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Los políticos no saben la crisis que les viene con la vivienda
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Ramón González Férriz

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Los políticos no saben la crisis que les viene con la vivienda

Los problemas relacionados con el acceso a un piso han marcado los grandes sobresaltos de la política española. Los gobernantes actuales no tienen ni idea de qué hacer con esta crisis. La consecuencia será una nueva radicalización

Foto: Manifestación por la vivienda. (EP/Alberto Paredes)
Manifestación por la vivienda. (EP/Alberto Paredes)
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Durante las últimas décadas, los ciclos económicos de España han estado fuertemente vinculados al comportamiento del mercado inmobiliario. Las crisis políticas, también.

La primera movilización transversal que organizó mi generación tuvo que ver con la vivienda. Fue en el punto álgido de la burbuja, en 2007, y su lema no era muy sutil: "No vas a tener casa en tu puta vida". Nadie hizo mucho caso a esos chavales porque un rasgo peligroso de nuestra cultura económica consiste en pensar que si los pisos están muy caros es porque todo va bien.

Un par de años después, los jóvenes seguían sin poder acceder a un piso. Pero no porque estos fueran caros, sino porque el desempleo era salvaje y el crédito se había esfumado. Cuando organizaron el 15M, clamaron contra los recortes sociales de Rodríguez Zapatero, y también contra la corrupción y el bipartidismo. Seguramente eso les importaba, pero su preocupación principal era otra: el desclasamiento. Esos jóvenes universitarios procedentes de la clase media temían por encima de todo no poder seguir siendo de clase media. Y en la cultura española, ser de clase media implica tener un piso. El auge de Podemos en 2014 tuvo muchas causas, pero una de las más importantes fue la vivienda.

¿Un problema superado?

Durante la década posterior, la sensación fue de calma. El stock de pisos era abundante, estos eran baratos, los tipos eran bajos y la economía crecía. Los políticos pensaron que ese problema había desaparecido de nuestras preocupaciones. En todo caso, ellos dejaron de pensar en la cuestión. No se preguntaron si las regulaciones que habían quedado tras el estallido de la burbuja, y las que se fueron añadiendo después, serían demasiado rígidas cuando hubiera que volver a construir. Si las reglas de gasto que ponían límites estrictos a los ayuntamientos afectarían a la capacidad de estos para impulsar nuevas promociones. Si la llegada masiva de inmigrantes, y el consiguiente aumento de la población, no hacía necesario volver a construir.

Foto: la-gran-batalla-ideologica-de-la-vivienda

El arquitecto Fernando Caballero escribió la semana pasada en este periódico sobre la necesidad de construir más viviendas en la zona de mayor crecimiento del país, Madrid. Y el mes que viene, el sociólogo Jorge Galindo publicará el libro Tres millones de viviendas, un brillante ensayo sobre la descompensación entre el número de nuevos hogares y la escasez de casas, que sugiere medidas políticas que faciliten la construcción masiva y generen una abundancia que reduzca los precios.

Estoy completamente de acuerdo en que la receta para salir de esta nueva crisis es construir mucho. Sin embargo, los políticos no tienen claro si quieren o pueden facilitar esa construcción. En España, la bajada del precio de los pisos genera la sensación de empobrecimiento entre quienes tienen uno, más del setenta por ciento de la población, por lo que no es una política que encante a los partidos. Pero mientras se deciden, se está generando una crisis política comparable a las que he mencionado anteriormente. Mientras la izquierda gobierne no adoptará la forma de manifestaciones y lemas provocadores: Pedro Sánchez ha conseguido que los votantes de los partidos que forman parte del gobierno muestren una sumisión absoluta a este y no quieran generarle ningún problema. Pero se tratará de una crisis que puede beneficiar a los partidos que están en los extremos del sistema —Podemos y Vox ya han tomado nota—, producir un descrédito generalizado de la política, suponer un inmenso problema reputacional para todos los sectores vinculados a la vivienda y generar una cacería mediática contra los supuestos culpables: los turistas, los inmigrantes, los caseros, los inversores o hasta los viejos, que acaparan la mayor parte de las propiedades.

Foto: vivienda-sociedad-de-tasacion-precios-brecha-generacional

Hasta ahora, el gobierno nacional y los autonómicos se han culpado entre sí de la crisis y la han utilizado para seguir con su obsesiva y ensimismada batalla ideológica. Pero no han hecho nada mínimamente creíble para solucionar el problema. Mientras, la crisis va creciendo. El último sondeo del CIS muestra que la vivienda es la mayor preocupación de los españoles. Y los pisos se han convertido en un tema de conversación obsesivo no solo entre jóvenes precarios. Sino también entre los profesionales de mediana edad e ingresos altos, que son quienes tienen una verdadera influencia política.

En lo que llevamos de siglo XXI, las grandes crisis españolas —las que han cambiado el sistema de partidos, o la configuración del mapa bancario, o la reputación de muchas grandes empresas— han estado vinculadas al mercado de la vivienda. Y siempre han estado dominadas por un sentimiento: el miedo al desclasamiento. Ese miedo tiene poderosos efectos en la psicología y la decisión de voto de los ciudadanos. Como se ve en la cháchara sin fundamento de Sánchez y su ministra de Vivienda, o sus homólogos autonómicos, los grandes partidos aún no tienen idea de qué hacer con este problema. Su impacto va a ser enorme y, dado que buena parte de la élite estará completamente desprevenida, supondrá un nuevo episodio de radicalización. Aunque aún no sabemos en qué dirección.

Durante las últimas décadas, los ciclos económicos de España han estado fuertemente vinculados al comportamiento del mercado inmobiliario. Las crisis políticas, también.

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