Entró al escenario un presidente de partido; salió de él, si no un presidente del Gobierno, sí al menos alguien que ya se cree digno del intento. No es poca cosa en tiempos líquidos donde hasta las certezas se niegan con tal de agradar
El presidente del PP, Alberto Núñez Feijóo, en la segunda jornada del XXI Congreso Nacional del Partido Popular en Madrid. (Jesús Hellín/Europa Press)
Cuando uno cumple años, uno va a escuchar un discurso como quien asiste a un rezo ya aprendido: sabiendo lo que se va a decir, cómo se va a decir y en qué momento se dirá amén. Desde 2004 he acudido demasiadas veces a esta misa azul del Partido Popular como para esperar revelaciones. Pero el hábito no inmuniza contra el asombro, y ayer, en la clausura del Congreso Nacional del PP, algo se agitó.
Uno va —con escepticismo moderado— a ver si alguna metáfora se cuela como chispa. A ver si hay un giro, un párrafo, un segundo que le recuerde que el discurso político también puede ser literatura. Uno incluso juega a cazar el "párrafo marinero", ese cliché que muchos líderes lanzan como quien lanza una boya. (Pedro Sánchez ha sido tan poco original que incluso en eso copia mal).
Pero lo que sucedió ayer con Alberto Núñez Feijóo no fue un párrafo bonito ni una metáfora eficaz. Fue un acontecimiento. De esos que no se explican tanto por lo que se dice, sino por el ánimo con que se dice. Por lo que no se intenta disimular.
Entró al escenario un presidente de partido; salió de él, si no un presidente del Gobierno, sí al menos alguien que ya se cree digno del intento. No es poca cosa en estos tiempos líquidos donde hasta las certezas se niegan con tal de agradar.
Este no fue uno de esos discursos que se dicen porque toca. Se notaba que Feijóo lo había escrito —o al menos sentido— él mismo. No hubo cálculo, ni concesiones al audímetro mental de los asistentes. Feijóo no recitó el discurso que se esperaba de él. No fue un político buscando aplausos, sino unlíder poniendo su criterio sobre la mesa.
Esa es la rareza. En una política construida sobre el barro de las encuestas y las reacciones en X (como todo el mundo dice, antes Twitter), ver a alguien hablar como si aún creyera en la fuerza de su propio verbo, conmueve. Feijóo no se dejó determinar: determinó. Subió con la intención de dejar claro quién es y no solo a quién se enfrenta.
No esquivó los temas incómodos; los encaró como quien sabe que evitar el conflicto es solo diferirlo. Habló de inmigración —sí, de la ilegal, pero también del rechazo al odio— y logró lo inaudito: una ovación no por decir lo que todos quieren oír, sino por fijar el punto exacto donde el partido se reconoce sin parecerse ni a los unos ni a los otros. Ni Sánchez, ni Abascal. Ni la superioridad moral impostada, ni la pulsión reaccionaria sin filtro.
En tiempos de polarización, decir en un Congreso del PP que no se pondrán cordones sanitarios ni al PSOE ni a Vox es un acto de valentía retórica, pero también de madurez institucional. Otros lo callarían; algunos incluso harían lo contrario de lo que prometen. Feijóo no. Y por eso la ovación.
Este fue un discurso que no buscó definirse por oposición, sino por afirmación. No fue un "yo no soy Pedro", sino un "yo soy este". Y eso, en política, es revolucionario. Hasta quienes han criticado esa manía suya de mirar siempre hacia Sánchez deben admitir que, por fin, el foco estuvo en el sujeto y no en el enemigo.
Feijóo delineó el contorno de su partido como quien pinta una silueta en una cueva oscura. Explicó qué es el PP, qué no es, y —más importante aún— por qué hay quienes aún militan en él sin necesidad de odiar a los demás. Que no todo se reduce al sanchismo ni a su antónimo. Que hay un proyecto que se llama Partido Popular y que él pretende liderar desde el centro exacto de su convicción.
En un momento en que muchos líderes no quieren ser más que una consecuencia del algoritmo, ver a alguien intentar ser causa —querer acontecer en lugar de simplemente ser acontecido— fue, por decirlo sin miedo, esperanzador.
Y luego vino el final. El himno. A menudo, el himno de España suena a cartón-piedra o a decorado patriótico. Ayer, no. Ayer cerró un discurso que no necesitó envoltorios, porque lo que estaba envuelto era una voluntad: la de gobernar con ideas y no solo con eslóganes.
Feijóo no ha llegado a la Moncloa, pero ayer pareció creerse capaz. Y eso, en los tiempos que corren, ya es bastante.
*Abelardo Bethencourt, cofundador y director general de Ernest.
Cuando uno cumple años, uno va a escuchar un discurso como quien asiste a un rezo ya aprendido: sabiendo lo que se va a decir, cómo se va a decir y en qué momento se dirá amén. Desde 2004 he acudido demasiadas veces a esta misa azul del Partido Popular como para esperar revelaciones. Pero el hábito no inmuniza contra el asombro, y ayer, en la clausura del Congreso Nacional del PP, algo se agitó.