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El 'procés' murió. Los indepes lo han sustituido por la histeria lingüística
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Ramón González Férriz

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El 'procés' murió. Los indepes lo han sustituido por la histeria lingüística

Este verano se ha desatado una campaña de nacionalistas contra quienes deciden no hablar catalán. Sobre todo, inmigrantes latinoamericanos. Es un episodio de pánico identitario que perjudicará aún más a esa lengua

Foto: Manifestación por la situación del catalán en la Diada de Sant Jordi de 2025. (Europa Press/Lorena Sopêna)
Manifestación por la situación del catalán en la Diada de Sant Jordi de 2025. (Europa Press/Lorena Sopêna)
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El procés tuvo muchas causas. Pero una de las más importantes fue la creencia, sostenida por la mayoría de nacionalistas, de que la lengua catalana está condenada a volverse marginal si Cataluña no se independiza.

Esa creencia tiene algo de paranoico: hoy más gente sabe catalán, y este tiene más presencia pública y más apoyo institucional, que en cualquier otro momento de la historia reciente. Pero también se basa en un hecho real: como demuestran los últimos estudios, los jóvenes están abandonando la lengua catalana, esta es muy minoritaria en el cada vez más importante mundo digital y buena parte de la inmigración —casi un 20% de la población total— no la ha aprendido.

Desde que ha quedado claro que la independencia es inviable a medio plazo, y que la Generalitat y el Ayuntamiento de Barcelona están en manos del PSC, que los independentistas consideran un partido españolista, su angustia por la supervivencia del catalán no ha dejado de aumentar. Este verano eso se ha traducido en una táctica obsesiva: señalar e intentar desprestigiar civilmente a quien no la hable. Sobre todo, a los inmigrantes latinoamericanos, que muchos consideran una nueva y taimada herramienta de "españolización".

Del teatro al frutero

El caso más visible se produjo cuando, en un acto contra la discriminación organizado por el Ayuntamiento de Barcelona, un grupo de teatro formado por latinoamericanos representó una obra en la que parodiaba la actitud de los funcionarios y las empresas que se niegan a hablar en castellano con inmigrantes recién llegados. Los ataques a la directora —una mujer colombiana que trabaja en una ONG dedicada a la integración— fueron histéricos: el jefe de la oficina de Carles Puigdemont la llamó "hija de puta"; la líder de Aliança Catalana, Sílvia Orriols, le pidió que se marchara de Cataluña; un periódico independentista publicó una noticia titulada "¿Qué sabemos de la directora del polémico gag sobre el catalán?", en la que detallaba incluso el precio de los estudios que había cursado. Y ciudadanos privados se dirigieron a la ONG para exigir su despido.

Foto: un-sketch-contra-la-discriminacion-del-castellano-revoluciona-al-ayuntamiento-de-barcelona

Se podría pensar que fue una mera excusa para dañar políticamente al PSC, que corrió a pedir disculpas de una manera humillante y que, en respuesta, ha creado una nueva figura en el Ayuntamiento para evitar esta clase de episodios, ominosamente llamada "comisionada para el uso social del catalán". También es cierto que se trata de la enésima muestra de la competición entre los partidos nacionalistas para aparecer como los más intransigentes en materia lingüística ante unos votantes que se sienten engañados por el establishment que prometió la independencia.

Pero no se trata solo de eso. Sino de un episodio de pánico. En las últimas semanas, personajes pertenecientes al pequeño ecosistema mediático catalán han hecho llamadas al boicot de un bar de la zona alta de Barcelona porque una camarera se negó con malos modos a poner una canción de un grupo catalán, han insistido en que no se debe hablar en castellano con el frutero para no dar mal ejemplo a los niños, han denunciado a un médico por pedir a un paciente menor que hable en castellano, han acusado a los no catalanoparlantes de tener problemas cognitivos o han señalado a una argentina residente en Barcelona que dijo en un video de TikTok que sentía aversión por lo catalán. Todas esas cosas, creen, vulneran un derecho que en realidad es imaginario: el derecho a "vivir íntegramente en catalán"; es decir, a que nadie se dirija a ellos en una lengua que no sea el catalán. Y, sobre todo, que sea el castellano.

Foto: tres-expertas-denuncian-en-el-parlamento-europeo-las-multas-por-no-rotular-en-catalan

Quizá todo esto responda a la dinámica de victimismo y boicot que rige las redes sociales y la lucha política de nuestro tiempo. Pero también refleja el pánico identitario en el que viven sumidos muchos independentistas. En tiempos de Pedro Sánchez, estos ya tienen un poco más difícil culpar del declive del catalán al Estado español, como han hecho tradicionalmente: Sánchez no solo ha defendido su uso como lengua oficial en Europa, sino que ha transigido en que la televisión pública española tenga un canal íntegramente en catalán, buena parte de cuya programación ha dejado en manos de productoras y periodistas independentistas. Los nacionalistas más perspicaces se dan cuenta de que la aparente disminución del uso cotidiano del catalán, de hecho, es consecuencia de un enemigo mucho más imbatible: la globalización, que concede una "prima" a las lenguas grandes como el español entre los turistas internacionales, en los algoritmos del mundo digital y en las decisiones de los migrantes. Lo irreversible de esta tendencia aumenta aún más su nerviosismo.

El procés tal como lo conocíamos, ha muerto. Pero lo que viene ahora será perverso. Una parte relevante de la población catalana, por lo general la más rica y con más visibilidad pública, se siente víctima de una "catalanofobia" casi global y ve en todas partes a enemigos de su identidad. Pero, sobre todo, entre aquellos que han cometido la temeridad de pensar que, al instalarse en Cataluña, lo estaban haciendo simplemente en una región de España. A ojos de los independentistas, eso es una ofensa mayor que merece el descrédito civil.

Las dinámicas de la globalización, es cierto, están perjudicando el uso del catalán. Reaccionar a ello con esta histeria le generará un perjuicio mayor: agravará la tendencia a que el catalán se convierta en una lengua antipática y de clase.

El procés tuvo muchas causas. Pero una de las más importantes fue la creencia, sostenida por la mayoría de nacionalistas, de que la lengua catalana está condenada a volverse marginal si Cataluña no se independiza.

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