En medio de este terremoto, un silencio sepulcral, cómplice, que grita más que cualquier discurso. El de las mujeres del PSOE que hicieron del feminismo su bandera de ascenso político
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (Reuters/Stephanie Lecocq)
Pedro Sánchez y los suyos se presentaron como el estandarte definitivo, el Gobierno feminista por antonomasia. Un relato construido con eslóganes potentes y marcos legislativos de amplio calado, diseñado para marcar un punto de inflexión en la lucha por la igualdad en España. Sin embargo, cuando se desciende del discurso a la realidad, cuando se confrontan las promesas con los resultados tangibles y, sobre todo, con los comportamientos que anidan en sus propias filas, el edificio se resquebraja. Lo que queda a la vista no es el gran muro de contención contra el machismo que se prometió, sino una frágil fachada de cartón piedra, agrietada por la incoherencia, la negligencia y un silencio ensordecedor.
El símbolo más brutal de esta fractura entre narrativa y realidad es, sin duda, la mal llamada ley del "solo sí es sí". Con una intención loable, su redacción defectuosa ha tenido un efecto perverso y catastrófico: la rebaja de penas y la excarcelación anticipada de agresores sexuales. Los datos del Ministerio no mienten. Cada reducción de condena certificada es una segunda victimización para quien sufrió la agresión y una burla al principio de protección que la ley decía encarnar. Un Gobierno que se precie de feminista tendría la urgencia y la humildad de corregir de inmediato un error que ha puesto en peligro a mujeres y ha minado la credibilidad del sistema. La lentitud y la justificación han sido, en cambio, la respuesta.
Esta dejadez técnica se replica en la negligencia material con las pulseras de vigilancia para maltratadores, coloquialmente bautizadas como de Aliexpress por sus innumerables fallos y en consecuencia, su presunta falta de fiabilidad. Un dispositivo que es la última línea de defensa para una mujer amenazada no puede ser un trámite burocrático low cost. Que se haya permitido este despropósito evidencia una falta de seriedad palmaria en la aplicación de las medidas de protección. No basta con legislar; hay que implementar con rigor, y aquí el rigor brilló por su ausencia.
Pero si los errores de gestión son graves, la podredumbre moral es intolerable. Los casos de consumo de prostitución por parte de figuras como Ábalos o Koldo García no son anécdotas privadas. Son la manifestación de una cosificación de la mujer que el feminismo teórico del Gobierno dice combatir. Tratar a las mujeres con tanto desprecio es la antítesis de todo discurso igualitario. Y lo es aún más cuando esos comportamientos no merecen, aparentemente, una purga ejemplarizante dentro del partido. El mensaje que se lanza es demoledor: se puede ser camarada y cliente de la explotación sexual de mujeres.
Este clima de impunidad parece haber calado. Las recientes denuncias por acoso sexual dentro del PSOE, con casos como el de Paco Salazar, destapan un entorno donde el abuso de poder y el machismo más rancio campan a sus anchas. La gestión de estas crisis por parte del partido ha sido un manual de lo que no debe hacerse: lentitud, opacidad, paños calientes y una alarmante sugerencia, en boca de la propia secretaria federal de Igualdad, Pilar Bernabé, de no llevar las denuncias a la Fiscalía. Es decir, se propone la vía interna frente a la judicial, justo lo que el feminismo ha criticado siempre en otras instituciones. La paradoja es tan grotesca que duele.
Y en medio de este terremoto, un silencio. Un silencio sepulcral, cómplice, que grita más que cualquier discurso. El de las mujeres del PSOE que hicieron del feminismo su bandera de ascenso político. Destacan, por su relevancia y su mutismo, tres valencianas: Diana Morant, Rebeca Torró y la ya mencionada Pilar Bernabé.
A la ministra Morant, candidata en ciernes a la Generalitat, se la percibe más preocupada por suposicionamiento interno que por alzar la voz ante la vergüenza que salpica a su formación. Su falta de liderazgo en este momento crítico la desnuda políticamente. Rebeca Torró, quien en su día se indignó ante un piropo en los pasillos de las Cortes Valencianas, hoy guarda un silencio inexplicable ante presuntos acosos graves en su propio partido. La evolución de su sensibilidad feminista, que se activa ante una palabra y se apaga ante denuncias formales, es cuando menos sospechosa.
Pero es Pilar Bernabé, delegada del Gobierno y secretaria federal de Igualdad, quien encarna la contradicción más absoluta. Su cargo la obliga a ser la primera en dar la cara, en exigir transparencia y consecuencias ejemplares. Sin embargo, ha protagonizado el bochornoso episodio de una reunión para gestionar las denuncias que ha acabado en mayor indignación, por proponer medidas blandas y desaconsejar la vía judicial. Su silencio público posterior certifica una complicidad o una incapacidad flagrantes.
Estas tres mujeres, lejos de ser la lanza del cambio en la Comunitat Valenciana y en España, se han convertido en el símbolo de un feminismo de salón, útil para la foto, pero paralizado cuando la lucha requiere enfrentarse a los propios compañeros. Su silencio no es neutral; otorga. Otorga impunidad, normaliza lo intolerable y traiciona a las mujeres que creyeron en su discurso.
El proyecto de desbancar a la derecha en la Comunidad Valenciana y en España se les está quemando en las manos. No porque no tengan eslóganes, sino porque han demostrado que carecen de la credibilidad moral y la coherencia imprescindibles para liderar una auténtica transformación feminista. Han confundido el poder con el empoderamiento, el cargo con el compromiso. Y ante la evidencia de los hechos –condenas rebajadas, pulseras defectuosas, prostitución consumida, presuntos acosos encubiertos y silencios cómplices– su castillo de naipes se desmorona. El feminismo no son ministerios ni secretarías; es, ante todo, consecuencia. Y es justo lo que este Gobierno y su partido han perdido por el camino.
* Elisa Núñez Sánchez es abogada y política.
Pedro Sánchez y los suyos se presentaron como el estandarte definitivo, el Gobierno feminista por antonomasia. Un relato construido con eslóganes potentes y marcos legislativos de amplio calado, diseñado para marcar un punto de inflexión en la lucha por la igualdad en España. Sin embargo, cuando se desciende del discurso a la realidad, cuando se confrontan las promesas con los resultados tangibles y, sobre todo, con los comportamientos que anidan en sus propias filas, el edificio se resquebraja. Lo que queda a la vista no es el gran muro de contención contra el machismo que se prometió, sino una frágil fachada de cartón piedra, agrietada por la incoherencia, la negligencia y un silencio ensordecedor.