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Punto ciego en España, punto de fuga en Europa: la paradoja de un nacionalismo europeo
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Punto ciego en España, punto de fuga en Europa: la paradoja de un nacionalismo europeo

La resolución de nuestro entuerto interno a favor de un interés nacional brinda la oportunidad de contribuir a la integración desde un fondo histórico inédito: la España moderna y secular, expurgada de nacionalismo

Foto: Manifestación independentista organizada por la ANC por la Diada del 11 de septiembre en 2024. (EFE/Quique García)
Manifestación independentista organizada por la ANC por la Diada del 11 de septiembre en 2024. (EFE/Quique García)

Una de las cuestiones de psicología social en la opinión pública y el subconsciente colectivo que más llaman la atención es la identificación de cualquier intento de prefigurar un interés nacional en este país con la figura del dictador Franco, muerto en 1975. A la larga, ha constituido una rémora para desvirtuar la trascendencia de la Transición y la integridad de la Constitución española que abrieron uno de los periodos más felices de la España moderna.

En nuestro propio país resulta lacerante. Y ahí está nuestra deriva política en las últimas décadas para atestiguarlo. Sea con unos o con otros, la costumbre parlamentaria ha sido validar el papel bisagra del nacionalismo secesionista de cualquier pelaje, a costa de socavar el interés general. El punto ciego de la Constitución, ahí donde se pecó de ingenuidad, fue el reconocimiento de los derechos forales históricos a un territorio. Y el desarrollo desleal subsiguiente del Título VIII sobre las Comunidades Autónomas, a costa de los principios generales, terminando con la igualdad de todos los españoles ante la Ley. Sedición y financiación “singular” para Cataluña siguen el guion. Punto ciego que se manifiesta en el vaciamiento de un proyecto de interés nacional, escrutado el otro día por el Sr. Zarzalejos (Cómo hacer de Ayuso (y de Madrid) una ‘bestia negra’).

Pero también la opinión pública internacional presta a asociar esa prefiguración de interés nacional con la dictadura franquista. Recordemos aquel editorial de un periódico tan cosmopolita y reputado como el Financial Times, calificando la ley de amnistía como “un riesgo que merecía tomarse”, dando por útil la tesis del apaciguamiento. Si es saciable, no es nacionalismo. O lo que se ha tardado en Europa en tomarle la matrícula al inquilino de la Moncloa: más de una docena de desmentidos públicos, o “cambios de opinión”, cada uno de los cuales hubiera supuesto la dimisión de cualquier primer mandatario, allende los Pirineos. Dada la pomposidad, solemnidad y recato de las instituciones europeas con la soberanía nacional, probablemente no esperaban que tardara tanto en cocerse en su propia salsa, como así está ocurriendo.

En cualquier caso, sí es realista afirmar que esa asociación subliminal y esa disfuncionalidad política nos ha costado, sobremanera, en forma de coste de oportunidad. Y ahí están los datos de riqueza comparativa a veinte, treinta años. En la medida en que todo el esfuerzo político y legislativo durante décadas, se ha diluido el particularismo disolvente obviando el interés general. Los pactos de Estado y las reformas estructurales han brillado menguantemente, de más a menos. Y estos siete años aciagos, finalmente por su ausencia. La variable en la fórmula matemática mágica para incrementar productividad y salarios que falla es la integridad del marco institucional. (Dos 'The Economist' y un destino).

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Tristemente, el frentismo del muro postulado por la izquierda sanchista que abraza los nacionalismos regionales para preconizar una España “plurinacional” aporta lecciones ligadas a los peores pasajes de aquella otra que se hacía llamar “republicana”. Ambas han demostrado tener un concepto muy espurio del interés nacional, de la ley y el orden que comporta. A costa de confundir “Gobierno” y “Estado”, los republicanos se cargan la base del marco constitucional.

Y no quita que el nacional-catolicismo fuera un anacronismo reaccionario en pleno s. XX -tanto más flagrante ahora en la España moderna, cuyo índice de secularidad alto se equipara al resto de Europa-. Como tampoco que el desarrollismo económico de las últimas décadas franquistas fuera muy eficaz por mor de una costumbre arraigada de ley y orden. La misma que, desde el consenso y el pluralismo político, permitió un tránsito a la democracia liberal, con su vértice jurídico jerárquico en derechos y libertades individuales, ejemplar en la Historia.

