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Juan Carlos I, las imposibles 'desmemorias' de un Rey que reinó en serio
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Eloy García

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Juan Carlos I, las imposibles 'desmemorias' de un Rey que reinó en serio

¿Debe publicar sus memorias un monarca que ya no reina? Es una pregunta que se adentra en un terreno peliagudo que ha empezado a revolotear sobre el tablero de nuestro escenario político

Foto: El rey Juan Carlos. (EFE/Lavandeira jr)
El rey Juan Carlos. (EFE/Lavandeira jr)

Se ha sabido que don Juan Carlos I -con la colaboración de una periodista- ha escrito y se dispone a publicar las memorias de su reinado. ¿Debe publicar sus memorias un Rey que ya no reina?

Es una pregunta que, lejos de corresponder al género de lo fútil, se adentra en un terreno peliagudo de harta delicadeza de fondo que ha empezado a revolotear sobre el tablero de nuestro escenario político.

Es cierto que pudiera ser tenido por un asunto digno de la insoportable levedad del existir postmoderno que ni interesa ni dice nada a la "politique d'abord" - de primera que reclamaba Maurras- ni al derecho constitucional más sesudo. Y así sería seguramente, de no tratarse de las memorias de Juan Carlos I, un Rey que no reinó en vano. El relato de un político de categoría principalísima (se quiera o no el oficio de monarca es político incluso cuando se ejercita desde la más estricta neutralidad política) que durante treinta y nueve años fue el efectivo jefe del Estado español, con las enormes implicaciones de todo tipo que el reinar comporta.

No se reina nunca impunemente, rugía el clásico. Lo que se traduce en que estamos ante las memorias de un Rey gobernante desde 1975, subordinado al Parlamento por la Constitución de 1978 (monarquía parlamentaria), que a semejanza de presidentes o ministros españoles ha decidido narrar en primera persona (desde un "Yo" protagonista) los acontecimientos que vivió -o de los que fue testigo-, y aclarar las opiniones, presunciones y circunstancias que los rodearon.

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Algo ciertamente de relevancia para la Historia, cuando la narración que se teje resulte veraz. Cuando se testimonia con rigurosa autoexigencia las entretelas de hechos nebulosos en que cayeron fulminados colaboradores cruelmente inmolados al servicio de la Corona a los que ahora se hace justicia y se repara humanamente.

Cuando se aclaran, en primera y real persona, las angustiosas dudas que experimentó la más resguardada intimidad ante dilemas históricos que avanzando en círculo desencadenaron paradojas terribles que mudaron en legal lo incorrecto y en normal lo imposible, y que de no haber sido captadas oportunamente hubieran traído la calamidad más fatal. Cuando la prudencia exige prevenir que el relato propio va a ser rechazado de plano, o al menos cuestionado en parte, por gentes vivas que guardan documentos susceptibles de descalificar las afirmaciones reales. Cuando, en definitiva, se decide afrontar lo que en Rousseau es una autoconfesión en la que el ser íntimo cede al conocimiento general y el lui-même se entrega al saber colectivo.

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Para ser verosímil (creíble), la autoconfesión de don Juan Carlos deberá desnudar el alma real dando cuenta de episodios tan duros como cuál fue su específico sentir en la enconada disputa que por el dominio de su infantil figura mantuvieron Franco y don Juan; de lo que aquel cruel forcejeo impactó en la forja de su identidad, humor y carácter, o de lo que la dura tensión dañó la vida familiar. Esclareciendo sin pestañear, la conducta propia en terribles tragedias nunca por él evocadas. Por indigesta y desagradable que resulte a su protagonista, que lo será en partes considerables, todo eso debe ser relatado.

