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País Vasco, antes la secesión que el chantaje
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Juan-José López Burniol

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País Vasco, antes la secesión que el chantaje

Hay que tener valor y salir de una vez de este calvario que nos corroe desde hace más de un siglo. No queramos hacer camino con alguien que no quiera ir a nuestro lado. Echémosle coraje, con la convicción de que nadie es necesario para nada

Foto: El alcalde de Bilbao, Juan María Aburto y el pregonero Francis Díez Rojo. (EP/Iñaki Berasaluce)
El alcalde de Bilbao, Juan María Aburto y el pregonero Francis Díez Rojo. (EP/Iñaki Berasaluce)

El pasado jueves día 14, durante la presentación del programa de estrategia contra las agresiones en el Aste NagusiaSemana Grande–, el alcalde de Bilbao, Juan-Mari Aburto, declaró lo siguiente: "No quiero que Bilbao se convierta en ningún pueblo del sur del Estado. No quiero que no se tenga respeto a la Policía Municipal o a la Ertzaintza". En este texto se dejan meridianamente claras dos ideas: Primera. Que España no existe, sólo existe un Estado, que es una cárcel de naciones irredentas, que sólo esperan alcanzar la ansiada independencia para sacar, como decían las folklóricas, "todo lo que llevan dentro" y asombrar a propios y extraños con sus logros. Segunda. Que se quiere preservar la inmaculada pureza euskalduna, siempre en riesgo de ser mancillada por el influjo del viento del sur, de sus gentes, de sus costumbres, de sus fiestas, de sus bailes, hasta del aire que respiran. No sé cómo se dice en vasco "nosaltres sols", pero es igual, lo digo en catalán, que se presta perfectamente para ello. Lo que los nacionalistas vascos quieren se resume así: "Nosaltres sols".

Ahora bien, el alcalde, poco después de decir lo que piensa y vista la reacción –sólo verbal- que despertó en las redes sociales, tuvo la peculiarísima gallardía –marca permanente de la casa- de afirmar que "donde dije digo digo Diego", declarando que "No tengo problema en pedir disculpas: los pueblos del sur son extraordinarios". Así, sin despeinarse: "extraordinarios"; ¡Chúpate esa! No le demos vueltas: a los españoles del sur, del este y del oeste, sin olvidar a los del norte –que los hay, muchos y muy sufridos- Aburto nos toma por idiotas, se cachondea de nosotros. Pero no es nada nuevo. Como muestra basta otro botón. Con ocasión del último Aberri Eguna, Andoni Ortuzar –aún entonces mandamás del PNV- dejó muy claro lo que, según él quiere hoy el País Vasco: "Ser una nación europea pujante y reconocida" y no solo "un barrio desconocido de las afueras de no sé qué sitio". El "sitio" es, obviamente, España. O sea que, hoy, Euskadi es un "barrio desconocido" en las "afueras" del "sitio" en que está "la que no tiene nombre, la que a nadie le interesa, la perdición de los hombres, la que miente cuando besa". Es decir, España. España es "esa". Una España de la que los nacionalistas dicen que hay que irse. Y este pensamiento, profundamente vivido, subyace sin duda en las sentidas palabras con las que Aitor Esteban Bravo se despidió del Parlamento español hace unos meses: "Gora Euskadi askatuta", esto es, "Viva Euskadi libre", libre también de Soria. ¿Con urgencia? Eso, sábelo Dios.

Estos hechos no son episodios singulares, sino que tienen un valor general, pues definen muy bien la actitud de los separatistas respecto a España: desdén, rechazo y choteo. Tres ingredientes que, mezclados y agitados, son un cóctel de alta graduación, susceptible de provocar una fuerte borrachera en quienes lo prodigan. Tanto, que puede llegar a privarles de una correcta percepción de la realidad y de una ajustada valoración de las fuerzas en presencia.

