A ambos políticos, usando a Borges, "no los une el amor sino el espanto" o, menos poético, su alianza responde a la "intersección máxima de necesidades mutuas"
Sánchez e Illa, en la Conferencia de Presidentes. (EFE/Alejandro García)
En el momento de mayor presión en su presidencia, la revelación del caso Cerdán, Pedro Sánchez tuvo a su lado, en Moncloa, a Salvador Illa. Probablemente para consejo, coordinación y, ya que compartieron los meses difíciles del Covid, para compañía y consolación. Es llamativa la cercanía y confianza entre dos políticos tan distintos en personalidad. Son una "extraña pareja."
La expresión "la política hace extraños compañeros de cama", es la adaptación libre de la frase de uno de los personajes de La Tempestad de Shakespeare, referida a la búsqueda de apoyo, en momentos de necesidad, aunque sea de "extraños". Sánchez es cínico, Illa católico (su pecado, potencial, es la hipocresía, que no es pecado capital, pero sí es grave). El cinismo es el estilo político propio de la capital. La ocultación, tras fachada de humildad y austeridad, el de la sociedad civil e institucional catalana. El político madrileño es materialista, Illa es austero.
El líder del PSOE individualista, su ideología es su carrera: como ha dicho recientemente de Sánchez un dirigente europeo (The Financial Times, junio 26) "he tried to make it all about him"; el líder del PSC proyecta sentido de pertenencia, sea a una comunidad local, religión o cultura. Uno, al modo político norteamericano, exhibe esposa; el otro discreto con la familia. Illa, con la resistencia estratégica del corredor de maratones que es. Sánchez, de reacciones breves, tácticas y pugnaces. Uno nombró a dos secretarios de organización que acabaron investigados por corrupción. El otro es el aliado más importante de un presidente que nombró a dos secretarios de organización del partido que acabaron investigados por corrupción.
Ambos partidos, federados, son tan diferentes como Illa y Sánchez. Oscilando el PSOE entre hiperliderazgo y crisis. Disciplinado, cauto, el PSC. Hoy éste es la parte dominante de la pareja, porque Cataluña es la última bolsa de votos fiel al PSOE. Años atrás, ya muchos, era al revés, Felipe González garantizaba resultados al PSC.
Estratégicamente, las diferencias son sustanciales. El PSOE opera solo en el eje derecha/izquierda. El PSC está forzado a jugar en dos ejes, el ideológico y el nacionalista, por eso un solo adjetivo, socialista, no refleja su naturaleza. En España los partidos se autonominan lo contrario de lo que son. Sumar es Restar. Podemos es mera supervivencia. El PSOE es plurinacional. Junts, divididos. El PP es PnoP, partido no popular, sólo gobierna en periodos de auto derribo del PSOE. Hace pocos días, uno de los consellers del gobierno Illa, Espadaler, confeso demócrata cristiano, reconocía que el PSC se parecía cada vez más a Convergencia. Incluso se podría precisar más, a Convergencia i Unió, ambos, con matices, versiones catalanas de las democracias cristianas europeas.
La sincera denominación actual del PSC debería ser Partido Demócrata Cristiano de Cataluña, cuya filosofía de base confesa es lo que Illa llama humanismo cristiano, respetable perspectiva, pero sin definición política. Una etiqueta que no molesta a nadie porque cabe todo en ella, porque esquiva, idealista, todo conflicto. Eficaz para no comprometerse en las divisiones sociales y políticas de Cataluña. Cuando un partido como el PSOE compite en un solo eje, derecha e izquierda, y no se es mayoritario, la polarización es una estrategia competitiva interesante. Así hicieron Zapatero, Sánchez y, en el PP, Aznar. Cuando hay dos ejes o más, la mejor estrategia es por elevación, la pretensión de unidad.
La ideología original del PSC es la misma que la ficción pujolista de que existe una Cataluña, cuando existen dos, evidenciadas en 2017. Una trabajadora y de cultura española. Otra, las clases altas barcelonesas asociadas con los restos autóctonos del interior comarcal, de desaparición demográfica próxima. Y emergiendo, una tercera, la nueva emigración.
El origen del PSC, fusión en 1978 de varios partidos socialistas, estuvo en el miedo a tener en España otro conflicto nacionalista a añadir al vasco. Fue originariamente un artefacto donde los obreros emigrados del cinturón de Barcelona ponían los votos y los sectores locales, catalanistas, la dirección. Algunos de estos últimos, décadas después, se unieron al independentismo, como Ernest Maragall, Geli, Joaquim Nadal, Mascarell, Elena, Comín y otros. No fueron "traidores de clase", porque no eran clase trabajadora, salvo Elena, pero si "quinta columna". En colusión con el pujolismo, el PSC deliberadamente perdía las elecciones a la Generalitat, presentando como candidato a Raimon Obiols, de formación intelectual catalanista, ajeno a los votantes mayoritarios del PSC: trabajadores de cultura castellana. Maragall fue otro candidato burgués ilustrado, tan individualista que acabó siendo incontrolable e insoportable para los cuadros del partido y sustituido por Montilla, quien en su síndrome de impostor como President de la Generalitat permitió que media Cataluña, en el mayor de los casos, se autoproclamase como toda Cataluña. De Iceta quedaba claro que, en lo referente al "procés," se apuntaría a ganador.
Illa tiene mérito personal y político. No es hijo de clase privilegiada, culto con cinco años de estudios de filosofía, MBA de una buena escuela de negocios, experiencia ejecutiva municipalista, autonómica y estatal. Sabe lo que es un partido disciplinado. Ministro. Lo tiene todo, como ninguno antes en el PSC, incluso como ningún líder autonómico hoy en España. Su estilo amable y moderado —ya es un "carácter", un "personaje"— encaja en una Cataluña donde el hartazgo de conflicto es elevado. Su declarado y verosímil humanismo es un conveniente, cubre todo ideológico para una sociedad tan dividida. Oculta la realidad, pero sirve políticamente. Como en su día para Convergencia i Unió. Ya es un perfil votable en el conjunto de España.
A Illa y Sánchez, usando a Borges, "no los une el amor sino el espanto" o, menos poético, su alianza responde a la "intersección máxima de necesidades mutuas", alineando cesiones al independentismo para seguir en sus presidencias. Sánchez lo necesita para proteger a su esposa desde Moncloa. Illa para crear un clima en Cataluña en el que volver al conflicto nacionalista parezca demasiado costoso.
La prueba última del carácter de Illa es saber cuánto mantiene la extraña pareja con Sánchez, con quien está tan identificado. Si aparecen más irregularidades y el presidente cae, lo puede arrastrar en la caída. Si toma la iniciativa de la separación demasiado pronto se puede quedar sin presidencia de la Generalitat. Ninguna filosofía le va a ayudar en esta decisión. Mejor referencia son las historias de emancipación política de Thatcher, Merkel y Macron. Es el dilema de manejo de tiempos más interesante de la política española.
*José Luis Álvarez, doctor en Sociología por la Universidad de Harvard y profesor de INSEAD, Francia.
En el momento de mayor presión en su presidencia, la revelación del caso Cerdán, Pedro Sánchez tuvo a su lado, en Moncloa, a Salvador Illa. Probablemente para consejo, coordinación y, ya que compartieron los meses difíciles del Covid, para compañía y consolación. Es llamativa la cercanía y confianza entre dos políticos tan distintos en personalidad. Son una "extraña pareja."