A mayores, deberán añadir un relato sine ira et studio de las humillantes zancadillas e insultantes provocaciones urdidas en el entourage del Pardo, que hubo de tragarse en silencio durante su etapa como "Príncipe de España", mientras atendía la fecha incierta en que se cumplirían las previsiones sucesorias, incluido también el trance en que la enfermedad del "caudillo" le catapultó brevemente a Generalísimo en funciones. Explicar cómo se desarrolló y terminó la relación tutelar con Torcuato Fernández-Miranda, su preceptor muerto prácticamente en el exilio. Las dudas que le asaltaron en la Transición y los intríngulis de su privilegiada intuición respecto del fin de las ideologías que propició la sin duda decisión más difícil del momento: la legalización del partido comunista. De la caída de Adolfo Suárez y, obviamente, de su quehacer trascendental en la trastienda del acontecimiento.

De su trato con los políticos nacionales de su reinado desde Jordi Pujol a José María Aznar, a la boda (principesca) de cuya hija en el real sitio de El Escorial acudió solícito. De sus conocimientos del mundo de los grandes y pequeños estadistas desde Gorbachov a Margaret Thatcher, de Kohl o Ceaușescu o de su familiaridad y trato con polémicos financieros nacionales – como Mario Conde o Javier de la Rosa-, o internacionales como el árabe Khashoggi o el judío Marc Rich, cuyo indulto solicitó a Clinton de rondón. Todo esto sin olvidar proyectar intelectualmente, ofreciendo verosímil testimonio, los grandes momentos vividos con la Revolución portuguesa o la caída del Muro de Berlín.

placeholder Cubierta de 'Reconciliación', las memorias de Juan Carlos I que verán la luz a finales de año.
Cubierta de 'Reconciliación', las memorias de Juan Carlos I que verán la luz a finales de año.

Los Diarios de Azaña son un prodigio de autenticidad en ese sentido. Desde el episodio en que fabulando con las imágenes que cimbreaba el humo de su propio tabaco, el presidente del Consejo y pletórico ministro de la Guerra dialoga henchido de soberbia con un derrocado Alfonso XIII al que ensoñadamente reprocha su fracaso histórico como monarca, hasta las tristes líneas en que el derrotista presidente de la República endilga a Negrín -del que desconfía y al que desprecia motejándole de "piafante"- errores en la conducción de la guerra que, sin duda, confundía con el suyo propio de no creer en la plausibilidad de la victoria y que, de haber resistido, hubiera traído el inminente estallido de la II Guerra Mundial en septiembre de 1939 (la guerra en España terminó el 1 de abril, cinco meses antes).

Como lo son también la Memoria viva de la transición de Leopoldo Calvo Sotelo, un portento de relato maravillosamente escrito para - según algún coetáneo maledicente- justificar una gestión ministerial que no se hizo, pero que trazan una idea clara del marco que condujo a la gestación de la Constitución. Como lo es asimismo en el escenario mundial, la autobiografía de aquel eslovaco de sonrisa limpia llamado Alexander Dubček, el líder de la Primavera de Praga – preparada también en colaboración con un periodista – en la que narra con pelos y señales la trascendental reunión con Brézhnev y todo su Politburó, en la que descubre que la mentira se había apoderado del socialismo y que el genio de la legitimidad de Guglielmo Ferrero había abandonado la ciudad soviética hacía mucho tiempo.

En cambio, no resultan creíbles en absoluto las memorias de Tony Blair que inauguran la época de la trivialidad -de la que también forman parte los recuerdos de Bill Clinton o de Obama- en la que no se sabe bien quien ha podido escribir lo que aquellos firman. Seguramente destinadas por mitades, desde el narcisismo imperante, al inconfeso propósito de intentar seguir con vida cuando ya se está políticamente muerto y a un vergonzante afán por procurarse dinero. Son relatos sin relato, chatos, prefabricados que nada aportan a la Historia y que a nadie medianamente serio interesa.