Ante esta situación que, como toda perversión del corazón, es irreversible e incurable, sólo nos queda a los españoles una doble opción: a) O aguantarnos y tragar, tragar y tragar hasta que, perdida ya toda dignidad y, con ella, toda voluntad de resistencia, abdiquemos ante estos penosos y lamentables "tigres de papel" que son los llamados nacionalismos periféricos, y asumamos como cobardes la extinción de España como una entidad histórica viva y como un proyecto político de futuro. b) O abrir la puerta para que se independice aquella comunidad autónoma que de veras quiera irse, tras rechazar su integración en un Estado federal simétrico, sin singularidad alguna distinta de las reconocidas por la Constitución; lo que exigiría modificar ésta, para que las Cortes pudiesen autorizar un referéndum de secesión de la comunidad que lo solicitase con arreglo a la ley.

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Ni que decir tiene que yo soy un firme defensor de esta segunda opción: qué se vaya quien quiera irse. Lo que defiendo con tres reflexiones:

1º. Mi postura no es fruto de un "calentón" sobrevenido. Vengo defendiendo esta opción desde, al menos, el año 2008, cuando publiqué "España desde una esquina", cuyo subtítulo reza: "Federalismo o autodeterminación". Quizá, en el fondo de mi pensamiento, opera una frase que escuché a mediados de los años 60: "Yo nunca quisiera hacer camino con alguien que no quiera ir a mi lado". Por tanto, si los vascos quieren irse, agur.

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2º. Me niego a plantear este tema en términos económicos. De lo que estoy hablando no es de economía, ¡estúpidos! Es de algo más hondo y distinto. Nadie es imprescindible para nada. Ninguna comunidad. Y, además, por lo que hace al País Vasco, intuyo que Euskadi nos cuesta dinero al resto de los españoles. Ellos sabrán lo que hacen, si llega el momento. Aventuro que Deusto imprime carácter, y por eso no tengo claro que, una vez ponderado lo que perderían si se van, opten por irse. Pero no por esta razón soy partidario de admitir el referéndum. Lo hago para que se definan y dejen de chantajearnos de una vez.

3º. No olvido a los españoles que quedarían en una comunidad que opte por irse. Habrían de ser acogidos en España. No podríamos ofrecerles, en medida suficiente, unas ayudas de las que no disponemos, pero sí el pago de las pensiones si el gobierno vasco no lo hace (también se las pagamos ahora en buena medida a los vascos) y la concesión de exenciones fiscales significativas, que facilitasen su reubicación en sus lugares de origen o en el que elijan. Exenciones fiscales –por ejemplo- de los impuestos sobre la renta y el patrimonio durante varios años, y del de sociedades a las pequeñas empresas, decreciente, durante también un plazo amplio.

Hay que tener valor y salir de una vez de este calvario que nos corroe desde hace más de un siglo. Un auténtico cáncer. Repito lo antes dicho: no queramos hacer camino con alguien que no quiera ir a nuestro lado. Echémosle coraje, con la convicción de que nadie es necesario para nada. Mostremos un poco de autoestima. Digamos que hasta aquí hemos llegado. Tengamos claro que nuestra auténtica fuerza nos la da, como siempre, la libertad. La libertad, en este caso, de que se vaya de una vez quien dice que quiere irse. Dicho todo ello, por supuesto, "con muchísimo respeto", robándole este verso al alcalde de Zalamea.

El pasado jueves día 14, durante la presentación del programa de estrategia contra las agresiones en el Aste NagusiaSemana Grande–, el alcalde de Bilbao, Juan-Mari Aburto, declaró lo siguiente: "No quiero que Bilbao se convierta en ningún pueblo del sur del Estado. No quiero que no se tenga respeto a la Policía Municipal o a la Ertzaintza". En este texto se dejan meridianamente claras dos ideas: Primera. Que España no existe, sólo existe un Estado, que es una cárcel de naciones irredentas, que sólo esperan alcanzar la ansiada independencia para sacar, como decían las folklóricas, "todo lo que llevan dentro" y asombrar a propios y extraños con sus logros. Segunda. Que se quiere preservar la inmaculada pureza euskalduna, siempre en riesgo de ser mancillada por el influjo del viento del sur, de sus gentes, de sus costumbres, de sus fiestas, de sus bailes, hasta del aire que respiran. No sé cómo se dice en vasco "nosaltres sols", pero es igual, lo digo en catalán, que se presta perfectamente para ello. Lo que los nacionalistas vascos quieren se resume así: "Nosaltres sols".

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