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En política, la realidad se ha convertido en rehén de la comunicación
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José Manuel Velasco

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En política, la realidad se ha convertido en rehén de la comunicación

La desafección de los ciudadanos hacia la política es la consecuencia más grave del fango en el que se mueve la clase política. El último barómetro del CIS revela que los políticos están presentes en 4 de los 12 principales problemas de España

Foto: Pedro Sánchez e Iván Redondo. (Jorge Álvaro Manzano)
Pedro Sánchez e Iván Redondo. (Jorge Álvaro Manzano)

Cuando Mariano Rajoy presidió su primer gobierno, su secretaria de Estado de Comunicación, Carmen Martínez Castro, calificaba como "periodismo declarativo" la dinámica que regía las relaciones entre los políticos y los medios de comunicación. En su atinada afirmación se intuía un lamento por la falta de profundidad de los artículos periodísticos y el escaso interés en reflexionar más allá de los titulares.

Una década después, la situación se ha agravado. Es más, en la política la realidad se ha convertido en rehén de la comunicación. Este secuestro alcanza en muchos casos a la gestión, que afortunadamente descansa sobre muchos niveles profesionales ocupados por funcionarios cualificados y responsables. La dedicación profesional de este colectivo (médicos, policías, bomberos, inspectores fiscales, operadores de transporte, maestros y así un largo etcétera) explica que el país, pese a todo, avance, aunque no lo hace al ritmo que debería si los gobernantes fuesen más aptos y tuviesen otras actitudes.

Iván Redondo, también secretario de Estado (este era el nivel asignado a la jefatura del Gabinete de la Presidencia del Gobierno), convenció a su jefe, Pedro Sánchez, de que todo pasaba por controlar el relato y el marco. Tal es la obsesión en marcar el tema de conversación política y social que a menudo la construcción del relato se adelanta a las hechos o incluso prescinde de ellos. Eso es lo que está ocurriendo, por ejemplo, con la petición de más medios al Gobierno nacional por parte de los presidentes de las comunidades autónomas afectadas por los incendios. En el ambiente calcinado flota la acusación de "falta de lealtad institucional", un déficit moral en el que se han instalado hace mucho tiempo los políticos de uno y otro signo.

Otra muestra de esta preponderancia de la comunicación, que en este caso distorsiona negativamente a la profesión de comunicador, es el postureo que se desata cuando se produce una catástrofe. Los ciudadanos quieren que sus gobernantes estén al pie del cañón cuando se produce una crisis, pero para dirigir, dar ejemplo y mostrar su empatía con los que sufren. Sin embargo, la prioridad es hacerse la foto, para la que cuidan hasta el último detalle (chalecos de emergencia, outfit para la ocasión, gesto cariacontecido…), y salir en la televisión (que me perdonen los medios escritos) con declaraciones.

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Como bien ha escrito Ramón González Férriz en El Confidencial, "los políticos siempre han estado obsesionados con ser populares y eximirse de toda responsabilidad cuando las cosas se tuercen. Y el camino más corto para ello, cuando no disponen de soluciones, o piensan que estas tardarán demasiado en llegar, es culpar a los demás".

Entre foto y foto, entre declaración y declaración, con la culpabilidad como eje del discurso, los ciudadanos perciben que los políticos se alejan de las soluciones. Entre "total" y "total" (término que se utiliza en el sector periodístico para designar a un fragmento de apenas unos segundos con declaraciones del protagonista de la noticia o un testigo de la misma) hay poco espacio para la reflexión y la gestión con visión de largo plazo. La vista política no alcanza más allá del hoy y hasta las próximas elecciones.

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Directa o indirectamente, los medios de comunicación contribuyen a este postureo declarativo. En un ambiente de gran polarización, la controversia y la confrontación excitan a los lectores, oyentes o telespectadores. Ciertamente, los medios cumplen su misión de informar de lo que ocurre, pero algunos caen en la tentación de alentar una confrontación que se alimenta de reproches y se aleja del sosiego que requiere el debate de los asuntos públicos más relevantes, tan complejos como la propia sociedad. Hay un exceso de este tipo de información y opinión políticas en el universo periodístico.

Los propios medios están siendo desbordados por las redes sociales. En aparente paradoja, la desintermediación no ha traído mejor información, sino más bulos, mentiras e insultos. Cafres de toda condición han encontrado en las redes un altavoz del que carecían en los medios. Los propios políticos están aprovechando esta ausencia de intermediarios para conectar directamente, pero no tanto con sus propias audiencias, sino con los medios que se hacen eco de tus trinos. Óscar Puente, cuyo comportamiento institucional deberá ser estudiado en los manuales de relaciones institucionales y comunicación pública como un ejemplo de todo lo que no se debe hacer cuando eres ministro, es la peor expresión de esa conexión comunicativa directa que utiliza la realidad como una mera excusa.

La desafección de los ciudadanos hacia la política es la consecuencia más grave del fango en el que se mueve la clase política. Los malos políticos han provocado que la política, que en origen es buena per se, se convierta en un problema. De hecho, el último barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) revela que "los políticos" están presentes en cuatro de los doce principales problemas que afronta España. El cuarto más citado es "el gobierno y partidos o políticos/as concretos/as", solo por detrás de la vivienda, la corrupción y la inmigración.

Foto: politica-culpa-gestion-estado-1hms Opinión

En presencia de este problemón político, la solución que crece con mayor fuerza es la búsqueda de alternativas que están el extrarradio del sistema. En general aumenta la simpatía y el respaldo electoral por partidos o movimientos que prometen soluciones fáciles e inmediatas a las principales preocupaciones de la ciudadanía. Políticos que invitan a actuar sin pensar a partir de la emoción básica del rechazo a lo existente. El movimiento MAGA (Make America Great Again) de Donald Trump es un ejemplo paradigmático.

El riesgo de desafección y pérdida de credibilidad también alcanza a los medios y a todos los profesionales de la comunicación. Como creadores profesionales -y honestos- de relatos, periodistas y comunicadores deberíamos contribuir a recuperar la conexión entre las narrativas políticas y la realidad. Tendríamos que descabalgar a los políticos —y a todo aquel empresario o directivo de una organización que pretenda imitarlos— de sus monturas ‘intromediáticas’ superficiales, belicosas y meramente declarativas. La salud de la democracia depende en buena medida de una comunicación higiénicamente responsable.

*José Manuel Velasco, profesor de Comunicación política y formación de portavoces en la Universidad Nebrija.

Cuando Mariano Rajoy presidió su primer gobierno, su secretaria de Estado de Comunicación, Carmen Martínez Castro, calificaba como "periodismo declarativo" la dinámica que regía las relaciones entre los políticos y los medios de comunicación. En su atinada afirmación se intuía un lamento por la falta de profundidad de los artículos periodísticos y el escaso interés en reflexionar más allá de los titulares.

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