Tribuna
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Una izquierda ebria de moral
Quien se cree moralmente mejor siempre encuentra razones para despreciar al discrepante porque su razonamiento deductivo es un silogismo averiado: "Si yo soy una buena persona, el que disiente de mis opiniones ha de ser una mala persona"
Lo peor de la izquierda es, precisamente, lo que cree que la hace mejor. La superioridad moral se ha convertido, en sí misma, en un problema moral. Y también en uno político.
Quien se cree moralmente mejor siempre encuentra razones para despreciar al discrepante, incluso para deshumanizarlo, porque su razonamiento deductivo es un silogismo averiado: "Si yo soy una buena persona, el que disiente de mis opiniones ha de ser una mala persona". Solo escapan a ese juicio ligerísimo y falaz los que, por condición social, habrían de votar a la izquierda y, sin embargo, no lo hacen. A estos aún se les reserva aquel desdén clasista de la "falsa conciencia": son ignorantes. De hecho, se nos recuerda que en la cumbre de la necedad hay "un obrero de derechas".
Cualquier análisis de la realidad que parta de la asunción de que al menos la mitad de los ciudadanos son malvados o imbéciles conduce a conclusiones que, además de erradas, son funestas.
Al amparo de esta lógica moralizante se levanta un muro entre españoles —eso que llamamos polarización afectiva— que entra en conflicto con la propia democracia: la alternancia política deja de ser un mecanismo normal del liberalismo para entenderse como una desgracia, porque significa el relevo por el que el poder pasa de los buenos a los malos. Solo bajo ese prisma se entiende la honestidad brutal de un presidente que admite haber perdido la mayoría social pero supedita esa legitimidad a una de orden superior: la que identifica el gobierno de la izquierda con la armonía moral del universo y el consentimiento en la alternancia con la violación de un primum non nocere del socialismo. Lo primero es que no gobierne la derecha.
Opinión No la ultraderecha —eso es solo un pretexto retórico—, sino cualquier derecha. Cuando es la no-izquierda lo que se repudia, solo un poco de derecha es demasiado.
La hipertrofia del discurso moral ha dado lugar a un puritanismo digno de mejor iglesia. Puede comprobarse en las reacciones de los —y, sobre todo, las— dirigentes socialistas a las informaciones que vamos conociendo sobre la trama de corrupción que afecta al Gobierno y al PSOE. Que las mordidas hayan abochornado menos que la prostitución da cuenta de que pesa más el pecado que el delito, quizá porque se sale de la cárcel, pero no se sale del infierno. Y el de leso feminismo es hoy pecado mortal. Por lo demás, vuelve a comprobarse que las contradicciones persona-personaje no se pueden cabalgar eternamente, como aprendió con trauma —aunque sin condena— Íñigo Errejón.
Opinión No es que la política deba ser ajena a la moral, claro. Los padres del liberalismo europeo fueron antes moralistas que economistas, juristas o filósofos. Pero aquel "espectador imparcial" que observó Adam Smith o aquella "ley moral" que Kant encontró dentro de sí mismo nos impelían a ponernos en el lugar del otro y a examinar de forma crítica nuestras propias acciones. La moral, al contrario que las bayonetas, sirve para todo, menos para arremeter contra los demás.
La superioridad moral es un problema moral, pero también político. Durante una sesión de control reciente, Gabriel Rufián le espetó a Pedro Sánchez: "La izquierda no puede robar. No podemos robar. Esta gente, sí". Huelga decir que "esta gente" es la derecha. Porque la derecha es mala. Sánchez respondió con indignación: "¡La izquierda no es corrupta! ¡La izquierda no roba!". Incluso si hiciéramos el ejercicio olímpico de creer que el presidente no sabía nada de lo que hacían sus consecutivas manos derechas, es evidente que el estado de ebriedad moral desprotege frente a la corrupción: a los gobiernos, que relajan los controles internos, y a sus votantes, que relajan la fiscalización del poder. Porque la izquierda no roba.
El conflicto aparece cuando las grabaciones de la UCO desmontan el relato. Queda entonces perjurar, como Santos Cerdán, que todo es mentira, que es una cosa como de Los Hermanos Marx: ¿A quién van a creer, a mí o a sus propios oídos? O hacer como Sánchez, que llama "operación de demolición moral" al trabajo de los jueces. Aunque, en el caso de Sánchez, la moral es solo un recurso narrativo, pues la suya es una moral extravagante: una que confunde el bien con el beneficio personal.
Opinión Hace unos días, en las páginas de El País, Javier Cercas reclamaba la dimisión del presidente en un artículo valiente y necesario que también rechazaba la superioridad moral de la izquierda. Parecía, sin embargo, incurrir en ella cuando afirmaba que "si la izquierda se desentiende de la democracia" bloqueando la alternancia, "deja de ser izquierda". Las contorsiones lógicas no suelen resolver las disonancias cognitivas y, además, no hace falta: históricamente, la izquierda democrática —como la derecha democrática— ha sido la excepción y no la norma. Tomar conciencia de esta flaqueza debería servir para que todos nos quitáramos un poco de solemnidad y nos miráramos con algo más de indulgencia.
*Aurora Nacarino-Brabo, politóloga y diputada del Partido Popular.
Lo peor de la izquierda es, precisamente, lo que cree que la hace mejor. La superioridad moral se ha convertido, en sí misma, en un problema moral. Y también en uno político.