Cómo podemos haber llegado a un nivel de polarización que nos impide ver lo que está frente a nuestros ojos: que las víctimas merecen compasión, no etiquetas; que los verdugos merecen condena, no excusas
Niños palestinos recogen alimentos en Gaza. (EFE/Haitham Imad)
Estamos tan atrapados en la telaraña de la polarización política que muchos de nuestros compatriotas han perdido la capacidad de reconocer lo evidente. Y lo evidente es que lo que está ocurriendo en Gaza es una masacre contra miles de inocentes. Resulta incomprensible cómo algunos de nuestros vecinos, de nuestros conciudadanos, pueden defenderlo, justificarlo o incluso relativizarlo.
La represión elemental y brutal de los derechos humanos —entre ellos los de miles de niños— no es un asunto de debate ideológico, sino una verdad que dictan tanto las imágenes que nos estremecen como el más simple sentido común. Hemos sido testigos de restricciones de alimentos, de agua, de energía. Lo han denunciado organizaciones internacionales de todo signo, gobiernos de ideologías opuestas. No es un relato sesgado; es un hecho incontestable.
Y, sin embargo, aquí en España filtramos también esta tragedia a través del prisma de la ideología, asistiendo al desolador espectáculo de compatriotas que contemporizan con lo que debería despertar un clamor unánime de condena.
En este manicomio político en el que vivimos, la defensa de Israel ha quedado asociada a la derecha, porque Israel encarna —con todas sus imperfecciones— la democracia liberal. Y, sin embargo, condenar lo evidente, la muerte injustificada de inocentes, no nos aleja de esa tradición liberal, sino que nos recuerda que cuanto más cercana es nuestra afinidad, mayor debería ser también nuestra exigencia moral. Podríamos esperar atrocidades de un régimen teocrático como el iraní; precisamente por eso no nos identificamos con él. Pero no podemos aceptar que un sistema que dice defender la libertad cruce impunemente todas las fronteras morales y aún reclame nuestra defensa por ser supuestamente la opción más correcta.
Expresarlo así no nos convierte en simpatizantes de Hamás. Resulta grotesco tener siquiera que aclararlo, pero tal es el enredo intelectual en el que estamos atrapados. Condenar la brutalidad contra un periodista o contra una familia entera no significa abrazar a una organización terrorista. Hamas resulta tan o más repulsiva que a quienes justifican lo que pasa en Gaza. Pero es justamente porque Hamas es una organización terrorista —y no un ejército legítimo— que este conflicto no puede llamarse "guerra".
El problema de fondo es que nuestra política se ha vuelto rehén de un filtro ideológico que lo contamina todo. Nuestra izquierda, que ahora se envuelve en la bandera de los derechos humanos, mostró su verdadero rostro cuando ministros como Sira Rego y Ernest Urtasun evitaron condenar la matanza perpetrada por Hamas contra bebés y mujeres embarazadas el fatídico 7 de octubre de 2023. Ese mismo día, Sira Rego escribió: "Palestina tiene derecho a resistir tras décadas de ocupación, apartheid y exilio". ¿Ese fue su pensamiento ante la muerte de 1.200 inocentes? ¿Qué lecciones pretende dar ahora? Si Sánchez quisiera ser consistente con su crítica a lo que pasa en Gaza nunca debería haber nombrado a Sira Rego ministra.
Pero no podemos pedirle solidez a Sánchez. Porque la inconsistencia moral de la izquierda no es nueva. Pinochet fue un dictador —nadie lo duda— mientras que Maduro se presenta para ellos como un presidente legítimo. Mientras ellos hablan de libertad ensalzan al castrismo como garante de la pluralidad. Con Putin se contemporiza, con Irán se cabalgan contradicciones —como decía Pablo Iglesias—. Irene Montero alza la voz contra las violaciones de derechos humanos en Gaza, mientras comparte cafés con quienes jamás han condenado la violencia en nuestro propio país. Para ellos hay víctimas más valiosas que otras, muertes más condenables que otras y por eso no tienen derecho a mostrar el grotesco espectáculo de victimización que solo responde a la propaganda. A ellos solo les interesa Gaza porque coincide con sus coordenadas ideológicas.
Pero la mayoría de los españoles no somos como ellos. La mayoría de los españoles reconocemos que Franco fue un dictador y que Maduro también lo es. Que lo que ocurre en Gaza es condenable, y que los atentados del 7 de octubre son igualmente repugnantes. No alcanzo a comprender cómo una postura tan elemental, tan lógica, puede ser cuestionada. Cómo podemos haber llegado a un nivel de polarización que nos impide ver lo que está frente a nuestros ojos: que las víctimas merecen compasión, no etiquetas; que los verdugos merecen condena, no excusas.
*Abelardo Bethencourt, cofundador y director general de Ernest.
Estamos tan atrapados en la telaraña de la polarización política que muchos de nuestros compatriotas han perdido la capacidad de reconocer lo evidente. Y lo evidente es que lo que está ocurriendo en Gaza es una masacre contra miles de inocentes. Resulta incomprensible cómo algunos de nuestros vecinos, de nuestros conciudadanos, pueden defenderlo, justificarlo o incluso relativizarlo.