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Uslar Pietri y el derrumbamiento doméstico de la democracia
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Uslar Pietri y el derrumbamiento doméstico de la democracia

Advertir el peligro, como hizo Arturo Uslar Pietri, y tomar medidas para requilibrar la democracia, como proponía Juan Linz, son remedios al alcance de nuestras manos para atajar el derrumbamiento del Estado constitucional

Foto: Fotografía de Uslar Pietri. (EFE/ David Fernández)
Fotografía de Uslar Pietri. (EFE/ David Fernández)

Arturo Uslar Pietri fue una personalidad fascinante dotada de un espíritu combativo fenomenal. Un fabulador prodigioso que manejaba con formidable soltura un lenguaje, cuya invención compartida con Alejo Carpentier y Miguel Ángel Asturias, se auto atribuyó para la posteridad bajo el nominativo de "realismo mágico". Un conversador locuaz conocedor del alcance y eficacia persuasiva de la televisión en una época en que hombre alfabetizado y cultura no eran ya sinónimos. Un cultivador de la historia de América - a la que consagró varias novelas - vehemente defensor de la fuerza revolucionaria del Descubrimiento, y de la idiosincrasia mestiza del mundo que allí se fraguó. Un intelectual venezolano que se volcó en la literatura sin renunciar nunca a hacer política. Una figura señera en el panorama de su país -de imponente dimensión continental- obsesionado por racionalizar los hechos desde esquemas extraídos de la realidad efectiva de las cosas, que anatemizaba las ideologías y sus recetas simplificadoras.

Uslar Pietri, en muy temprana fecha, apuntó los riesgos que encerraba la riqueza petrolera. ¡Sembrar el petróleo! fue el grito que galvanizó para que los ingresos obtenidos por la exportación del petróleo fueran invertidos en educación, infraestructuras y desarrollo económico sostenible y diversificado. Un inteligente proyecto de construcción nacional que no fue seguido.

Un demócrata a machamartillo, plenamente clarividente de lo que se venía encima a Venezuela tras el desfondamiento doméstico del régimen que capitaneaba, en su segundo mandato, Carlos Andrés Pérez y la élite mantuana que poco a poco había usurpado la República.

Una visión premonitoria expresada, a botepronto en artículos de prensa e intervenciones públicas de urgencia, que todavía hoy merece la pena releer a la luz de los acontecimientos de nuestro presente inmediato y que testimonian tanto el colosal grado de despreocupación en que es capaz de instalarse una élite dirigente que, apegada al poder se encamina melífera al abismo, como del fangal que sucede al desfondamiento de la democracia cuando es hija de las miserias internas y no del triunfo de proyectos que expresan alternativas propositivas.

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Merece la pena revisar estas reflexiones postreras, no sólo por si pudiera aparecer algún elemento común entre aquel desmoronamiento y el derrumbamiento de la democracia a la que asistimos actualmente, sino por lo crucial que supone tomar conciencia de lo que está sucediendo en su debido momento, es decir, de actuar cuando los problemas aún tienen remedio y la lógica del sistema todavía resulta cabal. Lo necesario que resulta siempre -lo que Maquiavelo denominaba "temporeggiare"- dominar el tiempo siendo consciente de la contemporaneidad que nos asiste y saber analizar los desafíos en términos positivos y no dejarlos pasar para que se resuelvan solos.

Y para entender cómo funciona este descabalgamiento letal interno, nada mejor que recurrir a las claves esquemáticas que Juan Linz – un académico cuya lucidez espanta en su precisión conceptual – traza en su The Breakdown of Democratic Regimes de 1978- apuntando una serie de elementos estructurales que habitualmente han acompañado a sucesivos derrumbamientos de las democracias modernas.

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Para empezar, los males proceden de la política y no de la sociedad que los recibe. Es la política la que enferma y la que en su extravío termina infectando a la sociedad, no es la crisis de la sociedad la que estalla y acaba contaminado a la política, como sostenía el viejo paradigma marxista.

Se opera así una crisis en el seno de la élite que detenta el poder que – como advertirá más tarde Chris Nash – se rebela contra el fundamento que la soporta rompiendo con las reglas que justificaban su funcionalidad política. Una rebelión de la elite en toda regla que, sin renegar formalmente del ideal democrático, convierte la anomía en norma y llega hasta la deslealtad máxima de introducir en el juego cotidiano fuerzas que se proclaman hostiles al sistema. La política pierde su dimensión ética y la moral de las ideas se ve suplantada por una lucha descarnada en torno a la posesión de un poder concebido como instrumento de mando vacío del menor contenido político.