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A la espera de que Europa dé la puntilla a esta legislatura nefasta impugnando la ley de amnistía, si no llega antes, no está de más plantearnos qué puede hacer políticamente este país con un interés nacional que se va a conjurar avalado por las urnas. La pregunta es especialmente oportuna por un contexto europeo crítico. La fisonomía política ha girado a la derecha y Europa afronta un dilema existencial con el choque entre la derecha liberal clásica y los nacionalismos reaccionarios. Desde que nos volcamos al resto del mundo, a la historiografía le cuesta identificar qué hayamos contribuido a Europa, amén de un espectáculo de solipsismo identitario.

“¿Qué sería de Europa sin la pobre España?”, se preguntaba Albert Camus, una referencia moral para toda Europa a mediados del siglo pasado. Impresiona la profundidad de la sentencia por encapsular una enorme verdad histórica. Mientras los siglos XV, XVI y XVII son testigos de la gesta hispánica diseminando la especificidad propia de lo europeo y volcando el legado de la Antigüedad clásica por el mundo, la articulación política se destila en nacionalismos sangrantes, cismáticos, religiosos. Y toda esa sucesión de Imperios que culmina en el paroxismo de las guerras mundiales del siglo pasado.

Sobre las cenizas de aquello y contrapunto a la deriva nacionalista, se erige e integra la UE, desde hace ya tres cuartos de siglo. La perspectiva de fondo, el punto de fuga, los designios universalistas de Occidente, priorizan al individuo y la persona sobre cualquier articulación colectiva que, tentada a negar al otro, redunda en nacionalismo.

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Tras un siglo de expansión económica vertiginosa, de globalización y sus efectos colaterales, Occidente se siente superado por su propia obra. Giros políticos ultranacionalistas y reaccionarios en países anglosajones, los fenómenos Brexit y Trump, lo confirman. Focalizamos en el aquí y el ahora: inmigración, geopolítica, competencia entre bloques y el típico discurso socialdemócrata a favor del multiculturalismo sólo puede tildarse de ingenuo. Con perspectiva realista, a una nimia década en vista, el asedio de todo lo que nos rodea -Trump, Putin, el islam o China-, conjura la paradoja de un nacionalismo europeo, la defensa férrea de un perímetro de intereses y valores.

Cuando nos sintonicemos con la fisonomía política que rige en Europa, la cuestión singular de este país para el concierto europeo es el acopio de la experiencia letal, histórica y reciente, política y económica, con el fenómeno “nacionalismo”. Conjugar la confrontación del punto ciego en nuestra articulación interna -que pase por la reforma de la ley electoral para evitar el secuestro del interés general-, con la inducción del debate político crítico por excelencia en el que literalmente nos jugamos Europa: derecha liberal y nacionalismo extremos en modo taifas. Sin confrontar, el problema recurre sin piedad. La pasividad ante la premura es la perdición asegurada.

La consigna elegida por el Partido Popular para la política interna, ex pluribis, Unum, de la pluralidad, Uno, es exactamente extrapolable a la política exterior y al predicamento europeo. La resolución de nuestro entuerto interno a favor de un interés nacional brinda la oportunidad de contribuir a la integración desde un fondo histórico inédito: la España moderna y secular, expurgada de nacionalismo. Ser implacable con los devaneos escapistas de nuestros socios mayoritarios, franceses y alemanes. Exponer las vergüenzas de los llamados Patriotas por Europa, vendidos a la estrategia disolvente de Trump y Putin. Estos mismos que están por disponernos en unos días.

*Fernando Primo de Rivera, autor de La economía que viene… (Editorial Arzalia).

Una de las cuestiones de psicología social en la opinión pública y el subconsciente colectivo que más llaman la atención es la identificación de cualquier intento de prefigurar un interés nacional en este país con la figura del dictador Franco, muerto en 1975. A la larga, ha constituido una rémora para desvirtuar la trascendencia de la Transición y la integridad de la Constitución española que abrieron uno de los periodos más felices de la España moderna.

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