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Tras dos décadas perdidas, el declive de España ya es clamoroso
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Ramón González Férriz

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Tras dos décadas perdidas, el declive de España ya es clamoroso

La capacidad adquisitiva de los españoles, con la salvedad de los jubilados, es parecida a la de 2005. Los servicios públicos empeoran. Las instituciones se degradan. Una parte es culpa del Gobierno actual, pero la decadencia va más allá de este

Foto: El presidente del Gobienro, Pedro Sánchez. (Reuters/Jon Nazca)
El presidente del Gobienro, Pedro Sánchez. (Reuters/Jon Nazca)
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La música que hacía que el Gobierno siguiera en movimiento ha dejado de sonar. No sabemos si eso hará que caiga pronto o si Pedro Sánchez insistirá en agotar la legislatura. Probablemente, sucederá lo segundo. Si es así, nos esperan dos años desagradables, en los que se conocerán más detalles sobre la corrupción en el PSOE, el partido hará concesiones estridentes a los socios para intentar sacar adelante su agenda legislativa y se producirá una avalancha de propaganda gubernamental.

Sin embargo, este periodo agónico no debería distraernos de algo que es aún más importante a medio plazo: la creciente sensación de que España está en declive.

El país lleva más de una década creciendo económicamente; en varios momentos, ese crecimiento ha sido robusto, de los mayores de Europa. También ha creado mucho empleo. A pesar de ello, hoy el poder adquisitivo de los españoles es más o menos el mismo que en 2005.

Algunos datos que explican esto son devastadores. Las subidas del salario mínimo interprofesional han cerrado un tanto la brecha entre quienes cobran menos y quienes cobran más, pero desde 2021 los salarios reales de los españoles han caído un 4%. En junio de 2015, el metro cuadrado medio de vivienda valía 1.547 euros; hoy, en parte por las políticas que han inducido la escasez de oferta, vale 2.430 euros (datos de Idealista). En 2018, la presión fiscal era del 35,2% del PIB; en 2024, se calcula que es del 37,4% (datos de Eurostat y el Banco de España). Pero la mayor parte del aumento de la recaudación se ha dedicado a un solo aspecto del gasto público: las pensiones. De hecho, los jubilados tienen más rentas que los trabajadores. Son los únicos que han aumentado su nivel de vida en los últimos veinte años. Los demás seguimos más o menos igual que cuando no existían los móviles inteligentes. Hemos vivido dos décadas perdidas. Lo más urgente ahora es evitar que se conviertan en tres, pero estamos todos entretenidos con el circo político.

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Sin embargo, el estancamiento del nivel de vida —excepto para los mayores— no es la única señal de declive. Las listas de espera en la sanidad pública son eternas: el Ministerio de Sanidad reconoció que en 2024 estas habían crecido un 4,7% respecto al año anterior, con 846.583 personas pendientes de una intervención quirúrgica no urgente. Según los estudios de PISA, durante la última década, los resultados de los estudiantes españoles han empeorado o se han estancado. España apostó hace mucho por el ferrocarril y, en los últimos años, el Gobierno de Pedro Sánchez lo ha presentado como la mejor alternativa al coche y sus enormes costes ambientales. A pesar de esta apuesta, el servicio ha empeorado drásticamente. La impuntualidad se ha disparado. Las esperas se han vuelto incómodas por falta de instalaciones. Las averías, como estamos viendo este verano, son sistémicas. ¿La explicación? En 2023, España fue el cuarto país de la UE que invirtió menos dinero en su red de transportes, y la falta de inversión ha hecho que nuestro amplio stock de infraestructuras se esté deteriorando. Mientras tanto, el presidente de RENFE llama "payaso" a un usuario que se queja del servicio y el Ministro de Transportes se dedica a insultar a tuiteros y rivales políticos.

Porque la siguiente muestra de declive está en las propias instituciones. Y no me refiero a las estrictamente políticas, cuya degradación es evidente. El CIS ha quedado desautorizado de manera reiterada bajo el fanatismo partidista de José Félix Tezanos. Hoy, el Banco de España actúa bajo la sospecha de la politización. En RTVE se mezclan el peor rasgo que tradicionalmente presentan los medios públicos españoles, un sectarismo atroz, con el peor rasgo de nuestras televisiones privadas, la vulgaridad. La SEPI parece una agencia de colocación de afines al Gobierno.

No solo Sánchez

Mucho de esto se debe a la mediocridad del Gobierno de Sánchez. Pero una parte de esta decadencia le antecede y se debe a instituciones que no controla, como algunos Gobiernos autonómicos. Probablemente, y esta es la peor noticia, esta suave y sostenida decadencia es un fenómeno estructural al que ningún partido sabe cómo enfrentarse. Los que están a la izquierda del PSOE solo tienen recetas decrecentistas. El programa del PP no parece capaz de solucionar ninguno de nuestros principales problemas, como la baja productividad, el desmesurado gasto en pensiones o la escasez inducida. La promesa de Vox de reducir el gasto público en 200.000 millones de euros sin tocar las pensiones es un insulto a cualquiera que sepa matemáticas. Hoy, solo quienes piden el voto, o trabajan para quienes piden el voto, tienen motivos para fingir optimismo.

No nos enfrentamos al apocalipsis: España no dejará de ser un país rico, con instituciones relativamente sólidas, de la noche a la mañana. Pero, a diferencia de otros momentos de nuestra historia reciente, como los años noventa o los primeros de la recuperación tras la crisis financiera, no tenemos motivos racionales para la esperanza. La prosperidad personal se estanca. Los recursos se centran en los mayores. Los servicios públicos decaen. Las instituciones se vuelven ineficientes. Sería agradable pensar que la caída de Sánchez, o unas elecciones, podrían cambiar esto. Quizá ayudaría. Pero me temo que se trata de algo mucho más grave y a lo que no estamos prestando suficiente atención.

La música que hacía que el Gobierno siguiera en movimiento ha dejado de sonar. No sabemos si eso hará que caiga pronto o si Pedro Sánchez insistirá en agotar la legislatura. Probablemente, sucederá lo segundo. Si es así, nos esperan dos años desagradables, en los que se conocerán más detalles sobre la corrupción en el PSOE, el partido hará concesiones estridentes a los socios para intentar sacar adelante su agenda legislativa y se producirá una avalancha de propaganda gubernamental.

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