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Suponen un inmenso coste para la imagen de quienes vanamente – habría que entender vanidosamente - los lanza o permiten su lanzamiento, porque en un mundo anticipado por Benjamin en que "le temps de l'image est venu", semejante publicación resulta insana para quien vivió verdaderamente y fue consciente de su trascendencia personal. Crean una imagen fugaz y no recrean al personaje que tanto va como viene porque es sólo eso, imagen. Algo que no puede permitirse un rey que lo fue de verdad -como lo fue sin duda Juan Carlos I- y que además de serlo, se tomó a sí mismo en serio rechazando la impostura. Creyó en lo que hizo y pensó que protagonizando sus actos cumplía un papel crucial en la Historia.

Y es que Juan Carlos I alcanzó hitos trascendentales que, guste o no, están escritos en su acerbo personal. Primero en la Transición, en la que tuvo la intuición inicial y después la habilidad inteligente para comunicar, en terminología luhmaniana, que la sociedad pedía a gritos evolucionar hacia la democracia y que sólo aceptaría una Constitución susceptible de acoplarle la política como logro adquisitivo. Después, el aborto del fracasado intento de gran apagón del 23-F (una suerte de vuelta al pasado similar pero de sentido inverso al frustrado intento de golpe del verano de 1991 en Moscú) que, más allá de evitar una vuelta atrás imposible, le atrajo el apoyo y la admiración de una multitud nacional e internacional entre la que se cuenta - como se está sabiendo ahora- la querencia entusiasta del gran constitucionalista de pensar republicano, don Manuel García-Pelayo. Como también fue un éxito colosal su abdicación a tiempo; todo un acto de responsabilidad política que permitió la renovación de la monarquía y evitó una catástrofe política que hubiera abocado a España a la disrupción que hoy se cierne sobre otras democracias europeas. Una decisión soberana que nada tiene de apócrifa, de la que no fue capaz, sin ir más lejos, Víctor Manuel III y que forzó la expulsión en Italia de Humberto II, el rey de mayo. Que costó horrores a Leopoldo III de Bélgica, quien mantuvo un duro tour de force con su pueblo, que atrajo la curiosidad de Loewenstein en una importante monografía, y que demostró que una monarquía no puede mantenerse en el tiempo democrático por mucho que consiga ganar en las urnas la credibilidad que pierde en la calle.

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Por eso justamente las memorias de Juan Carlos I están llamadas a ser algo importante que se acerque a los diarios del minister británico Richard Crossman -un texto de estudio en las escuelas de Derecho anglosajonas- o, y salvando las distancias, de Le grand secret, el libro-memorial del médico de Mitterrand, pieza clave para ejemplificar el terrible conflicto intimidad/Estado del gobernante contemporáneo.

De no ser así, sus memorias matarían a un personaje histórico, que lo fue, y demostrarían que en su trayectoria todo fue casual. Que el rey de España no estuvo a la altura de los acontecimientos que protagonizó presuntamente(?). Que fue un triste personaje que casualmente figuró en un escenario glorioso que nunca comprendió bien. Un sarcasmo andante.

Un guion o esquema argumental del que en ningún caso puede apartarse un don Juan Carlos autor, so pena de convertir sus memorias -que ya están atrayendo el apetito internacional- en unas auténticas desmemorias. En algo que bien pudiera ser tildado por algún desaprensivo nacional o extranjero –no hay que olvidar la dimensión mundial del narrador- como los nuevos chismes del rey Faruk. Los chascarrillos más o menos graciosos de aquel personajillo orondo que una vez había reinado en Egipto, y que protagonizó en su exilio legando una colección de anécdotas chuscas que todavía se recuerdan como símbolo de la más indigna frivolidad y del más espantoso ridículo apto sólo para la irrisión más vulgar. El rey Faruk, aquel rey de pacotilla en el que todo era verdad menos él mismo.

