir pronto y no dejar crecer.

Foto: El líder de Vox, Santiago Abascal. (EFE/Juan Carlos Hidalgo)

En las elecciones de 2008 el PP sumó 514.866 votos más que en 2004, mientras que el PSOE sumó solo 263.172, con el añadido de que esos votos los sumó el PP en el centro, donde el PSOE se hundió; y los sumó sin crisis económica, en confrontación política ideológica directa. Esto, ahora que la búsqueda del voto centrista se sitúa en el núcleo del razonamiento estratégico del PP, es especialmente importante.

La izquierda reconoció la victoria centrista del PP en aquellas elecciones y concluyó, quizás para sorpresa hoy de muchos dentro del propio Partido Popular, que si el PP había logrado evitar la mayoría absoluta del PSOE, con la que no pocos contaban, había sido gracias a lo que denominaba “crispación”, es decir, al compromiso nítido con una agenda genuinamente política, no al desistimiento en la agenda moral y tampoco a invocación tecnocrática alguna.

Julián Santamaría, por ejemplo, se preguntó:

“Pero ¿qué pudo inducir a los votantes moderados del PSOE a cruzar la barrera y votar al PP?... ¿Qué fue lo que pudo impulsar a ese grupo de votantes en posiciones fronterizas con el centroizquierda a dar ese paso?”. Su conclusión fue que “aun suscribiendo y respaldando las políticas sociales promovidas por el Gobierno, se habría sentido más atraído por la actitud de la oposición ante cuestiones como el Estatuto Catalán y la política antiterrorista”1.

Foto: El presidente del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo. (EFE/Xoán Rey)
Feijóo apuntala su perfil centrista y recibe más de un millón de votos de PSOE y Cs
Ignacio S. Calleja Gráficos: Unidad de Datos Formato: EC Diseño

La Fundación Alternativas tituló su Informe sobre la democracia en España/2008 con este expresivo título: “La estrategia de la crispación: derrota, pero no fracaso”. En él afirmó:

“La estrategia de la crispación ha tenido un efecto no menor en el proceso electoral, al privar a los socialistas de una parte del voto del centro del que disponían al principio de la legislatura y que, eventualmente, podría haberles dado la mayoría absoluta en los comicios del pasado mes de marzo”2. Añadió que “el PSOE consiguió repetir la victoria gracias a los apoyos de los votantes nacionalistas y a la movilización de la izquierda. No parece, sin embargo, que haya recuperado la fuga de votos en el centro que se produjo como resultado de las reformas estatutarias. El discurso territorial del PP parece haber calado, provocando algún trasvase de votos desde el PSOE”3.

José María Maravall escribió que “la crispación rompió al electorado moderado”, y que “pese a la extraordinaria crispación que generó su estrategia, (el PP) mostró una considerable fortaleza en el electorado moderado4.

Así se ganó el PP a los centristas del PSOE en 2008 según la propia izquierda, y lo hizo desde el 7,8 de la escala ideológica, a más de tres puntos de la media. La mejor noticia para Sánchez sería que el PP desconociera su verdadera historia electoral.

Foto: Feijóo clausura la interparlamentaria del PP. (EFE/Ismael Herrero)

La base del PP estaba consolidada en 2008, antes del congreso de Valencia y antes de la crisis, y es la que permitió la victoria de 2011. No hubo afluencia masiva de nacionalistas ni de votantes de izquierda, no hizo falta. En 2011 el PSOE perdió 4.285.824 votos, el PP solo sumó 588.556. El hundimiento socialista no se produjo a favor del PP, y el 95 por ciento del voto de la victoria de 2011 estaba ya en el Partido Popular en 2008. De hecho, el voto extra llegó porque el 95 por ciento ya estaba, porque tenía a dónde llegar y sabía a dónde llegaba. El PP habría ganado ampliamente sin él.

La comparación de los resultados del PP de 2000 y 2011 muestra una similitud llamativa: 45,2 por ciento de voto a candidaturas y 30,3 por ciento del censo en los dos casos, y 44,5/44,6 por ciento de voto válido. No fue solo ni principalmente la crisis lo que llevó al PP a la mayoría absoluta en 2011, fueron los diez millones de votos de 2008 y de 2000… y unos cuantos votos más. Esos cuantos votos más pueden merecer una campaña específica, pero no pueden merecer más atención que el grueso de la base electoral, cuya fuerza de atracción es la que actuó en 2008 y en 2011 sobre el voto errante desprendido de la izquierda.

En el hundimiento socialista influyó la crisis, por supuesto, pero porque la alianza electoral del socialismo con el radicalismo forjada en 2008 se descompuso al entender este que el PSOE ya no estaba en condiciones de hacer efectivo lo pactado porque el PP de 2008 seguía ahí.

Foto: Alberto Núñez Feijóo junto con Yolanda Díaz. (EFE/Lavandeira Jr.) Opinión

Ese PP era el que se había ido formando desde la refundación de 1990, que permaneció estable hasta 2015. Su crecimiento en 2011 solo fue 73.690 votos superior al de 2008, y está lejos del crecimiento de 1993 (2.915.491), de 1996 (1.514.543) y de 2000 (605.172). Dicho con claridad: el PP ganó durante la crisis, pero no ganó por la crisis, sino por ser el PP, y porque la presencia de 'ese' PP hundió al socialismo.

Hoy, tocado aún en muchas de las virtudes que pudo exhibir en 2011 y en un contexto de crisis muy distinto del de entonces (con una responsabilidad del Gobierno menos visible, con mucho más dinero y con un marco jurídico económico europeo muchísimo más laxo que el de entonces), conviene ser prudentes sobre el rendimiento electoral final de la apelación a la crisis si se hiciera en ausencia de la base ideológica fuerte que sí existía en 2011.

En todo este tiempo, nadie ha podido reemplazar al PP, lo que significa que como sello político sigue teniendo sentido socioelectoral. Incluso en lo peor de lo peor ha permanecido con vida, porque su constitución es fuerte y le ha permitido soportar —no sin graves daños— el despeñadero constante que han sido para él los últimos diez años. Pero hay que conocer las causas de esa caída y evitar situarse otra vez en el exacto lugar en el cual se inició el drama, que lo ha sido, y volvería a serlo, de España.

1Santamaría, Julián y Criado, Henar: “9-M: elecciones de ratificación”, en 'Claves de razón práctica', N.º 183.

2Fundación Alternativas, 'Informe sobre la democracia en España/2008. La estrategia de la crispación: derrota, pero no fracaso', página 12.

3Ibidem, página 58.

4Maravall, José María: “Las estrategias de crispación bajo Felipe González y Zapatero”, en 'Claves de razón práctica', N.º 184.

*Miguel Ángel Quintanilla, profesor universitario y político español.

Es posible que en algunas de las decisiones estratégicas del Partido Popular esté pesando un error de percepción sobre su propia historia electoral, error cuyas consecuencias prácticas pueden estar comenzando a aflorar, una vez agotado el efecto impulsor del último congreso extraordinario.

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