Con esfuerzo y debate leal cabe encontrar un camino que restañe heridas y restablezca los puntos de encuentro y los espacios compartidos en los que ponerse de acuerdo para saber cómo derrotar al fuego
Incendio forestal de este verano. (EFE/Pedro Sarmento)
"Ya sé que muchos han creído y creen que las cosas del mundo están hasta tal punto gobernadas por la fortuna y por Dios que los hombres con su inteligencia no pueden modificarlas; y por eso se podría creer que no vale la pena esforzarse mucho en las cosas sino más bien dejarse llevar por la suerte" advertía Maquiavelo en los párrafos iniciales del capítulo XXV de su formidableEl Príncipe, dando rienda suelta a un amargo sentimiento que nada tiene de vergonzoso y que él mismo confiesa haber padecido en ocasiones.
Las palabras del gran florentino parecen testimoniar la desesperación que le consumía desde las entrañas por aquellos días de 1513, cuando refugiado en su Albergaccio de San Cascianoin Val di Pesa, se afanaba en redactar el tratado más controvertido de la política moderna. Un ensayo concebido de corrido en pocas semanas que tiene mucho de memorial autorreferencial, del que tenemos noticia exacta por la correspondencia mantenida con su amigo Francesco Vettori, que incluye la famosa carta de 10 de diciembre – la más citada de la literatura italiana - donde da cuenta de los dolorosos latigazos con que le afligía la desgracia de sobrevivir a duras penas en el destierro de su amada Florencia.
Es entonces cuando aparentemente se adueña de su ánimo un pesimismo antropológico por veces difícil de digerir, que parece resignarlo ante la estupidez que de sólito gobierna las cosas humanas, y se rinde a la creencia de que el mundo se rige por fuerzas extrañas a nuestra voluntad que escapan a cualquier proyecto racional de dominio.
Pero como sucederá de continuo en su vida, se trata sólo de una estratagema en su argumentario literario. Le basta apenas una pausa para reponerse y volver a seguir avanzando en su inconmovible voluntad de quehacer. Puro ardid en su arte del buen decir porque, si continuamos leyendo, en el pasaje siguiente retomará presto el ánimo para advertir con firmeza que "No obstante, puesto que nuestro libre albedrío no se ha extinguido, creo que quizás es verdad que la fortuna es árbitro de la mitad de nuestras acciones, pero que también nos deja gobernar la otra mitad a nosotros".
Y —con un manejo magistral de la técnica narrativa que es capaz de entremezclar con precisión exacta reflexión intelectual y verdad efectiva de las cosas— añade: "La comparo a uno de esos ríos impetuosos que cuando se enfurecen inundan las llanuras, destrozan árboles y edificios, se llevan tierra de aquí para llevarla allá; todos les huyen, todos ceden a su furia sin poder oponerles resistencia alguna. Y aunque sea así, nada impide que los hombres, en tiempos de bonanza, puedan tomar precauciones, o con diques o con márgenes, de manera que en crecidas posteriores o bien siguieran por un canal o bien su ímpetu no fuera ya ni tan desenfrenado ni tan peligroso."
Toda su argumentación va deslizándose ágilmente hacia una conclusión que se evidencia terminante. Hasta podría decirse que se trata de una preparación de la conclusión definitiva, que por su naturaleza política es lo que ciertamente interesa al florentino.
"Lo mismo ocurre con la fortuna que demuestra su fuerza allí donde no hay una virtud preparada capaz de resistírsele, y así dirige sus ímpetus hacia donde sabe que no se han hecho ni márgenes ni diques que puedan contenerla".
Más de quinientos años después, en momentos como los que vivimos hoy los españoles, en los que fenómenos tan aciagos como el fuego que devora con furor ciego nuestros bosques —llevándose vidas, destruyendo haciendas y arruinando un patrimonio que es de todos— las palabras de Maquiavelo resuenan reveladoras. Tanto como si igualmente hubieran sido pronunciadas hace un año, cuando las terribles riadas de Valencia castigaron a sus desasistidos habitantes sin que pareciera haber resistencia alguna capaz de encauzarlas.
Y es que las enseñanzas del secretario florentino son la demostración fehaciente de para qué sirve la sabiduría de un clásico en momentos de pasmo en los que a nadie se le ocurre nada, y testimonian su colosal agudeza al entender que en la vida humana no hay nada frente a lo que derrotarse —ni con lo que conformarse— porque nada es irremediable. Que el hombre nunca debe negarse a afrontar los acontecimientos que le van saliendo al paso, so pretexto de la sorpresa o asumiendo que todo está perdido de antemano. Siempre existe la posibilidad de vencer la adversidad si se prepara adecuadamente la contienda.
Por eso, la reflexión de ElPríncipe viene que ni pintada en la brutalmente quemada España de hoy para preguntarnos si en nuestro Estado Autonómico fragmentado en una telaraña de competencias existen, o no —como denuncian los bomberos que exigen se apruebe una ley marco del art. 150.1 CE— mecanismos de coordinación suficiente para que los efectivos humanos que combaten el fuego dispongan diques bastantes para frenar su ímpetu. O para saber si gobernantes irresponsables que llevan más de una década contemplando durmientes cómo se queman los montes que ellos administran —aunque son nuestros— puedan exigir legítimamente que se respete su derecho al honor o a la presunción de inocencia. Igualmente, para explicar si en el mundo de la inteligencia artificial se han puesto en uso suficientes medios técnicos para prevenir que llamas enfurecidas nos arrasen, o tendremos que recurrir al Gran Hermano europeo para dominar la furia del fuego y reconducirla para que no nos calcine.
Es cierto pues, que la reflexión de este capítulo XXV de El Príncipe nos ayuda a creer que, preparándose tempranamente, es posible hacer frente a los desafíos de la naturaleza de manera mejor y más efectiva. Pero también nos obliga a pensar que - y contradiciendo a los que ven que la degradación de nuestras instituciones ha llegado al punto de no retorno en el que sólo cabe postración humillante y pesimismo conformista- con esfuerzo y debate leal cabe encontrar un camino que restañe heridas y restablezca los puntos de encuentro y los espacios compartidos en los que ponerse de acuerdo para saber cómo derrotar al fuego.
Y esta advertencia debe resultar extraordinariamente fecunda para refrescarnos a los españoles, la urgente necesidad de reconstruir un disenso, dentro del consenso, que nos lleve a clausurar para siempre la estéril forma de gobernar que ahora practicamos – por demás absolutamente agotada - que está acabando absurdamente con lo que se construyó en la Transición, y disponernos a entrar en otro periodo diferente a través del desarrollo de la Constitución en la que se puedan afrontar nuestras desgracias colectivas en una pluralidad construida con inteligencia y al alcance de la voluntad humana.
*Eloy García, catedrático de Derecho Constitucional.
"Ya sé que muchos han creído y creen que las cosas del mundo están hasta tal punto gobernadas por la fortuna y por Dios que los hombres con su inteligencia no pueden modificarlas; y por eso se podría creer que no vale la pena esforzarse mucho en las cosas sino más bien dejarse llevar por la suerte" advertía Maquiavelo en los párrafos iniciales del capítulo XXV de su formidableEl Príncipe, dando rienda suelta a un amargo sentimiento que nada tiene de vergonzoso y que él mismo confiesa haber padecido en ocasiones.