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Un Rey políticamente muerto ¿puede narrar su pasado? Sólo a él mismo corresponde decirlo y, desde esa decisión, actuar con plena libertad tanto para publicar como para asumir las consecuencias de sus escritos. Porque a renglón seguido de su publicación, las memorias de Juan Carlos I serán objeto del juicio de la crítica a la que corresponde valorar el relato con una voluntad libérrima que en ocasiones llega a resultar cruel y despiadada para el escritor y lo escrito. Tanta, que hasta termina por reducir a añicos al memorialista. A no dejar de él títere con cabeza. Algo bastante más difícil de soportar que los pequeños aguijonazos que lanzan seres histriónicos, del estilo de un desmochado cacique autonómico, que buscan notoriedad. En el fondo está en juego el temple del personaje histórico, su fuerza, su dimensión y su credibilidad. La credibilidad, gran palabra, concepto clave.

Tal vez por eso hayan sido contados los reyes que escribieron memorias aun cuando vieran interrumpido de forma no natural su reinado. No escribieron memorias en la dinastía española, Alfonso XIII, ni el conde de Barcelona. Tampoco lo hizo Isabel II de Inglaterra o la reina Juliana de Holanda, el rey Constantino de Grecia o el gallardo y muy baqueteado rey Miguel de Rumanía.

Si lo hizo en cambio Eduardo VII, que se enmascaró bajo el título Duque de Windsor y publicó una falsa confesión infantil en que daba cuenta de las razones de su triste abdicación, sin explicar que la pasión filonazi le había hecho infiable en la contienda que ya en 1936 se barruntaba.

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Bien es cierto que los monarcas no escriben habitualmente memorias porque suelen morir en el trono. Y cuando no es el caso, como en el supuesto del rey emérito -que también deberá explicar en su texto las razones que le llevaron a romper con la tradición para incurrir en la anomalía de no tomar título de incógnito, como hicieran antes su padre y su abuelo- se debe a que la especial posición que deriva de su permanencia y continuidad por encima de los cambios en los parlamentos, ministros y partidos, así lo exige.

Los reyes tienen siempre su propio tiempo. En eso consiste hoy una monarquía en la que el factor hereditario se diluye a pasos agigantados. Una vitalidad en el oficio que supone una magia especial incompatible con la chacota y el cotilleo, con el comentario burdo y la descalificación gritona en la que está sumida la vida pública. Una vitalidad que exige autoestima, del respeto al sí mismo, de la conciencia de la trascendencia del propio rol constitucional e histórico y de una profesionalidad que, como compensación, lleva aparejado el no ser discutido. Es todo lo que queda hoy de una majestad real, que también impone el sacrificio más absoluto en aras a la propia dignidad, que debe mantenerse hasta en el destierro.

Pero es verdad que resulta harto difícil mantenerse comedido y prudente cuando se sabe mucho - hasta demasiado - y por dentro bulle inquieto el gusano de la facundia, el deseo de contar lo que a uno le place, el fuego ardiente de dar rienda suelta a la pluma propia - o ajena - para pronunciar la última palabra. De, por así decirlo, ponerse el mundo por montera y explicar lo que de otra forma sólo a la historia corresponde esclarecer.

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Tocqueville, en sus magníficos Souvenirs, (memorias inconclusas que son un grandioso ejemplo de cómo debe contarse el mundo vivido cuando se vive conscientemente), narra de manera excepcional un episodio que fascinó a Marx, cuando como director de la Académie sostuvo su última entrevista con Luis Felipe de Orleans, un rey de hojalata que no creía en sí mismo y que procuró epatar al autor de la Democracia en América con tres cuartos de hora de plúmbea perorata haciendo banal exhibición de su conocimiento del nuevo mundo.

Luis Felipe, un rey de prestado, sumido en la enorme contradicción de reinar en "un mundo político en que faltaba la política". Un monarca que –un poco como el desdichado infante Alfonso de Borbón Dampierre- no estaba seguro de su propia realeza, y en consecuencia luchó denodadamente durante toda su existencia por obtener el reconocimiento de poseer algo de lo que sabía carecía, la autenticidad que confiere la credibilidad social.

*Eloy García, catedrático de Derecho Constitucional.

Se ha sabido que don Juan Carlos I -con la colaboración de una periodista- ha escrito y se dispone a publicar las memorias de su reinado. ¿Debe publicar sus memorias un Rey que ya no reina?

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