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La milonga de la regeneración política
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Rafael Jiménez Asensio

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La milonga de la regeneración política

Este relato se redactó partiendo de la magistral pieza de Leopoldo Alas, Clarín, 'El Regenerador', escrita hace más de 125 años, y de otros de sus 'Paliques'. España ha cambiado mucho, y ahora es un Estado democrático y no oligárquico ni caciquil

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (Europa Press/Isaac Buj)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (Europa Press/Isaac Buj)

[Tome el lector este texto como un ejercicio de (relativo) entretenimiento literario.]

"Para el Regenerador, la moral es un mito". (Leopoldo Alas, Clarín, 1899)

Aquella noche, tras los enésimos escándalos que habían estallado el día anterior, el presidente durmió mal. Se despertó temprano. Dio mil vueltas en la cama y otras tantas a la cabeza. Tenía la faz demacrada. La situación era difícil. Había que hacer algo que atenuara el impacto causado por las fundadas sospechas de corrupción que recaían sobre más miembros de su círculo duro. Rememoró sus tiempos pasados, que ya no volverán, gracias a los cuales estaba ejerciendo el sueño de su vida política: un poder (casi) absoluto. Pero este último escándalo podía empañar su ansiado paso a la posteridad, que tanto decía preocuparle; pero también otras muchas cosas.

Recordó haber sentido desde edad muy temprana la pulsión del comercio cuando frecuentaba diariamente la tienda de la familia de su mejor amigo en la infancia. A través de aquella tienda pudo conocer muy bien lo que era vender, pues siempre fijó su atención en que lo importante de ese tráfico mercantil consistía en cómo se manipulaban los productos en la trastienda. Luego, en la tienda, se daba gato por liebre, y se multiplicaban los beneficios. Era sencillo y muy rentable. Atrayente actividad que le empujó a estudiar economía.

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Cuando arribó a una edad respetable, vio los enormes paralelismos que había entre la actividad política y la tienda. Advirtió que la política era vender también aquellos productos manipulados que se elaboraban en la trastienda; pues allí se controlaba el partido y las instituciones. La trastienda era, por tanto, clave para fabricar después las mentiras que se ofrecerían por doquier en la tienda de la política. Se dio cuenta que en esa actividad encajaba como anillo al dedo. Así, tras finalizar sus estudios universitarios, sintió la llamada de la política y de la púrpura del poder. Era la vía más rápida para obtener altos ingresos y con unas expectativas de proyección inigualables. Nada se exigía para medrar, salvo amigos y suerte. Tenía cualidades. Eso le decían.

Esas similitudes entre política, tienda y trastienda, le fascinaron. Nadie mejor que él para vender productos políticos baratos y averiados con la ventaja de que nadie reclamaba su devolución. Se veía predestinado a ser un líder político. Se puso manos a la obra: tuneó su CV, cuidó su imagen y se lanzó a la arena política por las puertas de entrada más accesibles y de rápido ascenso, esto es, salió concejal en un Ayuntamiento e hizo méritos en un partido que pronto se hallaría en horas bajas y donde sería más fácil medrar. Allí trabó alianzas, directas e indirectas, se lanzó a un largo viaje de caza mayor hacia la alta política escudado por quienes compartían fines: vivir de la política lo mejor posible durante el resto de sus días. Encontró, así, la horma de su zapato.

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Sus amigos, costaleros del poder, conocían muy bien cómo los Ayuntamientos contrataban obras y servicios. Tenían experiencia en repartir pingües beneficios con los comisionistas con quienes trababan fluidas relaciones. Comían con ellos en lujosos restaurantes y, entre plato y chuleta, ¡tris, tras!, acordaban los criterios de reparto. Era fácil. Sin riesgos. Solo había que hacer algunas llamaditas, retorcer el brazo o la voluntad de ciertos cargos o funcionarios, deudores al partido, por lo común, de sus nombramientos. Todos saldrían beneficiados de esos turbios asuntos de la trastienda política: empresarios, comisionistas, e incluso, tal vez, el partido en el que militaban.

