Las primarias han degradado la política. El PP y todos deben liquidarlas
Hace una década los partidos asumieron la costumbre de hacer primarias. A pesar de su apariencia democrática, han sido chapuceras y contraproducentes. Los partidos, empezando por el PP en su congreso, deben acabar con ellas
En julio de 2013, José Antonio Griñán anunció que abandonaría la presidencia de la Junta de Andalucía. Quería facilitar el "relevo generacional". Así que el PSOE andaluz organizó unas primarias para escoger a su próximo líder, en lo que debía ser una muestra de democracia interna y transparencia. Fue exactamente lo contrario. El proceso se diseñó para que solo pudiera ganarlo Susana Díaz, la heredera designada por Griñán. De hecho, ella acabó siendo la única candidata. Fue, como dijo entonces mi colega de El Confidencial, Javier Caraballo, una farsa.
Tras la crisis financiera, que suscitó el descrédito general de los partidos tradicionales, el 15M y el surgimiento de la llamada Nueva Política, las primarias se convirtieron en una moda. Ciudadanos llevaba tiempo utilizándolas en Cataluña y las celebró a nivel provincial cuando decidió saltar a la política nacional en 2015: las ganaron casi todos los candidatos apoyados por Albert Rivera; en cuatro de las provincias en que no fue así, se descalificó a los ganadores. Podemos permitió participar en la elección de sus líderes a todo aquel que se inscribiera. Tras varias pruebas, perfiló un sistema diseñado para que siempre ganara Pablo Iglesias y quien él designara, y para apartar a todos los críticos. Alejo Vidal-Quadras estrenó su liderazgo en Vox afirmando que su partido crearía una "nueva ley de partidos" que obligara a estos a "ser internamente democráticos". A los pocos meses, abandonó el partido y lo cedió a Santiago Abascal.
Inmediatamente después, intimidados por tanta democracia, el PSOE y el PP nacionales adoptaron el sistema de primarias para escoger a los sucesores de Alfredo Pérez Rubalcaba y Mariano Rajoy. Curiosamente, los candidatos sorpresa solo han conseguido ganar en estos dos grandes partidos: Pedro Sánchez en lugar de Eduardo Madina (2014) y Susana Díaz (2017) y Pablo Casado en lugar de Soraya Sáenz de Santamaría (2018). En los dos últimos casos, los procesos fueron enmarañados y divisivos, por decirlo educadamente.
Una degradación
Ahora que Alberto Núñez Feijóo ha planteado eliminar el sistema de primarias en el congreso del partido que se celebrará el mes que viene, vale la pena recordar que este ha contribuido a degradar la política española durante la última década. Obviamente, no ha sido el único factor. Pero el intento de dotar de una legitimidad plebiscitaria a los candidatos ha tenido resultados perversos.
Hay varias razones para ello, pero déjenme apuntar dos, además de la tendencia a que siempre ganen los propuestos por la cúpula, sobre todo en los partidos pequeños. En primer lugar, los partidos tienen cada vez menos militantes, porque ahora tienden más a entender la militancia como un paso hacia la política profesional. En segundo lugar, esos militantes tienden a ser ideológicamente más radicales que la ciudadanía. Los militantes y los votantes comunes se parecen cada vez menos.
Eso se ha notado en este periodo. A veces, el líder elegido se ha sentido tan apoyado por las bases que ha procedido a destruir todas las capas intermedias del partido y a convertir la estructura en una mera plataforma personalista (Pedro Sánchez). A veces, la elección del nuevo líder ha sido fruto de las pugnas internas del partido, no de su idoneidad (Pablo Casado).
En otras ocasiones, el elegido es, simplemente, el único rostro que un votante común puede reconocer y encarna por sí mismo todo el partido, que carece de estructuras (Yolanda Díaz). O solo llega al poder tras denunciar un pucherazo, lo que hace al partido y a su dirección aún menos atractivos (Francisco Igea). A veces, las primarias refuerzan la percepción de que los partidos deben someterse a las ambiciones personales de un individuo (Oriol Junqueras).
A veces, nadie de fuera del partido puede entender cuáles son las diferencias ideológicas entre los candidatos (Aitor Esteban). Últimamente, además, las primarias se han convertido en un trámite que aburre incluso a los partidos. Hace un mes, Podemos lanzó la candidatura de Irene Montero sin siquiera molestarse en mencionar que debían celebrarse primarias. Vox ha ido más allá y ha cambiado sus estatutos para evitarlas en las provincias y las autonomías; el líder nacional seguirá escogiéndose por medio de primarias, pero el año pasado el partido aceleró su celebración para hacer casi imposible que se presentara un candidato alternativo a Santiago Abascal.
Todo esto ha tenido como resultado el vaciamiento y el descrédito de los partidos. Y la elección de candidatos que, aunque fueran relativamente populares entre sus escasos militantes, son muy impopulares entre los votantes a los que deberían conquistar. No hay un método óptimo para escoger a los candidatos. No me imagino un regreso a los dedazos del pasado. Pero no debemos seguir como en la última década, en la que las primarias asamblearias y plebiscitarias han contribuido al caos y el faccionalismo. El PP debe abrir el camino en su próximo congreso y encontrar un sistema mejor.
En julio de 2013, José Antonio Griñán anunció que abandonaría la presidencia de la Junta de Andalucía. Quería facilitar el "relevo generacional". Así que el PSOE andaluz organizó unas primarias para escoger a su próximo líder, en lo que debía ser una muestra de democracia interna y transparencia. Fue exactamente lo contrario. El proceso se diseñó para que solo pudiera ganarlo Susana Díaz, la heredera designada por Griñán. De hecho, ella acabó siendo la única candidata. Fue, como dijo entonces mi colega de El Confidencial, Javier Caraballo, una farsa.