El choque Barcelona-Madrid es incluso peor de lo que parece
La propuesta del cupo catalán es propia de nuestras singularidades territoriales. Pero también fruto de una dinámica global: las ciudades perdedoras de la globalización quieren protección política para evitar un mayor declive
El presidente de la Generalitat de Cataluña, Salvador Illa, saluda a la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, a su llegada a la XXVIII Conferencia de Presidentes. (Europa Press/Archivo/David Zorrakino)
¿Por qué un cupo para Cataluña y por qué ahora? Esta pregunta tiene varias respuestas. Pedro Sánchez está dispuesto a cualquier cosa para seguir en el poder. Las élites nacionalistas catalanas se han dado cuenta de que la independencia es imposible a medio plazo y están dispuestas a conformarse con unos cuantos miles de millones de dinero público extra. Salvador Illa quiere convertir al PSC en la nueva Convergència i Unió, un partido-movimiento que monopolice orgánicamente la defensa de Cataluña.
Todas esas razones son ciertas. Pero existen otras que son de fondo y que afectan a toda Europa y a buena parte del mundo. El sistema económico global, basado cada vez más en la información y las finanzas, está haciendo que las grandes capitales concentren más población, talento, rentas, capital y valor simbólico. Ante ello, las ciudades medianas y las zonas rurales se sienten postergadas y advierten constantemente los síntomas de su propio declive. Sabedoras de que no pueden competir con esas capitales, a las que acusan de elitismo y corrupción, exigen a sus Gobiernos nacionales una protección especial que les permita seguir prosperando.
El Brexit ganó, en parte, por la aversión que zonas del norte de Reino Unido sienten contra Londres. En Francia, Agrupación Nacional es, básicamente, un partido ruralista, que triunfa en las ciudades de provincias con el mensaje de que las élites capitalinas han traicionado al resto del país y están concentrando toda la riqueza. Donald Trump ataca de manera constante a Nueva York, su propia ciudad, porque sabe que muchas partes del país detestan su apertura, su cosmopolitismo y su riqueza. En Cataluña este resentimiento contra la capital se adorna con agravios seculares y retórica nacionalista. Pero la causa es la misma.
Una dinámica global
Madrid no es aún una gran capital global. Pero está en camino de serlo y de adquirir las ventajas que tienen estas. La mayoría de esa clase de ciudades crecen más rápido que el resto de sus países. En muchos de ellos existe un verdadero pánico ante el declive demográfico, pero las áreas metropolitanas de esas ciudades siguen creciendo. Los jóvenes de provincias talentosos y ambiciosos siguen marchándose a la capital porque es la decisión más racional en términos educativos y económicos.
Nuevo choque entre Ayuso e Illa por el modelo fiscal madrileño
Madrid encaja en esas grandes dinámicas, y lo hace de una manera especialmente robusta, porque sus gobiernos local y regional han apostado por la desregulación, los impuestos bajos y la apertura a la internacionalización. Lo cual, por supuesto, genera sus propios problemas, como lo que parece una incipiente burbuja en el sector educativo privado o un mercado inmobiliario absurdo.
Barcelona lo tenía difícil para prosperar en este contexto que da una enorme prima a la capitalidad. Pero, además, decidió adoptar las estrategias equivocadas. Las élites empresariales que apoyaron el procés hoy reconocen en privado que, en términos económicos, este supuso una década perdida. Algo parecido, aunque en voz aún más baja, dicen los profesionales de la cultura: se han pasado diez años mirando hacia adentro, reconocen, no hacia fuera. La apuesta por el turismo ha sido ganadora durante mucho tiempo y ha dado excelentes resultados económicos, pero buena parte de la población se ha hartado de ella por las innumerables molestias que ocasiona. La cultura política catalana, además, está basada en una intensa regulación y la generación de escasez artificial de determinados bienes. Y en un gasto público que la sociedad exige y que requiere impuestos mucho más altos que en Madrid. Quizá eso fuera viable en otro tiempo, pero hoy no lo es para una ciudad destinada lamentablemente a ser de segundo orden. Requiere ayuda. El precio psicológico es inmenso: la élite catalana está reconociendo que, de hecho, es ya incapaz de competir con Madrid sin la protección del Gobierno de Madrid.
¿Por qué peor?
Si el titular de esta columna dice que el problema es más grave de lo que muchas veces pensamos es porque, a diferencia de lo que creen Illa o Sánchez, el cupo no solucionará este problema estructural y global. Lo que hará es agravar su carácter crónico y la necesidad de cada vez más protección para las élites catalanas. Actuará como lo hace el petróleo en algunas sociedades que disponen de él: dando incentivos para generar una economía aún más autocomplaciente y no tener que innovar.
El problema que enfrentan hoy las ciudades medianas y las sociedades rurales que viven a la sombra de las grandes capitales es irresoluble. Están condenadas a perder recursos, gente y autoestima. Si en Reino Unido vuelve a producirse una revolución económica, esta no se producirá en Liverpool o Birmingham como en el pasado, sino en Londres. En el comercio global, Burdeos no volverá a hacerle sombra a París. Incluso Milán parece estar instalada en una suave decadencia. El caso de Barcelona es parecido, solo que esta dispone hoy de un coyuntural poder político que tal vez le permita gozar de esa protección especial. De más está decir que, si sale adelante, saldrá mal.
¿Por qué un cupo para Cataluña y por qué ahora? Esta pregunta tiene varias respuestas. Pedro Sánchez está dispuesto a cualquier cosa para seguir en el poder. Las élites nacionalistas catalanas se han dado cuenta de que la independencia es imposible a medio plazo y están dispuestas a conformarse con unos cuantos miles de millones de dinero público extra. Salvador Illa quiere convertir al PSC en la nueva Convergència i Unió, un partido-movimiento que monopolice orgánicamente la defensa de Cataluña.