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Sánchez y la prematura muerte del votante mediano
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Ramón González Férriz

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Sánchez y la prematura muerte del votante mediano

En los últimos años, ha apoyado medidas polémicas y parece abjurar de esa parte de su legado. ¿Por qué? Creo que se ha dado cuenta de que dio por muerta la figura del votante mediano

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en un acto electoral. (EFE/Julio Muñoz)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en un acto electoral. (EFE/Julio Muñoz)
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El presidente Pedro Sánchez parece haber cambiado repentinamente de estrategia electoral. En los cuatro últimos años de su mandato, ha alentado medidas polémicas como la ley del solo sí es sí o la ley trans, se ha apoyado en socios como Bildu y ha indultado a algunos líderes independentistas catalanes; incluso cambió el código penal para beneficiar a estos últimos. Ahora, parece abjurar de esa parte de su legado. ¿Por qué? Creo que se ha dado cuenta de que dio por muerta una teoría que quizá, solo quizá, sigue muy viva. Es la teoría del votante mediano.

Durante décadas, los politólogos y los estrategas electorales hablaron de esa figura casi mítica: el votante mediano. Imagine una línea horizontal. En el extremo izquierdo estaría un votante comunista que quiere que toda la economía esté en manos del Estado. En el extremo derecho, habría un libertario que desea que el Estado no intervenga de ningún modo en la economía. Esa imagen es de los años cincuenta del siglo pasado —la ideó un economista, Anthony Downs, uno de los padres de la creencia de que los ciudadanos votamos de manera racional— y ahora las ideologías y las prioridades han cambiado. Pero, hoy como ayer, en algún lugar cercano al centro de ese espectro imaginado por Downs se encuentra el votante mediano: el que encarna una posición intermedia entre el extremo izquierdo y el derecho. En un sistema bipartidista, decía la teoría, el candidato que más se acerque a las preferencias de ese votante mediano es el que gana las elecciones. Dicho de otro modo: las elecciones se ganan en el centro y eso hace que los partidos radicales nunca lo hagan.

Foto: El presidente del Gobierno y secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, durante un mitin en Dos Hermanas (Sevilla), el pasado domingo. (EFE/Julio Muñoz)

La teoría de Downs nunca fue una ciencia exacta. Pero parecía intuitivamente cierta: en los países ricos, los partidos que ganaban elecciones estaban más o menos próximos al centro, incluso a expensas de sus ideologías, algo más escoradas. Sin embargo, tras la crisis financiera, con la oleada de nuevos partidos y tendencias que recorrió Occidente, y la consiguiente fragmentación, una nueva generación de asesores políticos y encuestadores declararon muerto al votante mediano. Se trataba de un ser mítico y había que dejar de cortejarlo. Era posible ganar elecciones apelando solo a una parte del electorado relativamente pequeña — bastante menos de la mitad— y más radical: con eso se cohesionaba a esa minoría, que se volvía más compacta, más motivada y más activista.

Para que eso sucediera, era importante confrontar, establecer una retórica de unos contra otros, impulsar medidas políticas abiertamente polarizantes. Incluso los miembros del propio bando que se sintieran incómodos con esas medidas, al final, gracias a la dinámica amigo-enemigo, acabarían votando a los suyos. Como casi todo en nuestra política, Berlusconi fue su padre fundador. Más tarde, Trump dominaría esa estrategia como nadie. Uno de los inventores del Brexit, Dominic Cummings, un oscuro asesor político convertido en celebridad, se volvió adicto a ella. Sánchez, a diferencia de algunos de ellos, no es un hombre de ideas radicales. Pero ha gobernado los últimos cuatro años pensando que la táctica podía funcionarle. Y, durante un tiempo, tal vez lo hizo. Hasta hace tres semanas. Ahora parece que ha sido un enorme error de cálculo.

Los números no daban

Sánchez creyó que radicalizar su gobierno en la batalla cultural podía cohesionar y fidelizar a sus votantes: a fin de cuentas, si había que elegir entre políticas de género demasiado osadas y un partido que niega la mera existencia de la violencia de género, una minoría suficientemente amplia preferiría lo primero; del mismo modo, si había que escoger entre un Gobierno que se aliara con el nacionalismo catalán (ERC) y uno que lo hiciera con el nacionalismo español (Vox), la izquierda siempre escogería lo primero. La apuesta era temeraria. ¿Acaso estaba tan claro que entre tener a Otegi como apoyo parlamentario, y tener a Santiago Abascal, la opción preferida por esa gran minoría sería la primera?

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (EFE/Juanjo Martín) Opinión

Cuando uno hablaba con gente cercana a la Moncloa recibía siempre la misma respuesta: sí. Estábamos en una nueva era y esas estrategias, aunque poco elegantes, funcionan, decían. Además —y esto, en parte, era cierto— las políticas económicas del Gobierno seguían siendo razonablemente ortodoxas y de un izquierdismo más bien tradicional. Se trataba de un cóctel perfecto. “¿Pero los números os dan?”, pregunté más de una vez a esos interlocutores. “Sí”, respondían unos. “No hacen falta números: es el instinto del presidente”, decían otros. Pero al Gobierno el mensaje se le escapó de las manos. Podemos era ingobernable. Los medios de comunicación, y por supuesto las redes sociales, son ahora más difíciles de controlar. La confrontación constante resulta agotadora para la gente que no está hiperpolitizada. Esa estrategia ha acabado recordando una escena de la película de Disney El aprendiz de brujo, en la que Mickey Mouse cree que sabe la suficiente magia para hacer un truco que le facilitará la vida, hacer que una fregona friegue sola, pero descubre enseguida, cuando la fregona parece actuar con vida propia y genera un montón de problemas, que no sabe tanta como para detenerla.

Cuando uno hablaba con gente de la Moncloa, recibía la misma respuesta: sí. Estábamos en una nueva era y esas estrategias funcionan

Hoy, el mensaje del PSOE es que Sánchez no hizo concesiones al independentismo, sino que lo frenó apoyando el 155. Que, ciertamente, muchos de sus votantes no entendieron los indultos. Que el solo sí es sí y la búsqueda de conflictos constantes en temas de género provocaron incomprensión y rechazo entre muchos hombres de mediana edad. Que habría sido mejor apostar por un feminismo “integrador” y no de “confrontación”. Todo esto se puede interpretar como un giro al centro en cuestiones de género y territoriales; junto con la economía, dos de las grandes apuestas estructurales de su mandato. Seguramente llega tarde para sus ambiciones electorales, pero implica un reconocimiento: la estrategia de segmentar a los votantes y cortejar a una minoría polarizada fue temeraria y es muy probable que haya salido mal. Para volver a gobernar, hay que buscar de nuevo a los moderados. Tal vez entre todos enterramos al votante mediano demasiado pronto.

El presidente Pedro Sánchez parece haber cambiado repentinamente de estrategia electoral. En los cuatro últimos años de su mandato, ha alentado medidas polémicas como la ley del solo sí es sí o la ley trans, se ha apoyado en socios como Bildu y ha indultado a algunos líderes independentistas catalanes; incluso cambió el código penal para beneficiar a estos últimos. Ahora, parece abjurar de esa parte de su legado. ¿Por qué? Creo que se ha dado cuenta de que dio por muerta una teoría que quizá, solo quizá, sigue muy viva. Es la teoría del votante mediano.

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