Sus amigos eran bastante zafios. Lo habían mostrado antes y durante su asalto al poder del partido. En esos años preliminares, el contexto maduró tan deprisa que, desde la trastienda del partido, y por su nuevo gurú de los potingues del poder, le advirtieron que había llegado el momento de asaltar también los cielos gubernamentales, pues la corrupción anegaba a sus enemigos políticos. Con tanta indignación impostada, fue fácil buscar apoyos políticos amigos (o interesados) para desbancar a sus enemigos y elevarlo a la presidencia. La lucha contra la corrupción fue su mejor bandera. Luego, ya en el poder, sus amigos (también los sobrevenidos) quisieron aumentar su ración de tarta en el banquete. Él les debía mucho, y a todo se plegó. Con el fin de disfrutar de la púrpura del poder, cualquier cesión era poca. El tiempo de espera había merecido la pena. Y de la lucha contra la corrupción se olvidó (casi) para siempre.

En la trastienda gubernamental se construyeron relatos aduladores para la imagen del nuevo líder, que él vendía en la tienda política sin rubor ni pudor alguno todos los días y a todas horas. En esas lides de vender mercancía averiada era un genio. Para la trastienda gubernamental buscó más prestidigitadores y doctores en el arte del disimulo o del engaño, mientras que en el gobierno y en la trastienda del partido encumbró a quienes le habían acompañado en su ascensión a los cielos. Los primeros le dieron aparentes resultados, embozando su mendacidad como cambios de opinión; mientras que los segundos ejecutaban dócilmente sus órdenes, prietas las filas como estaban, sin que nada se moviera al margen de su voluntad.

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Las cosas habían ido bien hasta que algunos de sus amigos costaleros empezaron a extralimitarse en sus actuaciones públicas y privadas, y arruinaron la pretendida inmunidad que hasta entonces gozaban. Los amigos en política duran mientras son útiles; cuando dejan de serlo, lo mejor es sacrificarlos. Y eso hizo. Pero la situación se tornó insostenible cuando su brazo derecho en el partido y quien, por encargo suyo, había llevado a cabo las misiones políticamente más sucias y difíciles, cayó también envuelto en otros presuntos casos de corrupción. Eso se ponía feo.

Llevaba muchos años en el poder y, como la integridad siempre le sonó a música celestial, nunca puso en marcha medida efectiva alguna para luchar contra la corrupción, salvo aquellas que las instituciones europeas le obligaron tras innumerables requerimientos y pías recomendaciones, constantemente desoídas, y siempre haciendo trampas en el solitario, pues nadie mejor que él y los suyos sabían cómo torear esos falsos miuras europeos que para sus amigos y conmilitones no pasaban de ser meras vaquillas en las fiestas veraniegas de un pueblo.

Esta vez, sin embargo, había que actuar con rapidez, poniendo a pleno rendimiento la máquina del arte del disimulo. El relato era obvio: otra manzana podrida que había de eliminarse del cesto, con la celeridad que el tema exigía: "¡Seremos inflexibles con la corrupción de la que nada sabíamos, créanme!" -exclamó. Relato complejo de comprar cuando sus colaboradores inmediatos y personas de confianza, sus amigos del partido (si es que en un partido hay amigos), iban cayendo uno tras otro: de las cuatro manzanas del cesto originario en su viaje al poder, ya solo quedaba una -en apariencia- no podrida. ¡Había que salvarla! ¡Era "la gran manzana"!