No hay proyecto a realizar, se trata sólo de una lucha por mandar, por imponerse y, en definitiva, por ser obedecido. Jerarquía nada más.

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Pero todavía hay algo más terriblemente descalificador, esa traición de las élites trae consigo una paulatina incapacidad para gobernar los instrumentos públicos que resuelven los problemas de la equidad en la vida colectiva y en los que existencialmente descansa la sociedad.

La pérdida del sentido de la política -que en definitiva da contenido al Estado- desencadena a su vez una desintegración de los servicios públicos que legitiman al Estado. Funciones que comienzan en la seguridad y en el orden público y que llegan hasta todas las actividades que hacen posible la vida moderna: la sanidad, la electricidad, la movilidad, las comunicaciones…

Todas las prestaciones que se encuadran bajo la garantía del Estado, si se sitúan bajo un gobierno sin preocupación política, insensible a cualquier contenido material y desprovisto de autoridad efectiva, indefectiblemente quiebran en su calidad prestacional ante unos "poderes salvajes de Ferrajoli" que burlan las obligaciones esenciales derivadas de la condición de instrumentos de utilidad pública y atienden solo a su interés particular en términos de rentabilidad financiera. Mientras que simultáneamente yacen dominados por unos prestadores del servicio controlados por organizaciones sindicales degeneradas en grupos de presión que se apropian de lo público dejando al ciudadano -destinatario oficial de la actividad- convertido poco menos que en un rehén de lo que nominalmente, por ser de todos, le pertenece.

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Ese Estado crecientemente deslegitimado por su incapacidad de enseñorearse de sus servicios, genera entre la sociedad una cultura de la incredibilidad que afecta a todo, colocando la "responsividad" (la respuesta inmediata que sustituye a la satisfacción efectiva de las necesidades) donde debiera estar la responsabilidad (rendición de cuentas) y presentando la simulación (apariencia) como sustitutivo de la veracidad.

Veracidad es la plausibilidad de una creencia - como la que el profesor Sánchez Cuenca dice tener en el presidente Sánchez – que para ser generalizada precisa de su extensión al conjunto social. Una extensión que no obedece a más exigencias que el juicio de los acontecimientos que cada uno realiza socialmente y que no conoce otra prueba que la coherencia personal de quien es creído. Una presunción que cuando abandona a los que gobiernan, convierte la vida política en una mentira tan sabida socialmente como la impostura que arrasó a aquel socialismo real en el que todo parecía ser real menos la verdadera realidad del socialismo.

La confluencia de estos tres factores termina minando domésticamente un sistema constitucional que sólo encuentra remedio cuando se toma conciencia a tiempo de que en democracia los hombres construyen sus propios destinos, y que lo que sucede siempre es el resultado del hacer activo o de la tolerancia pasiva de unos ciudadanos que no deben reducir la política a mero quehacer profesional de unas elites.

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Advertir el peligro, como hizo un desatendido Arturo Uslar Pietri y tomar medidas para reequilibrar la democracia, como proponía Juan Linz, son todavía hoy remedios al alcance de nuestras manos para atajar el derrumbamiento interno del Estado constitucional al que asistimos desde una perplejidad que no debemos permitirnos.

*Eloy García, catedrático de Derecho Constitucional.

Arturo Uslar Pietri fue una personalidad fascinante dotada de un espíritu combativo fenomenal. Un fabulador prodigioso que manejaba con formidable soltura un lenguaje, cuya invención compartida con Alejo Carpentier y Miguel Ángel Asturias, se auto atribuyó para la posteridad bajo el nominativo de "realismo mágico". Un conversador locuaz conocedor del alcance y eficacia persuasiva de la televisión en una época en que hombre alfabetizado y cultura no eran ya sinónimos. Un cultivador de la historia de América - a la que consagró varias novelas - vehemente defensor de la fuerza revolucionaria del Descubrimiento, y de la idiosincrasia mestiza del mundo que allí se fraguó. Un intelectual venezolano que se volcó en la literatura sin renunciar nunca a hacer política. Una figura señera en el panorama de su país -de imponente dimensión continental- obsesionado por racionalizar los hechos desde esquemas extraídos de la realidad efectiva de las cosas, que anatemizaba las ideologías y sus recetas simplificadoras.

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