Vivimos un siglo inusual y desatado. Un siglo fácticamente prematuro e intelectualmente inmaduro. Un siglo, el XXI, que ha empezado pronto - en 1989 con la caída del muro de Berlín-, pero que pese a sus casi cuatro décadas recorridas carece todavía de conciencia suficiente para aclarar su identidad, descubrir el adjetivo que lo califica o la idea que galvaniza sus hechos. Mientras el XX fue un siglo de ideologías, el XIX de revolución o contrarrevolución, y el XVIII de la Ilustración, nuestro irregular siglo XXI se muestra incapaz de autodefinirse en un principio intelectual que afiance su contenido. Y como él mismo no puede hacerlo porque ignora a dónde conducen sus desaforados hechos, los hombres frecuentemente intentamos definirlo en lógica negativa.
Se habla así de distopía (la recuperada utopía a la inversa), de deconstrucción o se recurre a anteponer ingeniosamente la partícula a términos que expresan realidades pasadas para enfatizar que han sido superadas. Resuenan entonces palabras como posmodernidad, poshistoria o posdemocracia, pero nunca se dice dónde nos encontramos. Tal vez porque lo ignoramos.
En medio de tanta confusión, hace años un grupo de autores - la “escuela de Cambridge”- investiga la manera en que la innovación en las palabras incorpora al pensamiento sustantivos recientemente aparecidos para dar cuenta intelectualmente de la emergencia de realidades nuevas. Se trata de asociar el origen de términos inéditos con las realidades que laten en nuevos hechos desconocidos, situando cada sustantivo nuevo ante un significado nuevo o el replanteamiento de otro antiguo. Algo que hizo Maquiavelo en el Príncipe, cuando acuñó el neologismo “Estado” para denominar la nueva realidad política hasta entonces inexistente y que se disociaba de las estructuras medievales sin que nadie diera el término correcto. Y es que Maquiavelo fue un gran entusiasta de la lengua, dejándonos un ensayo olvidado -Diálogo en torno a nuestra lengua- que siempre conviene leer.
Pero volviendo al centro de la cuestión, Peter Laslett o John Pocock nos dicen que la comprensión intelectual de la política se puede alcanzar analizando cómo sus términos (el lenguaje de la política) van atestiguando cuestiones nuevas a medida que los hombres ingenian palabras para bautizarlas. Más allá de otras consideraciones, rastrean las intenciones expresivas que hay tras los sustantivos nuevos que aparecen en los argumentos o discursos políticos (y en los debates que suscitan) para afrontar problemas anteriormente desconocidos o responder de modo distinto a temas cuyas acepciones significativas se han disociado de lo que efectivamente acontece. La política y su pensamiento a través de la innovación en el lenguaje, pudiera ser el lema de lo que hace Cambridge. Con un caso concreto se entenderá mejor lo que se pretende decir.
El sustantivo "disrupción" ha aparecido recientemente en nuestro hablar cotidiano, traído en andas por la fuerza de las redes
El sustantivo “disrupción” ha aparecido recientemente en nuestro hablar cotidiano, traído en andas por la fuerza expansiva de las redes. Proviene del inglés, que lo toma del latín, desde donde ha sido incorporado a nuestra lengua para significar una “rotura o interrupción brusca”, un sustantivo ligado a la tecnología. Pero en el fondo, “disrupción” marca la diferencia y busca disociarse de otro vocablo de significado próximo y procedente del pasado, “revolución”. Un término que recoge un contenido nacido en otro siglo.
La trayectoria del término “revolución” es fascinante y ha sido bien estudiada. Surge en la ciencia natural moderna y lo introduce Hobbes en la cultura política. En un siglo se propaga y generaliza, completándolo de alguna manera Condorcet, al señalar que la “revolución” además de destruir para construir, expresa la capacidad del hombre para levantar un orden político nuevo.
"Disrupción" significa algo diferente, que no tiene que ver con los efectos de la "revolución", porque destruye sin construir
“Disrupción” significa algo diferente, que no tiene que ver con los efectos de la “revolución”, porque destruye sin construir. Incorpora su primer elemento pero no el segundo y, en consecuencia, supone una explosión de autodestrucción que no deja en su lugar nada, sólo el desorden, el caos. Es cierto que todo lo dicho anteriormente es una lectura propia que obviamente merece ser cuestionada y contradicha legítimamente. Pero cualquier argumento que se le oponga deberá tener presente que el significado señalado coincide con la realidad de su tiempo intelectual.
Un tiempo que no construye, sino que destruye, un tiempo en el que la anomia parece imperar frente al derecho y en que los hechos se comen a los principios. Un siglo XXI en suma que, a fuerza de ser fenomenológico y no ontológico, no quiere mantener ningún elemento pasado que sirva de antecedente y que nos deja inermes ante lo nuevo y desconocido que pueda arribar; una novedad que no lleva ya marcado en su intelecto -como en el XVIII- el signo del Progreso. Un siglo disruptivo al que sólo podemos contraponer la conservación de lo que es propio del ser humano.
Vivimos un siglo inusual y desatado. Un siglo fácticamente prematuro e intelectualmente inmaduro. Un siglo, el XXI, que ha empezado pronto - en 1989 con la caída del muro de Berlín-, pero que pese a sus casi cuatro décadas recorridas carece todavía de conciencia suficiente para aclarar su identidad, descubrir el adjetivo que lo califica o la idea que galvaniza sus hechos. Mientras el XX fue un siglo de ideologías, el XIX de revolución o contrarrevolución, y el XVIII de la Ilustración, nuestro irregular siglo XXI se muestra incapaz de autodefinirse en un principio intelectual que afiance su contenido. Y como él mismo no puede hacerlo porque ignora a dónde conducen sus desaforados hechos, los hombres frecuentemente intentamos definirlo en lógica negativa.