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En su trastienda gubernamental alguien le dio la receta: "presidente, debe usted liderar la Regeneración". Idea mágica que había utilizado antaño, sin resultado alguno. Pólvora mojada. Pero ante un hedor de corrupción tan insoportable, había que volver a intentarlo. En la trastienda se pusieron manos a la obra: exhumaron del viejo desván de la política proyectos que dormían el sueño de los justos, crearon un nuevo chiringuito para colocar a más amigos y lo envolvieron todo en un bonito plan de lucha contra la corrupción, remitido a la Comisión Europea para que se viera que expiábamos nuestras eternas culpas, y donde se decía que, por fin, haríamos en un futuro lo que nunca antes habíamos hecho. Propósito de enmienda. Ya listo el plan, era la hora de que el líder se mostrara muy afectado por el daño infligido por sus amigos de tan largo viaje, y vendiera en la tienda de la política, con aire compungido, el producto salvador: con ese plan, la política en España se regeneraría para siempre. Ya no habría manzanas negras en ningún cesto. Todas verdes y esplendorosas. ¡Milagro! De la tierra arrancó ese lío; del cielo vendría la solución.

Mas, en honor a la verdad, era una operación compleja para quien nunca creyó en la conjunción entre moral y política. Tampoco creía, algo muy común en la política española, sobre todo cuando se toca poder, que los poderes fueran limitados mediante ese disparatado check and balances, que ya estaba gripado hasta en su patria americana de adopción. En eso él era rousseauniano, amante de "la voluntad general". Así recordó la anécdota que el ginebrino citaba sobre un prestidigitador japonés, quien corta a un niño (el poder) en tres partes y ¡hete aquí!, sale íntegro sin separación alguna. Ese era el poder verdadero, el absoluto, el total. La división de poderes era ilusionismo, propio de liberales ingenuos. Más aún, él era consciente de aquella máxima canovista que -en sátira de Clarín- despreciaba esas doctrinas perversas de la "vana y débil teoría de los poderes equilibrados y mixtos". Se interrogaba: "¿Quién debe serlo todo? No hace falta decirlo, el Gobierno". Y añadió: ¿Y quién preside el Gobierno? …, pues eso"

Y por si no bastaba con un magnífico plan, para hacerlo más creíble, hizo lo que siempre se hacía cuando no se sabía qué hacer: creó una Comisión Interministerial formada por los ministros más íntegros del lugar gubernamental, integrada además con la presencia del doctor en el arte del engaño y del titular de una futura y fantasmagórica Agencia "independiente" de integridad pública (nuevo chiringuito), que la insertó en la rueda gubernamental, por eso de hacer valer la inutilidad de los "poderes equilibrados y mixtos". Detrás de aquellas medidas de lucha anticorrupción, elaboradas en su trastienda gubernamental con gran rigor técnico y fervor creyente para ser ejecutadas por monjes exclaustrados de fe y ética extraviadas, que nunca antes las aplicaron y veremos hasta dónde llegaban ahora en ese acelerado afán por expiar sus culpas, se escondía ese arte del disimulo en el que siempre se movió como pez en el agua.

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Además, para qué negarlo, sus enemigos políticos, con su también larguísimo historial de corruptelas sinfín, no estaban precisamente para sacar pecho en materia de integridad. Seguro que le echaban una mano con su proverbial torpeza. Solo había que bucear en su pasado y presente de desmanes y atropellos por doquier, pues tampoco ellos fueron capaces de regenerar absolutamente nada, ni quisieron hacerlo. En España, desde que tras el Desastre de 1898 la fiebre regeneracionista surgió como el bálsamo de Fierabrás para arreglar la maltrecha política y este abandonado país, ningún líder político había sabido ni querido conjugar el verbo regenerar, y si lo hacían era con la boca pequeña. Tampoco iba a ir él en contra de la Historia.

En suma, era una vez más hora de resistir, aguantar el tipo y poner el ventilador de los escándalos a pleno rendimiento. El tiempo lo cura todo. O, al menos, así lo creía …

*Rafael Jiménez Asensio, consultor de sector público y profesor universitario.

[Tome el lector este texto como un ejercicio de (relativo) entretenimiento literario.]

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